Deseos

7 julio 2009

Se miraron. Se miraron de arriba abajo y, todavía, aun así pareció que no se cansaban de mirarse. Eran un hombre y una mujer. O una mujer y un hombre, que tanto da. Uno y otra, la otra y el uno no dejaban de mirarse. Y entonces, sin que nadie más que ellos lo previeran, se besaron. Se besaron y continuaron mirándose con los ojos cerrados.
Acabado el beso, un beso lento y lánguido, húmedo, suave, dejaron de mirarse los cuerpos y se miraron a los ojos, y las bocas hablaron después de recuperarse de la lucha amorosa:
– ¿Empiezo yo o empiezas tú?
– Sé tú la primera. La cortesía debida a las damas me impediría adelantar mi turno.
– Está bien. ¿Por dónde…?
– Arranca las cejas.
– Me lo pones fácil –Dijo la mujer, y con los dedos índice, corazón y pulgar de su mano derecha extrajo, con delicadeza pero sin vacilar, el vello un poco áspero y duro que recubría la parte superior de las órbitas oculares. Primero la ceja izquierda, luego la derecha. Fue fácil.
– Ahora pon en su lugar un horizonte claro. De esos que se pueden ver en los atardeceres del verano. Quiero estar siempre seguro de mi destino. Tan seguro como que yo mismo seré quien lo conduzca.
– Haces bien. Es una gran idea. No está nada mal para empezar. –La mujer curvó un poco su cuerpo doblando la cintura y, ofreciendo el hombro derecho a su compañero, dijo: – Por favor, que sea mi hombro lo primero que despegues.
– Dalo por hecho. –Y el hombre acomodó la redondez del hombro al hueco de su mano ligeramente crispada, localizó con las yemas de los dedos los límites exactos de la articulación y, simplemente, sencillamente la extrajo.
– ¿Ya? Quiero que pongas en ese hueco tantas caricias como puedas. Pero asegúrate de que se llena por completo. Siempre me faltaron, y ahora todo me parece poco. ¿Cabrán ahí todas las que deseo dar y las que necesito recibir?
– Puede que no. Pero recuerda que aún te queda otro hombro.
– Pues llénalo también. No lo pienses- Dijo la mujer con decisión.
– Está bien. Listo. Ahora me toca a mí de nuevo. ¿Ves mis pulmones? ¿Los sientes a través de mi piel, tras su coraza de hueso? Arráncalos. Están llenos de rencor y de traumas.
Entonces la mujer posó ambas manos sobre el pecho del que estaba enfrente y, primero el derecho y luego el izquierdo, ambos pulmones se desvanecieron como humo nocivo al contacto del aire fresco.
– Dentro hay mucho espacio, así que quiero almacenar ahí todas las esperanzas que hasta ahora no he sabido dónde guardar. Así siempre respiraré confianza, promesas que cumplir y optimismo.
– Yo quiero guardar todo eso en mi corazón. ¿Me lo extraerás para que por mis venas y arterias, en lugar de sangre, corra a partir de ahora la fe? –Interpeló la mujer con una evidente alegría.
– Lo haré, amor. Pero dime: si te arranco el corazón, ¿es posible que dejes de quererme? –Se asustó su compañero.
– ¡No, tonto! –Rió con dulzura la mujer. -Mi amor por ti no está en mi corazón hastiado, sino en ti mismo. Nace, sobrevive y se alimenta en ti. Y, ahora, no perdamos más tiempo. Necesito esa fe para seguir viviendo.
Acabado el trabajo de sustitución, el hombre preguntó a su amante: – Quiero poesía y filosofía, y muchas respuestas y miles de preguntas. ¿Crees que habrá lugar para todo en el hueco de mis vértebras?
– No lo sé. Probemos. –Pero se necesitó toda la espalda, la base del cráneo, el cerebro, la frente y aun los lóbulos de ambas orejas para tanto equipaje y, sin embargo, no hubo sitio para todo. Entonces ella prestó sus caderas, su talle entero, la columna y todo su hermoso rostro, y he aquí que hubo que cerrar cada pliegue de su cuerpo con siete candados para que no se derramara y esparciera tan descomunal bagaje.
– Estoy agotado, amor. ¿Me permitirías guardar la paz en tu cuello?
– Adelante si es tu deseo. Reconfórtate en mí. Pero a cambio te pido que me prestes tu mentón para que atesore en él algunos días de lluvia y ciertas flores de color azul que recuerdo de cuando era niña. También cobijaré, si no es mucho peso el que tienes que soportar, dos o tres noches de tormenta y aguanieve al calor del jazz y de alguna tenue lamparilla.
– Sellaron el trato con un beso largo y silencioso. Recuperados y reconfortados, renovados por fin, el hombre pidió un último deseo: -Aún no me he despegado el corazón. Quítalo, por favor, y pon en su lugar la melancolía de tu silueta a contraluz.

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5 Responses to “Deseos”

  1. Any Says:

    “-Aún no me he despegado el corazón. Quítalo, por favor, y pon en su lugar la melancolía de tu silueta a contraluz.”

    Sublime, sencillamente sublime.

    Gracias por pasarte por mi hogar. Y gracias por dejar que conozca el tuyo.

    Biquiños.

    • Jorge Says:

      Viniendo de alguien que logra, con su escritura, mantener en suspenso al lector y hacer que flote en un agradable olor a vida, me voy a acabar por creer tu elogio.
      Bienvenida. Te visitaré a menudo.

  2. Milo Says:

    Soberbio!, te felicito una vez más.

  3. Lea Says:

    Qué lindo escribes… felicitaciones 🙂

    • Jorge Says:

      Gracias, Lea. Estás invitada a pasar por aquí cada vez que te apetezca. ¿Tienes tu propio blog o página web?

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