Pensamiento casual

23 septiembre 2009

Abro los ojos.

Miro la hora en el reloj digital que hay sobre la mesita de noche.

A duras penas logro levantarme de la cama.

Tomo mis medicinas con el estómago vacío,

Luego bebo un poco de agua.

Me desvisto.

Entro en la ducha

Y, mientras me enjabono, pienso

Que un sueño que se olvida nada más despertar

Es como un poema roto en manos de un depravado vagabundo desdentado.

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La espera

19 septiembre 2009

Al arrastrar los pies sobre el suelo ocre mientras camino, mis zapatos se van cubriendo indolentemente de una fina capa de polvo amarillento. Mantengo la cabeza inclinada hacia abajo, contemplando con lánguido desaire el efecto de nubecilla cálida que logro crear alrededor de mis tobillos, la cual, una vez deshecha, se va adhiriendo a los bajos del pantalón.

Pese a que hace calor, llevo las manos metidas en los bolsillos y mi cabeza va desprotegida. Soy por tanto una pura contradicción, pues no resguardo lo que ha de serlo mientras preservo del sol aquella parte de mi cuerpo que, sin muchos apuros, podría pasar horas enteras bajo la luz estival.

El sol. Quién diría que está cayendo la tarde. Sobre el remoto maizal del horizonte, una potentísima esfera blanca, incandescente como una venganza enconada, tiraniza un extenuado cielo de finales de julio.

Llevo los labios resecos, la frente embotada y la mirada soñolienta. He salido de la protectora sombra para esperarla. Desde hace mucho tiempo, mis propios poemas me vienen avisando de que pronto llegará ella. No sé a ciencia cierta cuándo tendrá lugar su venida, pero entre mis versos oigo voces admonitorias que me exhortan a esperar su arribo.

Según camino envuelto en mis nubecillas bajas de color crema, voy dejando cada vez más atrás las paredes encaladas del enorme caserón. La parra que se extiende sobre el porche enrejado parece despedirme en tono burlón, sabedora tal vez de que una vez más volveré con los brazos vacíos de ella.

Pero poco me importan sus sarcasmos, pues hace mucho que comprendí que mi cuerpo no es más que la muda, la piel-máscara de un Sísifo intemporal y desubicado, condenado a esperar su aparición. El ciclo de mis días es siempre el mismo, y por eso sé que ahora, inexorablemente, dirigiré mis pasos hacia el noroeste, andaré y andaré pisando con el alma cansada la tierra yerma.

Al final de este absurdo trayecto, con el sol dándome oblicuamente en la parte izquierda de la cara, siento en mis deseos el tacto suave de la esperanza: ahí está el camino por el que ella habrá de aproximarse hasta mí. Cada noche escribo centenares de versos como hijos amados, y todos acaban por consensuar, en la madrugada, el mismo veredicto una y otra vez: ella te estará esperando en el camino de tierra que hay a la entrada. Y aquí estoy, como cada día y como cada siglo de mi existencia. Aguardando la fugacidad de su cintura huidiza.

Me siento sobre la enorme piedra que encuentro a mi derecha. El sol sigue castigando con refinado sadismo cada poro de mi piel y cada átomo de estos campos: es esta y no otra la roca que yo, Sísifo enmarañado en una espera incierta, cargo sobre mi piel empapada en sudor e ilusiones apiladas sobre el tiempo muerto que va transcurriendo por encima y alrededor de mi cabeza.

Y este silencio… Mi oído lo percibe con la angustia de quien soporta sobre sí un peso sordo y denso. La atmósfera plúmbea y mi sopor me hacen creer que estoy sumergido en un vacío espeso, viscoso e inodoro.

La tarde transcurre. Como siempre. Y ella tampoco llegará hoy. Ya conozco de antemano cada sucio rincón del guión degradado de esta penitencia. Me dispongo entonces a levantarme de mi asiento, a salir de mi letargo ayudado por la leve brisa que está empezando a germinar, ahora que el cielo se va tornando de un ralo color violeta empalidecido.

Desentumezco mis músculos y froto mis párpados y mis sienes caldeados. Vuelvo al caserón encalado y a la ironía silenciosa de su parra. Atisbo la derrota firmemente augurada por el oráculo de mi desdichada ruina.

Piso mis propias pisadas mientras regreso, y entonces, como cada atardecer, vuelvo a escuchar el chirriar de los engranajes.

La tengo justo enfrente de mis ojos. Al oír el sonido acerado de su interior, me he girado para comprobar, una vez más, que la gran caja de madera sintética y aleaciones de diversos metales continúa ahí, impasible. De unos tres metros de alto, es lo suficientemente ancha y profunda como para albergar con holgura en su vientre artificial a dos o tres personas. Nunca hasta ahora he traspasado su puerta. No sé, por tanto, dónde me llevará este misterioso compartimento que se encuentra extrañamente clavado, como un intruso, en el suelo de estos campos agonizantes.

Decido, no sé por qué azares, desembarazarme por unos instantes de mi recurrente maldición rutinaria y pulsar el botón que abre la puerta.

Me adentro con curiosidad en la boca férrea del tranquilo monstruo. Arriba, el techo parece emitir su propia luz extraída de la nada: una luz blanca grisácea. En torno a mí, las paredes poseen un brillo irreal que me devuelve, como un espejo vaporoso y envolvente, mi propia imagen borrosa y difuminada. Finalmente, unas teclas de color marfil y neutras al tacto, frías en su ausencia de cualquier impulso que regalar a las manos de quien las toque, esperan resignadas la opresión de un dedo imperativo: -1, el futuro; 1, un presente vacío; 2, la no existencia. Compruebo con cierta inquietud que no se encuentra el 0, que no hay posibilidades de retorno. Súbitamente, y sin que todavía me haya dado tiempo a ubicarme por completo dentro de este compartimento, suena atenuado el ronroneo helado de una voz robótica que quiere ser femenina: -Cerrando puertas.

Justo antes de que las dos hojas metálicas entrechoquen con un ruido amortiguado, logro atisbar por un resquicio la figura frágil y esbelta de una muchacha de ojos azules recortada sobre las últimas luces, violetas, grises y anaranjadas de otro día que se va.

La lluvia

14 septiembre 2009

Acaba el verano. Por fin. Definitivamente el calor se estaba haciendo ya insoportable. Con parsimonia, el termómetro universal se va derrumbando según transcurren los días. La caída es lenta y suave, apenas imperceptible, pero segura. Los pasos sigilosos del otoño avisan a los oídos avezados.

Se desata la primera tormenta de finales de estío. Tras la ventana de cristal y aluminio barato, los truenos tienen un sonido real pero las gotas de agua, sin embargo, gritan con un soniquete metálico de tambor frenético de hojalata inoxidable.

Mientras las calles del pueblo se van empapando, mientras los campos que rodean el pueblo abren con júbilo sus poros, y mientras el patio interior de una casa de ese mismo pueblo va recibiendo con resignación el torrente, alguien trata de escribir, sentado bajo la vacilante luz, unos metros más allá de la ventana y a cubierto de la tormenta.

El escritor-sombra de sí mismo reflexiona por unos instantes. Si la lluvia –se dice- tuviera sexo sería una mujer. Recuerda cómo se sentía constantemente empapado de la imagen vaporosa, el perfume tibio y los ojos azul tristeza de aquella muchacha de la que estuvo enamorado, y es por eso que piensa que la lluvia también envuelve a quienes caminan bajo su influjo, como abriga la presencia de una mujer amada el tembloroso corazón de quien la desea.

La Naturaleza, que ha iniciado un cortejo consigo misma, estalla en una explosión de olor a tierra húmeda. El escritor-nostalgia aguza su memoria y trata de recordar a qué olía la ciudad mojada durante aquellos años que se perdieron en el vacío del tiempo. No, las calles asfaltadas no desprendían ese aroma, ya que al parecer únicamente está presente en los campos. La urbe exhalaba un vaho eléctrico de suave catástrofe. Las calles poseían aquella profética esencia de soledad y de rostros fatigados. Era como… Sí, era como si todo estuviera inundado por una ligera fragancia a no-alma.

Y si fuera una mujer, ¿qué profesión desempeñaría? Probablemente la de escritora olvidada. En efecto, la lluvia puede contar mil historias, pero desgraciadamente sus palabras acaban por perderse. Todos, en mayor o menor medida, huimos de los millones de letras que caen del cielo, pues agua y literatura nos limpian y lavan nuestras mentiras sucias, y a nadie le gusta verse desnudo de prejuicios ni calado hasta sus autoengaños más profundos.

Aunque el escritor-duda se lo piensa mejor y decide que a la lluvia quizá le convendría más el papel de escritora maldita. Porque no es completamente cierto que todos corran a refugiarse de un aguacero a la mínima que empieza a lloviznar. Los niños, los inocentes y los ancianos disfrutan viendo caer del cielo ese maná transparente cargado de versos y metáforas, pues son honestos y sinceros, y los escritores denostados siempre tienen aunque sea una pequeña cohorte de admiradores que están dispuestos a abrir el corazón a cada palabra que salga de sus plumas. Y, curiosamente, estos seguidores incondicionales suelen ser puros de conciencia y consecuentes con su condición humana. Tal y como lo son los niños, los inocentes y los ancianos.

El cielo continúa derramándose tras la ventana y sobre la casa. El golpeteo del agua aumenta de intensidad, como si de pronto la lluvia se hubiera transformado por capricho en una afamada compositora de arias. En el recuerdo del escritor que evoca se va dibujando la sensación, ya un poco amarillenta por el paso arrollador de la autorrepresión, de estar sintiéndose más solo y más libre que nunca en aquel autobús urbano que, al anochecer, se arrastraba sobre la avenida. A través de la ventanilla, entre los surcos de agua que se deslizaban por la superficie acristalada, se distinguían de cuando en cuando las luces sepias que titilaban en los hogares cálidos que arropaban a sus familias, como si de paradojas se tratasen, dentro de los bloques de pisos fríos. Fríos y mojados.

La pesada carga de Atlas

12 septiembre 2009

Nací en silencio.

Callado, mudo, muerto.

Mas una vez hablé para quejarme de dolor,

Y la mala fortuna quiso que hubiera cerca alguien que me escuchara.

Pero no supieron interpretar el llanto que lloré con palabras alegres,

Y lo trocaron por dulce gracia infantil.

Desde entonces, constantemente me piden que hable y hable y hable…

Para que todos gocen con mis elegantes ocurrencias.

Nací sordo también.

Nací sordo para la inocencia y para el arrebol de las amapolas en verano.

Pero en una ocasión no pude resistir la curiosidad, y escuché con atención.

Mas ¡ay!, allí cerca hubo quien se percatara de mi interés por la vida,

Y desde entonces no hago más que oír

Las horribles sinfonías que ellos quieren tocar para mí,

Con el fin de que yo las juzgue buenas y les dé mi bendición.

Nací, y nada más nacer decidí no caminar,

Pues no encontré el mundo tan sucio

Como para que el pájaro de hinchado ego que habita en mi alma

Pudiera posar sus nauseabundos pies.

Sin embargo, la desdicha me hizo que deseara,

Un día como otro cualquiera,

Experimentar qué se siente al pisar el suelo cenagoso.

Pero cerca estaba, una vez más, quien presenció la escena y,

Con presteza y soltura de diablo,

Inventó una alfombra roja sobre la que yo debía caminar

Para llegar hasta su aflicción anhelante de unos pasos tranquilizadores.

El día de mi venida al mundo hubo oscuridad,

Pero la estupidez de los espantajos vacíos

Que querían acunarme entre sus brazos de escarcha

Hizo arder en mis ojos una inexistente luz

Cálida, pálida.

En el brillo de esa lumbre quisieron,

Todos esos idiotas,

Entrever la consumación de la profecía del Superhombre.

¡Y me adoraron! ¡Y hubo ídolos de neón que asemejaban mis facciones!

¡Y se erigieron ciudades en mi honor,

Y los hombres de ciencia me auguraron el más deslumbrante futuro!

Pero he aquí que yo sólo quería seguir siendo ciego,

Sordo, mudo, inválido.

Muerto.

Yo sólo anhelaba pudrirme lenta, suavemente,

En el camal destinado al sueño eterno de los simples seres humanos.

Pero tanto me ensalzaron,

Tanto elevaron mi efigie a las alturas,

Sobre la cúspide de aquella segunda Torre de Babel,

Que mi impotencia y mi rabia fueron ya insoportables,

Y en el apogeo de los fastos en mi honor

Cometí el error de arrancarme sollozando

La máscara que entre todos me habían tallado a fuego sobre mi verdadero rostro.

Y entonces, como si de repente despertaran a la realidad,

Todos esos cretinos me dieron la espalda

Al comprobar que yo no era más que uno de ellos.

El abrazo

7 septiembre 2009

La mano izquierda sostenía la espalda. La palma, en su hueco blanco y surcado de arroyuelos húmedos de sudor, cobijaba la piel tersa y cálida. Las puntas de los dedos mantenían con delicadísima fuerza unas dos o tres vértebras que, arropadas por la delgada piel, descansaban sobre las yemas. Las falanges permanecían suspensas en un vacío estrecho y levísimo, quizá algo palpitantes de deseo de alcanzar también la parte de espalda a la que creían tener derecho.

Sobre la otra mano, extendida ligeramente temblorosa bajo las vértebras cervicales, descansaba un fragmento de seda marrón, tejido con rizos y bucles peinados de esa forma descuidada, inocente y algo infantil que tanto le gustaba a él. El pelo de la amada le hacía cosquillas en el dorso de la mano y sobre la muñeca, y caía trémulo sobre la frente de niña.

Los ojos, cerrados los de él y abiertos como en éxtasis o como en sorpresa los de ella. Los cuerpos juntos, como fusionados y repelidos mutua y simultáneamente. Las bocas unidas, y los labios de él llorando sobre los de ella.

El mundo contenía el aliento, el tiempo se sentía avergonzado de existir. Por la ventana, detrás del amante, entraba una luz grisácea de amanecer profético que rebotaba en el rostro de la muchacha, en un extraño eclipse de luna muerta cuyo planeta intruso era la cabeza de él.

Se separaron, y del pecho de la muchacha seguía brotando la sangre.

As time goes by

5 septiembre 2009

En el mundo hay muchos poemas.
Hay poemas grandes y pequeños,
Gordos y flacos,
Listos y torpes.
Los hay por todas partes,
Poemas que nacen y ríen en todas direcciones
Y hasta cabeza abajo.
En el mundo hay poemas a cada rato.
Poemas solitarios
Y poemas que viven dentro de otros poemas.
Poemas abnegados y poemas nacionalistas,
Y de amor y de odio
Y amalgamados y patas arriba.
¡Mira, papá, dos poemas volando en el cielo! ¡Van cogidos de la mano!
Abuelo, escuche con atención y oirá el dulce zumbido de los poemas del parque.
El mundo es un verso infinito
Hecho de poemas concatenados
Que Dios dibujó para disculparse
Por esta vida incoherente
Que nos arrojó como regalo envenenado.
Todo está impregnado de palabras dulces,
Todo es un vergel inaudito de colores, olores, dolores y amores
Deseosos de imbuirse en las almas.
Es una fiesta todo esto que nos rodea.
Una lucha cálida y sensual entre la vida y la muerte.
Y, por si la realidad preciosa no fuera suficiente,
Existe siempre la posibilidad de soñar.
Entonces, es ya el momento de formular mi pregunta:
¿por qué permanezco aquí sentado
Esperando el poema que nunca llega?

Microsueño intoxicado

4 septiembre 2009

Durante el anochecer, cuando mi metabolismo y los medicamentos, combinados en orgiástica síntesis, inducen en mí pequeñas pérdidas de conciencia y episodios de un suave letargo soñoliento y de palabras arrastradas en pesada dicción, experimento en abundancia lo que yo llamo microsueños intoxicados. Debe de ser que mi cerebro, acosado por los inhibidores de la anhidrasa carbónica, acaba por claudicar y cede ante la invasión de la química contra el glaucoma. Es entonces, en el momento en que las píldoras y los colirios roban a mi órgano gris el agua y los humores, cuando sufro de estos pequeños y enigmáticos episodios oníricos y alucinatorios, a los que no puedo atribuir nunca ninguna interpretación ni simbología, pero de los que sí me he beneficiado en más de una ocasión para extraer las ideas con las que adornar de torpe realismo mágico mis relatos.
Para los interesados, aquí va una muestra de estos microsueños:

Estoy bajo el agua. No me muevo, sólo me mantengo ahí, como flotando en un limbo azul turquesa. ¿Mis brazos y piernas? No los siento. Deben de estar en su sitio, claro, pero no forman parte de mi cuerpo en este momento. Nada forma parte de mi. No tengo noción del espacio ni del tiempo. Miro fijamente hacia un punto concreto de la inmensidad azulada y brillante, que ondula y ondea frente a mis ojos quietos, fijos aunque no concentrados ni obsesionados. Sólo quietos, expectantes. Ahí abajo, en el fondo liso y vacío como de sábana extendida hasta el infinito, yace un libro abierto. Mi mirada se acerca. Yo no, yo sigo quieto. Sólo se desplaza mi visión. Como un zoom o como un objetivo que se cierra sobre un punto determinado del plano: un libro abierto. Es un libro de esos que usan los escolares en su tarea diaria. Un libro de aprendizaje de la lengua inglesa. Está abierto por una página cualquiera, en la que se ven cuadros y diagramas, y también algunas líneas de texto bien perfiladas: subrayadas y remarcadas en negro, en un color negro recargado y saltón. De fondo, suena repetitiva una voz andrógina y un poco chillona que declama unos versos. ¿Son de Novalis? ¿De Kavafis?
Al despertar, los versos se me han olvidado.

Kyrie eleison

1 septiembre 2009

¿Qué tiempo hace en Reikiavik?
¿Qué tiempo hace en Suleimaniya?
¿Y en Madagascar? ¿Seguirá luciendo el sol hoy en Madagascar?
La televisión me lo cuenta todo.
Me habla del mundo y de sus estados meteorológicos.
Es una hija de puta esta televisión,
Por ponerme frente a los labios
La miel de las nubes no vistas,
De los aguaceros y huracanes no sufridos
Y de los calores jamás soportados.
Soy una especie de paradigma del masoquismo,
Tirado en mi sofá y contemplando con lágrimas llenas de ojos
El planeta que no conozco.
Me alimento de un sucedáneo,
He comprado un espejo burdo que habla en inglés
Para ver el mundo desde aquí,
Desde mi no-mundo en mi no-alegría.
Decía el anuncio:
“¡Llene su vacío con retazos de nuestra feria global sólo para insatisfechos!”
Y entonces caí en la trampa,
Me arrodillé hipnotizado ante el inhibidor de la recaptación de la serotonina
Que era, para mí, el planeta siempre despierto en esa pantalla infame.
Si aquel que murió en Venecia
Hubiera nacido sólo cincuenta años después,
Seguramente habría comprado una televisión.
Pero, ¡ah, espejismo-placebo!,
Ver el “World Weather” es algo así como sentirse frustrado
Porque el poema escrito no se parece en nada a la idea inicial que uno tenía.
Bah, esto no lo comprenderá nadie.
Nadie, porque la gente va por ahí creyendo ser feliz
O fingiendo que es feliz
O a lo mejor siendo en verdad feliz.
Ellos, los que viven fuera de mi celda aburguesada de cuerpo, palabra, obra y omisión (aunque no de pensamiento),
Ellos, decía, esos que creen o dicen ser felices o son felices,
Se revuelcan gozosos en su mar de imágenes y sonidos.
No conocen a Guy Montag,
Y renegarían de él si supieran de su existencia.
Sólo yo, sólo yo en este cementerio tórrido de almas podridas,
Leí esa y otras mil novelas.

Tanto advirtió la madre al muchacho, y tan poco era el caso que éste le hacía que, al final, sucedió lo que tenía que suceder: el chico creció, fue padre y jamás dejó de advertir a su hijo, el cual tampoco le obedeció ni una sola vez.

Un movimiento certero

26 agosto 2009

(a Ernesto Cisneros-Rivera, en agradecimiento por pulir este texto con su acertada aportación)

El pequeño hombrecillo, moreno, macilento, de aspecto cobarde y acongojado, se colocó con disimulo entre la masa que se disponía a cruzar por el paso de cebra.
A mitad de camino, en plena calzada, abrió el puño izquierdo delante de su rostro, y con fuerza sopló sobre el polvillo blanco que descansaba en la palma de su mano. Había comenzado el ataque.