Abrazos gratis

3 julio 2009

La muchacha que repartía abrazos se sentía al principio un poco desorientada. La ciudad, ya se sabe, no es muy dada a ser el teatro de operaciones de obras melodramáticas. La gente anda por ahí ocultando sus sentimientos, resguardándose de las manos y gestos ajenos, como si temiera que una muestra de cariño resquebrajara de pronto la coraza que, con laborioso afán, se ha construido para cobijar sus miedos.
La chica de los abrazos gratuitos se colocó, tímida, vacilante, casi medrosa, en la acera, frente a la lustrosa fachada de una tienda de ropa de temporada. La luz anaranjada de dos farolas nocturnas escoltaban su figura menuda. Se sacó de debajo del brazo el cartel que decía ABRAZO GRATIS, y lo colocó con una vaga angustia delante de su pecho algo asustado.
Por delante veía pasar una informe masa de transeúntes indiferentes. En estos tiempos nadie se fía de nadie, se creerán que voy a aprovechar el abrazo para robarles la cartera, pensaba Esther. Y, probablemente, así era. O poco más o menos, porque, de entre los escasos peatones que se detenían a mirar fugazmente a aquella joven de pelo castaño y rizado, ojos grisáceos y labios infantiles, había quien la miraba con desconfianza, cuando no con franca sospecha de nada bueno.
A ella le resulta difícil calcular cuánto tiempo estuvo esperando para ofrecer el cariño que nadie parecía necesitar. Se llegó a plantear si aquella iniciativa de ofrecer abrazos a sus congéneres no sería algo absurdo, si en el compromiso que había adquirido para participar en la idea no había, en lugar de amor incondicional al género humano, una suerte de autosuficiencia que le hacía creerse demasiado importante para el mundo, cuando en realidad era la más insignificante criatura de todas las que pueda imaginarse.
En estas cavilaciones andaba perdida, cuando la despertó de su amarga ensoñación el par de ojos anhelantes de un muchacho negro. El chico no habló, apenas si miró siquiera a la muchacha. Tan sólo esperaba. Esperaba con los fuertes brazos extendidos, la boca un poco abierta de perplejidad o de impaciencia, las piernas humildemente temblorosas, y un gorro de lana que le cubría una cabeza llena de nostalgias y recuerdos de una tierra que dejó atrás sabe Dios cuándo.
El abrazo llegó, como un autómata sorprendido por parte de la muchacha, y como un amasijo de lágrimas e imágenes de una madre enferma y unos hermanos hambrientos, una aldea ruinosa y un riachuelo marchito, por parte del muchacho negro, que se apartó llorando del cuello cálido y los rizos castaños de Esther.

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