Carta desde el frío

28 junio 2009

Querida juventud mía:

Espero que, cuando recibas estas líneas, te encuentres bien.

He querido escribirte muchas veces pero, no sé… Cada vez que me ponía a ello me sentía como si escribiera a un extraño, como si en vez de una misiva personal estuviese redactando una simple carta administrativa, de esas que un buen día llegan para comunicar un embargo, el recargo de una multa o una resolución judicial desfavorable. Y es que, a pesar de que pasamos tantos años juntos, creo que nunca llegué a conocerte de veras.

Ignoro dónde andarás ahora. Cuando convivíamos, tú y yo, en un mismo espíritu, siempre deseabas volar. Volar a donde fuese, pero irte de todos modos. Poco te importaba si era conmigo o en soledad. Había a quien exasperaba tu ímpetu aventurero, pero yo, que siempre he sido muy comprensivo (eso decían), entendía sin demasiados esfuerzos tus anhelos de libertad.

Reconozco que, cuando nos separaron, fue muy duro para mí. Lloré con lágrimas que me fueron dejando un velo oscuro en la mirada. El mundo se fue despidiendo de mis ojos mediante un ritual que consistía en ir ocultándose tras un telón gris que iba cayendo con lenta, sádica parsimonia. Hice las maletas de noche, y en la madrugada viajé hacia mi tumba a través de un oscuro bosque de farolas anaranjadas que ya ni siquiera recuerdo, o al menos no con la nitidez con que han quedado plasmados en mi memoria otros momentos dramáticos de la vida que me ha tocado en suerte.

Al jurado sólo le bastó cuarenta y ocho horas para deliberar: se condena al acusado a la pena de exilio a la región del frío. Exilio indefinido. Indefinido, amiga juventud, no es lo mismo que eterno, ¿sabes? Es más azorante, pues te deja siempre en los huesos un hálito minúsculo de esperanza de retorno que nunca, nunca acaba por consumarse, pero que tampoco termina muriendo de hastío. Así como es mejor perecer inmediatamente que esperar la muerte, mejor habría sido para mí que este destierro al que me veo abocado hubiese sido decretado con carácter irreversible, en lugar de hacer pender mis ilusiones del triste despojo del que ese jurado indolente las ha colgado.

Según el calendario de los hombres vulgares y corrientes, ya llevo aquí dos años y cuatro meses. Según el mío, se me antoja que nací en este desierto güero, y que jamás conocí otras tierras, a excepción de las que alguna vez creí erigir en mis sueños.

Admito que, al principio, fue duro. Durante los primeros meses me costó adaptarme. Te echaba de menos, ¿sabes? Te llamaba a través de mis versos, te escribía poemas que nunca te mandé. Lloraba con el llanto de la inocencia perdida, arrancada, desollada y desmembrada, y puesta al sol a secar para que los procaces buitres de la infamia devoraran su suave vulva, ya infecta y putrefacta por el sol de muerte que ahoga estas regiones con su aperlada luz.

Lo primero en que pensé, cuando llegué aquí, fue en arrancarme los ojos. Al menos el ojo izquierdo. De día no me atrevía a cometer tal crimen, pero, de noche, cuando era libre de vivir en sueños todas las pesadillas que bullían en mí, veía mi mano derecha crispando sus dedos a modo de garra, introduciéndolos por debajo del húmedo globo, a ras de la dura órbita de hueso, y explorando con avaricia el punto más sensible a la presión para empezar a desgarrar el sucio órgano. Mas, ¡ay!, apenas comenzaba el catártico sueño, me despertaba con la mano rozando ya el párpado (a veces incluso logrando entreabrir las pestañas), y mi cuerpo se estremecía todo en una compunción represora de mis instintos liberadores.

Pero, como te digo, antigua compañera mía, a todo se acostumbra uno en esta vida. No, no es derrota lo que lees en estas palabras. Tampoco conformismo, sumisión, pasividad. Es sólo hastío.

Lo peor de vivir aquí es tener que soportar el ruidoso silencio que se expande por este inmenso lodazal de nieve corrupta en el que vivo. Es un silencio lleno de susurros lascivos, de metáforas inconclusas, de viajes que nunca empiezan, de veranos sin tardes soñolientas, de muchachas que se alejan o que se mueren o que se acuestan con otros o que se deprimen o que se alimentan de mí. Un silencio preñado por la inercia, que concibió en su descolgado útero ochocientos cincuenta días vacíos, libros en blanco, destellos azulados, hospitales en los que no hay cura para la zafiedad, ciudades que se alejan (o tal vez se disuelven, no se), un amor grotesco, unas caderas grotescas, un grotesco dedo que hurga una boca grotesca, la sensación de que nunca pasa nada, otra sensación difícilmente clasificable, náuseas, soberbia, inercia, abulia, un fortísimo ataque de migraña, teléfonos que suenan con irónica amargura, el silencio dentro del silencio, mi silencio propio, el de los que un día me quisieron o aún me quieren o no saben si me quieren todavía o si me recuerdan siquiera, una melodía de piano castrada nada más nacer, escotomas, dos o tresfunerales (¿lloré al ver el pequeño féretro blanco en el que habitaba un niño de apenas tres años? Prefiero pensar que no) una condena ejemplar: diez días de incertidumbre y un año de trabajos forzados en el país de los muñecos de paja.

Sin embargo, a veces el silencio me da una tregua. Esto ocurre en muy pocas ocasiones. En realidad son contadísimas las oportunidades que tengo para zafarme. Son tan breves y tan escasas que, una vez que se esfuman, las olvido inmediatamente para no ahogarme en el recuerdo de lo que antes fue y puede que tal vez no sea nunca más. En esos momentos, juventud, se me hace relativamente fácil recordar alguna canción, como por ejemplo aquella que hablaba de unos ojos como cruces negras, y que tanto me recuerdan a la criatura angelical que fue objeto de mi amor, de cabellos rubios y rizados, ojos azules, voz meliflua y obsesiones enfermizas que un día acabarán por consumirla.

Otras veces me divierto con mis propias alucinaciones. Son involuntarias, claro, pero pareciera que alguien las pone dentro de mi cabeza para que respire, para que me caliente un poco al calor de los recuerdos no vividos, de las experiencias no atravesadas y de las vidas que jamás sufriré. Es entonces cuando pasan por mi mente doce mil historias (quien dice doce mil dice doce mil millones, treinta y cuatro mil seiscientas o sólo trescientas cuatro. Qué más da…) llenas de amores correspondidos, besos en el cuello, caricias en los hombros, manos apretadas, dedos largos y finos, espaldas acunadas en mi palma derecha, paseos bajo el sol o bajo la lluvia o sobre las hojas anaranjadas que tapizan una acera otoñal de Madrid o entre las agujas del aguanieve que un día me mojó la nostalgia. También me visitan a veces las adolescentes que nunca poseí cuando me encontraba en la edad de adorar a Baco, el mar que no contemplé lo suficiente, la orilla del río en el que no me ahogué cuando era un niño, los desprecios que no me enseñaron a hacer, el olor de una nuca, las infinitas formas que existen para decir te quiero, esa inalcanzable estupidez del Carpe diem, la otra estupidez (también inalcanzable. También hermosa) del no tener miedo a nada.

Pero no vayas a creer que aquí acaba mi breve liturgia de purificación. Qué va, amiga. Me subestimas demasiado si piensas que dentro de mí no tengo más recursos para sobrevivir. Aún me quedan algunos trucos bajo la manga de mi coraza con los que entretenerme en los días en que hay tormenta de sombras (por aquí son muy frecuentes estos fenómenos, ¿sabes?). Durante esas horas oscuras, el diosecillo pervertido que gobierna este erial se masturba con crueldad y, en lugar de expulsar semen o sangre, lanza sobre la tierra un polvoriento enjambre de indiferencia, y la experiencia me ha enseñado que el mejor refugio es el supremo sarcasmo que me lleva a considerar que nada importa, que lo mismo da que todas las mujeres del mundo sean fértiles o que la abyecta humanidad sucumba bajo su propio holocausto nuclear. Ese desapego por la vida exterior y por la mía propia es el antídoto ideal contra la decadencia exógena (provisional, nunca definitiva) que entreveo a mi alrdedor. Juego entonces (no sin sumo placer) a imaginar que mi conciencia de ser yo, pesada, asfixiante, desaparece para siempre, sustituida por el reparador descanso imperturbable e inamovible, eterno como el sufrimiento, inherente a mí como la necedad al hombre, oscuro como mi mirada y tibio como los labios que nunca me besaron.

No creas que la simple idea del descanso me alivia, cual si fuera un sucedáneo del reposo mismo. No. Lo que me reconforta es la posibilidad, siempre susceptible de ser llevada a la práctica, de poder descansar cuando me plazca, cuando realmente lo necesite y ya no pueda más con esta carga de despojos de besos no consumados, de ataúdes con la tapa a medio cerrar, de fiebre (cuarenta y un grados de frustración. Pronóstico grave. No, mejor muy grave. Posibilidad de muerte por inanición emocional. Téngase especial cuidado en las horas del atardecer y durante los fines de semana). Lo importante, lectora confidente, no es suicidarse, sino la posibilidad permanente e intransferible de poder elegir cuándo, cómo y por qué acabar con la propia existencia.

Como ves, estoy bien pertrechado para sobrellevar mi día a día en la región del frío universal (que no unívoco). Incluso me atrevería a decir que ya casi no te echo de menos. No me vayas a creer del todo en este aspecto, claro. Es casi más una cuestión de orgullo, de pragmatismo, que una sincera y limpia afirmación. Como no es nada fácil aguantar las bofetadas de Cronos sin el auxilio de tu locura, me tengo que inventar que ya no te necesito. Pero no es del todo cierto. Más bien no es cierto. Sin más. Pero, en fin, has de comprender que tengo que valerme de algún subterfugio para aprender a no necesitarte.

Además, seamos honestos: tú tampoco has hecho demasiados esfuerzos por permanecer junto a mí. Sólo me has visitado una vez, que yo recuerde. La egoísta chiquilla de negra melena me permitió, en aquellas escasas tres horas en las que te dignaste a permanecer conmigo, que le acariciara primero el pelo, luego las mejillas un poco (no mucho) salpicadas de granos, y luego el mentón, la comisura izquierda de sus labios tímidos, la espalda toda y la piel que recubre el diafragma, el sistema digestivo y los ovarios. Rozarle siquiera los senos o su sexo hubiera sido indecoroso, sacrílego y demasiado lujurioso como para romper para siempre el suave hechizo que me estaba permitiendo volver a sentirme joven de nuevo. Si la hubiera intentado poseer, en el sentido carnal en vez de espiritual, habría acabado avergonzado, asqueado de mí mismo. Así que tan sólo utilicé mis indecisas manos para sentir a la ninfa dentro de mí, para imbuirme de ella no más. Para penetrar su juventud.

¿Sabes? Ahora que lo pienso, estaría dispuesto a permanecer en el fango de mi exilio si, a cambio, se me concediera tu presencia al menos una vez cada mil o cada diez mil o cada diez mil millones de años. ¿A quién habría que elevar esta petición, esta súplica patética? Infórmame, juventud anhelada, en tu carta de respuesta. O mejor aún: ven a verme un día de estos y cuéntamelo en persona, tú que tienes el poder de acompañar a placer a aquellos a quienes la vida concede oportunidades infinitas.

Tengo que ir despidiendo ya esta carta. La verdad es que no me es nada grato escribirte. No quiero seguir recordándote, extrañándote, manchando mis harapos con la sangre que mana de la herida que tu partida produjo en mi autoestima. ¿Para qué seguir horadando con tu recuerdo la delgada capa de armonía interior que aún me queda?

No me guardes rencor por las cosas que te haya podido echar en cara. Es propio de los viejos amargados y de los aprendices de poetas sucios escupir al mundo su falta de iniciativa. El exceso de bilis se lleva en los genes, qué le vamos a hacer…

Omitiré, si no te importa, las fórmulas de cortesía típicas de las despedidas epistolares. Ya me despediré de ti como Dios manda cuando muera, o cuando me suicide.

Escribe pronto. O mejor: acude pronto a verme. En esta tierra hace frío. Y huele a muerte por todas partes.

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One Response to “Carta desde el frío”

  1. annefatosme Says:

    Me ha emocionado tu carta. Una carta en blanco impresa en mí. Le has puesto las palabras. Gracias.

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