La princesa potencialmente suicida

8 julio 2009

Pues se dice que había una vez, en un país subdesarrollado, pequeño y vulgar, una princesa no demasiado guapa pero sí muy sensible. No era alta ni rubia, ni tenía los ojos azules ni los labios como la grana. Ni siquiera tenía unos pechos generosos y turgentes para regalar a un príncipe. Es más: por no tener, no tenía ni un príncipe al que esperar.
Esta princesa desgarbada (aunque sensible, no lo olvidemos) vivía, como todas las de su especie, en una torre de marfil. Bien es verdad que, si se miraba de cerca la alta construcción en cuya cúspide se moría de asco la princesa, el supuesto marfil no era más que ladrillo visto embadurnado de cal… o algo así. Pero bueno, eso es lo de menos.
El caso es que en la cima de esta especie de faro apagado y marchito malvivía la muchacha, hija de un rey destronado por Decreto Popular 1/1991, promulgado por el Supremo Comité Consultivo del Pueblo (SCCP en adelante) que salió de la revolución proletaria que tuvo lugar en su día, la cual acabó con la tradicional monarquía imperante en la nación hasta aquel momento.
La verdad es que, echando la vista atrás, hay que reconocer que la familia real tuvo suerte de no morir pasada a cuchillo. El SCCP consintió en perdonar la vida a todos sus miembros, siempre y cuando ninguno de ellos se atreviera a poner un pie fuera de los terrenos reales, por otra parte cada vez más mermados en virtud de la reforma agraria que estaba teniendo lugar en aquel país desde hacía ya un par de años.
La torre, al menos en su parte superior, era relativamente cómoda y bastante habitable. Sí señor, por qué no reconocerlo. El aposento estaba provisto de aire acondicionado y calefacción, un cuarto de baño pequeñito y todo alicatado de baldosas de colores que era una monería, conexión a Internet, una rica biblioteca llena de clásicos y de provocadoras obras contemporáneas, y una cama. Desde luego, la princesa podía sentirse afortunada.
Lo único que le molestaba era el ruido: el infernal ruido que hacía el pueblo llano en el bullir diario de sus vidas zafias.
Y es que, sépanlo, a la princesa sin labios de fresa le gustaba mucho leer, pero para tarea tan delicada necesitaba una paz que no lograba encontrar en aquel lugar. Leía para escapar, o para hallar o para soñar. Leía todo el rato, y a veces también escribía. Pero también se enfadaba. Y se enervaba. Se encabritaba como una posesa cuando la burda algarabía de las hordas populares derramaba su atronador estruendo en la ventana de la torre.
Porque de poco servía que la habitación real estuviera tan alta, ya que los cristales de la ventana eran convencionales. De los de toda la vida, vamos. O sea que nada de insonorización. Ni siquiera un mínimo aislamiento. Así que el sonido ambiente llegaba hasta la histérica joven con una intensidad apenas ligeramente inferior a como llegaría si ésta dejara abierta la ventana corrediza de aluminio y cristal barato.
Bajo la torre, situada en una calle que daba directamente a la avenida más concurrida de la capital del país, pasaba día y noche una abigarrada multitud de personas que, hicieran lo que hicieran, siempre iban hablando con estridente voz, como si quisieran que todos sus congéneres fueran partícipes, mediante el sentido del oído, de la extraordinaria misión que Dios les había encomendado en la vida.
Un ejemplo: las madres, extraordinariamente jóvenes y extraordinariamente cargadas de hijos a su temprana edad, gritaban improperios a estos para inculcarles, ya desde niños, la necesidad de mantener un diálogo animalesco. ¿O es que estaban ya hartas de esos chiquillos y de su vida en general? Quién sabe.
La princesa, que se veía obligada a pasar los días y las noches en su cómoda habitación por razones de Estado, tenía momentos de verdadera desesperación, en los cuales recurría a la masturbación y a lamentables argucias de tipo obsesivo-compulsivo, con la finalidad de resarcirse de la frustración que le producía el no poder hacer lo poco que le era posible en aquel reducto, por culpa del ruidoso pueblo que un buen día decidió, sin más, dejar de adorar a su familia para caer rendido bajo los hediondos pies del innombrable agitador de masas que llegó a la presidencia de la ahora llamada Honrada República Popular y de los Trabajadores de …landia.
El sentimiento en el hogar de los antiguos monarcas era de profunda tristeza. Con el ascenso a las cumbres del poder de los grotescos líderes populares se habían perdido la decencia y el buen gusto, la elegancia, el amor a las artes y el apego a las tradiciones y a la buena cocina.
Ahora, las estadísticas que la princesa leía en las ediciones digitales de la prensa clandestina hablaban de un aumento del fracaso escolar, del desempleo, de la natalidad entre adolescentes y de la tasa de consumo de drogas.
El pueblo, antes sacrificado, estoico y trabajador, esforzado por dar a sus hijos una casa y un sustento estable, estaba formado ahora por una masa de zánganos que acostumbraba a solicitar el subsidio de desempleo a cargo de los fondos públicos mientras trabajaba en la clandestinidad, y en las épocas de bonanza se compraba grandes coches y se hacía construir suntuosos chalés a las afueras de la ciudad, gracias a lo que habían ahorrado con el dinero de los impuestos escamoteados a Hacienda.
La patulea de gobernantes que se encargaba de administrar el país había engendrado en la población una mentalidad de ciudadanos-niños mimados que podían arrogarse para sí todos los derechos y que, a cambio, no debían cumplir prácticamente con ningún deber. El grueso de la sociedad nadaba en una atmósfera de permisividad absoluta y urbanidad relajada, cuando no simplemente inexistente.
Durante las épocas de vacas gordas, la población se había acostumbrado al lujo y a la ostentación de bienes materiales adquiridos para compensar sus vacuidades, y cuando las vacas adelgazaban, los vecinos de cada pueblo y de cada ciudad, malcriados como estaban por el sistema imperante, no sabían asumir responsabilidades y expiar culpas. Es por ello que acudían en tropel a las llamadas Oficinas del Pueblo, a pedir dinero o soluciones rápidas a sus ahogos económicos sobrevenidos por pura irresponsabilidad, algo que era una cuestión básicamente ética y de sentido común que, sospechosamente, ningún dirigente del Partido se encargaba de hacer notar a los angustiados hombres y mujeres que pasaban por sus narices, no fuera a ser que empezaran a pensar y a cuestionarse todo aquello.
El Amado Compañero, el innombrable jefe del gobierno nacional, realizaba entonces incendiarios discursos contra las potencias extranjeras que bloqueaban y embargaban las ayudas económicas y los productos de primera necesidad que debían llegar al país, y las masas se ponían intratables y se volvían fanáticas contra todo ser viviente que les impidiera seguir disfrutando de la opulencia en la que habían vivido hasta la llegada de la crisis.
Luego todo se calmaba, empezaba un nuevo ciclo de prosperidad, y así sucesivamente año tras año. Y, de fondo, el insistente ruido de la gente zumbante, unas veces de envidia, otras de rencor, otras de ira y otras de puro e inocente regocijo, tan simple y sencillo como el microcosmos en el que el país se había empantanado.
La sensible y todavía virgen princesa percibía que, por todas las partes del ruinoso erial en el que se había convertido lo que antes era su reino, había una cultura de pleitesía al mínimo esfuerzo. Nadie en aquella república proletaria consumía ya antidepresivos, sencillamente porque ya nadie se hacía preguntas ni se angustiaba por sus aspiraciones, sus metas y su futuro. Nadie, tampoco, sentía el más mínimo interés por subir, en las noches sin luna, a los autobuses que furtivamente llevaban a la gente a conocer el mundo exterior.
Los pocos que aún llevaban dentro el espíritu de los viejos tiempos no tenían más remedio que exiliarse, huyendo de madrugada por la frontera, a otros países en los que había institutos de enseñanza secundaria y universidades en los que respirar aire nuevo.
La princesa, desde su ventana de aluminio y cristal barato, veía cómo las personas llenaban sus casas de aparatos eléctricos y rica decoración al tiempo que vaciaban sus almas de la más mínima brizna de curiosidad por el mundo.
La princesa, desde su ventana de aluminio y cristal barato, se sentía cada vez más sola entre aquella gente bullanguera y hueca, esperando a un príncipe que le trajera libros nuevos y le dijera que la auténtica belleza está en el interior, por lo que no le importaba que tuviera unos pechos pequeños y caídos o una boca pálida en vez de rosada.
La princesa, desde su ventana de aluminio y cristal barato, pensó muchas veces que quizá lo mejor fuera suicidarse. Más que nada porque, como ya se ha dicho, su soledad era cada vez mayor en su torre, acosada por obsesiones, manías y libros que no podía leer por culpa de esa gente ruidosa, esa gente ordinaria y chabacana de la que no podían salir más que parásitos, y entre la que no se quería mezclar porque de sobra sabía que no encontraría nunca, entre esa amalgama rústica y grosera, a un príncipe que le pidiera escuchar juntos ese disco de jazz que tanto le gustaba.

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