Diálogo

30 junio 2009

– ¿Por qué escribes, Dédalo?

– No sé. Supongo que algo habrá que hacer mientras se espera la muerte…

– Pero, ¿y por qué has escogido escribir en vez de erigir templos de mercurio o flagelarte con racimos de estrellas?

– Escribir hace más soportable la espera. Mientras escribo, es como si abriera puertas. Como si me asomara a un espejo tras otro. Así, cuando muera, me iré con la conciencia tranquila.

– ¿Deseas morir?

– Mucho. Pero antes tengo una última voluntad que cumplir.

– ¿Cuál es?

– Saber por qué me quiero morir.

– Bah, eso es fácil. Todo el mundo se quiere morir a poco que metas un certero dedo en la llaga de cada cual.

– Sí, pero yo no veo mis llagas. Sólo las siento. Así que es justo que, antes de abandonar para siempre, sepa qué me ha hecho acabar con mi vida.

– Da igual, Dédalo. Te lo digo muy en serio. El problema no es que tengas o dejes de tener llagas. El problema es que te han arrojado aquí sin tu permiso.

– Sí, y no me han dado la oportunidad de elegir.

– ¿Habrías sido más feliz escogiendo entre la menos mala de las opciones que se te presentaran?

– Con toda seguridad. Bastante tengo con que no me hayan permitido escoger estar aquí, como para que encima me escamoteen mi derecho a decidir si quiero volar o nadar.

– ¿Echas de menos aquellos sueños en los que aparecían ángeles sin rostro?

– No sé. Esa fue una época oscura de mi vida. Mi infancia estuvo cargada de recuerdos que se ocultaron discretamente tras mi conciencia una vez que dejaron de serme útiles.

– ¿Sólo sueñas cuando duermes?

– No. Tengo por costumbre soñar también despierto. Es un bálsamo que alivia un poco el dolor que me produce la enfermedad de no poder escoger la realidad en que me hubiera gustado diluirme.

– Y eso sueños, ¿cómo son?

– En ellos aparecen edificios muy altos y muchachas de mirada triste. También cruzan por la escena, de vez en cuando, espaldas tibias y ojos azules, autobuses nocturnos y románticos paseos a la luz de una luna de neón.

– Y, ¿Cuándo duermes? ¿Con qué sueñas cuando duermes?

– Sueño que es de noche (a veces es por la tarde, pero siempre está nublado u oscureciendo). Todo el mundo habla en voz baja.

– ¿Recuerdas cuando se te quemaron las alas?

– Sí. Dolía mucho aquel velo oscuro bajando por mis ojos.

– ¿Y qué pasó después?

– Después… ya no fui joven nunca más.

– Tú nunca fuiste joven, Dédalo. Por eso andas buscando mujeres que sepan volar, como aquel poeta argentino.

– Te equivocas. Fui joven durante cuatro meses infinitos. Lo que demuestra que la medida del tiempo es subjetiva, que todo es relativo y depende del grado de plenitud que uno encuentre en cada segundo que vive.

– ¿Siempre escribes sobre la época de tu juventud?

– Ni mucho menos. De vez en cuando escribo sobre lo que hubiera pasado de haberse prolongado más la edad de oro. Otras veces escribo para entrar en calor. Otras, para sentir nostalgia o para respirar.

– ¿Escribir es echar de menos, Dédalo?

– Quién sabe. A veces creo que sí, pero hay ocasiones en que describo mis pesadillas o mis crímenes por cometer.

– Entiendo. Pero, no obstante, no me negarás que también te gusta escribir sobre las cosas que no has vivido.

– Claro. Lo hago para saber cómo se siente uno al experimentar esa melancolía que padecen los ancianos que, cuando no lo eran, vieron a muchas mujeres pasar por debajo de sus cuerpos.

– ¿Quieres decir que es como si desapareciera la oscuridad?

– No, la oscuridad no se desvanece nunca. Es congénita como el mal carácter o la predisposición a padecer un raro tumor o a morir de tristeza una tarde de lluvia cualquiera. Ocurre, sin embargo, que cuando escribo veo un poco mejor a través de la tiniebla. Juntar palabras es como aguzar los ojos o los oídos o el instinto o la agonía. Uno se vuelve más resistente al dolor que acecha, pues lo ve venir y puede hacerse el fuerte en su presencia, para engañarlo haciéndole creer que su daño no es tan notorio como él quisiera.

– Comprendo. Y, dime, ahora que estás mutilado y lloras la pérdida de tu inocencia: ¿cómo era la Tierra cuando aún tenías tus alas de cera?

– Era un mar de alquitrán muy acogedor. Detrás de la fachada de cada monstruoso edificio se adivinaba el titilar de las luces de decenas de hogares tibios. Había millones de coches surcando, noche y día, las calles asfixiadas por el peso de ruedas y zapatos. Una vez vi un inmenso vertedero de metal en el que dormitaban vírgenes esperanzadas que vendían caricias eléctricas a cambio de un poco de vacío.

– ¡Qué bonito! Debía de ser algo maravilloso.

– Era para volverse loco de alegría. Me encantaba sentir aquella nausea especial que sólo se tiene cuando se mira hacia arriba, al gran reloj anaranjado que señala la hora irrelevante.

– Qué suerte poder sentirse solo entre tanta gente indiferente.

– Sí. Era la nada más absoluta. Una nada abarrotada, llena de almas entre cuyos espacios habitaban aun otras almas. Y todas egoístas, todas grises, todas cansadas de vivir y de no recordar cómo se sueña, todas ávidas por encontrar unas mejillas ruborizadas en las que posar un beso de tristeza.

– Y dime, tú que reniegas de los placeres telúricos y te abrazas al paradigma de la civilización: ¿te habría gustado morir disfrazado de ser humano saturado de alcohol y sentado en el asiento de atrás de un autobús urbano que vaga de madrugada por la ciudad?

– No. Prefiero morirme aquí mismo. Ya no soy un diosecillo con alas de cera. Sólo soy un despojo de algo, y como despojo merezco morir en un lecho cálido de hierba. Bajo el sol que un día casi toqué.

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2 Responses to “Diálogo”

  1. Milo Says:

    Con este cologuio me identifico, al igual que me identifico con tu mujer etérea, con tu soñar despierto, con tu realidad sobre la muerte, con tu añorada juventud, con las ideas que tratas de plasmar en tus escritas palabras, que son increible y coincidentemente muy similares a mis ideas y palabras. Te invito que leas un poco de mis palabras, que de ahora en adelante yo seguiré ávidamente leyendo de las tuyas.

    • Jorge Says:

      Adelante, pues. Hecho queda este compromiso de hermandad en la palabra. Tal vez así nos sea más fácil averiguar qué papel tenemos que representar en este extraño teatro al que nos han arrojado.

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