Correspondencias urbanas

11 julio 2009

Correspondencias

Por Charles Baudelaire

Las Flores del Mal, traducción de Ulyses Petit de Murat. Ediciones DINTEL, 1959.
Edición limitada de 700 ejemplares.

La Naturaleza es un templo cuyos vivientes pilares, dejan a veces escapar confusas palabras. El hombre posa allí a través de bosques de símbolos, que lo observan con miradas familiares.

Como largos ecos que de lejos se confunden en una tenebrosa y profunda unidad —vasta como la noche y como la luz— los perfumes, los colores y los sonidos se responden.

Hay perfumes frescos como carne de niño, dulces como los oboes, verdes como las praderas. Y hay otros corrompidos, ricos y triunfantes, que tienen la expansión de las cosas infinitas, como el ámbar, el almizcle, el benjuí y el incienso, que cantan los transportes del espíritu y los sentidos.

Extraído de:
http://www.lamaquinadeltiempo.com/Baudelaire/correspo.htm

Sustituyamos la naturaleza por la ciudad. Yo escogeré Madrid, pero que cada cual ponga en su lugar la urbe que prefiera. También en ésta hay perfumes, símbolos, verdaderos templos levantados en honor a la complicidad. Hay sonidos que se zambullen en el alma del paseante distraído, y hay ruidos que zarandean el espíritu. Hay inmensidades detrás de cada una de las ventanas por las que supura la intimidad de la vida de los bloques de pisos de los barrios residenciales. Y hay rostros anónimos que nos recuerdan amores pasados, gente que, al andar deprisa, nos obsequia con fugaces gestos que nos abrazan el corazón al regalarle reminiscencias de otros ademanes, antaño muy queridos y ahora perdidos para siempre.
Y hay voces dulces de muchachas que viajan en autobús, voces roncas de ancianos malhumorados o enternecidos con sus nietos. Hay gritos de chiquillos que desean vivir a un ritmo maás rápido que el que les marca el semáforo bajo el cual esperan para cruzar la calle. Hay besos que nunca nos darán esos ojos tristes que vemos enfrente de nosotros, en un vagón de metro gris, frío, melancólico, poético…
La ciudad destila una rara suerte de vida dual: cientos, miles, millones de seres palpitantes de deseo de todo, tan solos en su caminar diario pero tan llenos de sí mismos bajo sus gabardinas, ocultando detrás de sus hieráticos rostros la abigarrada efervescencia de sus anhelos, sus mezquindades, sus miedos, los resortes que esperan ser activados por alguna baja pasión, sus aspiraciones vitales más sublimes y sus múltiples máscaras con las que presentarse al mundo. Seres que, en sí mismos y cada uno por separado, representan pequeños universos infinitos de símbolos correspondientes entre sí, que a su vez se sienten (algunos sin saberlo y otros sufriéndolo conscientemente) arrojados en ese macrocosmos que es la ciudad, sublime ecosistema en el cual cada una de las almas que lo compone tiene la extraña función de viajar en soledad a la vez que necesita de las otras para no morir de angustia vital.
Esto fue lo que descubrí en las calles de Madrid. Por eso aún no he logrado superar el trauma de mi expulsión de aquel paraíso urbano.

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2 Responses to “Correspondencias urbanas”

  1. Lidia Says:

    Yo, que soy de pueblo, siempre me siento abrumada en las grandes urbes. Aunque admito que me encanta callejear cuando no tengo prisa por llegar a algún lado. Pero la vida diaria se me antoja estresante y algo deprimente (desde el punto de vista, insisto, de alguien ajeno a la ciudad).

    Interesante reflexión la de tu artículo. Además de a Baudelaire, me ha recordado al Paraíso Perdido de Milton. Un abrazo y mucho ánimo para sobrellevar tu exilio.

    • Jorge Says:

      Gracias, Lidia. No he leído la obra de Milton, así que ya tengo lectura para cuando acabe el libro que tengo entre manos.
      Si te gusta y disfrutas de la vida en los pueblos, tal vez te parezca interesante la primera parte de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Es una buena lectura para las tardes del verano, a la sombra.

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