El oculista ciego

13 julio 2009

ESTRAGÓN.-Vámonos.
VLADIMIRO.-No podemos,
ESTRAGÓN.-¿ Por qué?
VLADIMIRO.-Esperamos a Godot.
ESTRAGÓN.-Es verdad.

Esperando a Godot – Samuel Beckett

El oculista ciego se encontraba frenético de rabia. De cólera. De sorpresa. El paciente no llegaba, y él tendría que cerrar la consulta inmediatamente, pues el personal directivo del hospital había decretado una reducción de la jornada laboral y del salario de todos los facultativos, como método paliativo contra la crisis de valores morales que vivía la sociedad.
A empellones. A tientas. A manotazos y patadas. A estornudos histéricos. Así se movía el oculista ciego por su amplio y siempre bien iluminado gabinete. Y así andaba ahora, intentando desordenar y romper todos sus aparatos oftalmológicos antes de cerrar, con el fin de que los enanos patizambos de la limpieza lo encontraran todo lo más desorganizado posible. Lo más desarreglado posible. Lo más nauseabundo que pudiera concebirse en cabeza humana.
– ¿Dónde se habrá metido esta bestia inmunda? –Dijo el médico- Es mi mejor paciente. El mejor de todos, sí señor. Siempre me ayuda una barbaridad a orientarme en esta leonera. Da gusto oír su voz suave guiando mis pasos por la consulta. Dice que ve estupendamente, y bien sabe Dios que le creo a pies juntillas.
Mascullando como estaba estas palabras de despecho, su mano derecha fue a parar sobre un libro, y comenzó a leer más o menos por la página número uno, como quien dice. La historia empezaba así: Había una vez un señor calvo que tocaba el laúd en todos los funerales que se celebraban en cien kilómetros a la redonda. Al músico alopécico le gustaban especialmente los entierros de mujeres neurasténicas de entre veintisiete y treinta y cuatro años.
– Qué historia tan divertida –Se regocijó. Me ayudará a pasar el rato hasta que llegue este idiota. Lo necesito para que me acompañe mientras busco la puerta de salida del hospital. Claro que antes me pedirá que le revise la vista, el muy chantajista. Se cree que es el único paciente del mundo. Aunque, desde luego, tengo que reconocer que es el que menos problemas me da. Da gusto rebuscar en sus retinas inmaculadas sin encontrar nada.
Siguió leyendo la historia: Una vez, en un funeral que tenía lugar a las cuatro de la tarde, el hombre sintió unas terribles ganas de rascarse una rodilla.
– ¡Santo Dios, qué historia tan horrible! ¡Ya no hay respeto por la memoria de los muertos ni por los manuales de filosofía! ¡Adónde iremos a parar en esta sociedad que viaja a la deriva! –Dijo el médico y arrojó el libro hacia atrás. Entonces se puso a ojear los cuadros abstractos de vivísimos colores que tapizaban las ochenta y tres paredes de la diminuta consulta.
– Cuando sea mayor tendré muchos hijos y varios perros, y los asesinaré a todos cuando cumplan once años, y jugaré al póker con sus cadáveres. Así ganaré siempre todas las partidas y no volveré a sentirme desgraciado nunca más-, decía mientras echaba un vistazo a las pinturas alegóricas.
– Pero antes tengo que buscar una joven esposa fértil que me dé hijos y me compre perros. Quizá la pueda encontrar rebuscando entre las tazas del desayuno o entre las estanterías del supermercado o bajo los coches abandonados en los arrabales o entre la estupidez hinchada de los fanáticos políticos.
De pronto se echó a llorar con sumo desconsuelo. -¡Ay qué desdichado soy! ¡Acabo de darme cuenta de que estoy ciego! ¿Cómo habré podido vivir así todos estos años? Bueno –trató de reponerse-, calma, tranquilidad, sosiego. Cantaré la canción de los siete pecados capitales. Me la enseñaron las monjitas asmáticas del cole cuando era pequeño, y me dijeron que la cantara en voz muy alta si alguna vez me sentía triste.
Entonces el doctor cantó, gritando desafinadamente:

Siete pecados hay.
El primero es la inocencia,
Porque nos hace tener esperanzas.
El segundo es la sabiduría,
Porque nos hace buscar la felicidad.
El tercero es el sentido común,
Porque nos hace cuestionarnos las órdenes.
El cuarto, enamorarse,
Pues nos nubla el pesimismo.
La pasión es el quinto,
La razón el sexto
Y el séptimo la mesura,
Y los tres hacen de nosotros
Íntegros y valientes seres humanos.

– Menuda mierda de canción. El que la inventó seguro que murió de asco de sí mismo. Me ha deprimido más de lo que estaba. –Entonces se quedó pensativo por un momento y se dijo: -¿Y si me masturbara para buscar el placer inmediato fácil y reconfortante que dura sólo un instante? Tal vez el vacío posterior al orgasmo empuje hacia fuera el vacío que siento ahora. No sé, es todo un lío de vacuidades… ¡Y el patán de mi paciente sin venir! ¡Ya lo tengo!, hablaré con Dios mientras le espero. Hace mucho que no le cuento chismes.
Se arrodilló, puso los brazos en cruz, miró al techo y dijo:
– Querido Dios: adjunta le remito toda la documentación necesaria para que se tramite como es debido mi petición del tercer grado penitenciario. Cuando salga de la cárcel, lo primero que haré será solicitar una subvención para construir un inmenso mausoleo para mi amor, que murió en la Segunda Guerra Púnica, el pecho atravesado por una lanza, las manos crispadas de dolor y el brazo izquierdo dormido por la ruptura de una arteria a causa de una cuchillada que recibió pocos minutos antes.
De pronto llaman a la puerta.
– ¡Adelante! ¿Eres tú?
– Sí, soy yo.
– ¿Quién?
– Yo. Ya sabes, yo.
– ¿Mi paciente predilecto? ¿Mi amor platónico en sentido médico y puramente empírico, un sentido, sin embargo, no exento de cierta concupiscencia que vagamente podría definir?
– Sí.
– Pasa. Llevo mucho tiempo esperándote. Más de doce segundos, para que te enteres –Dijo el oculista ciego con un visible enfado-.
– Lo siento. Caí a un quásar y hasta ahora no me pudieron sacar.
– El Ayuntamiento debería tener más cuidado con la limpieza de las calles. Esta ciudad amanecerá cualquier día llena de papeles y hojas secas por el suelo.
– Sí, es dantesco. El otro día una señora mayor salió a comprar el pan y, de regreso, tomó el mismo camino para volver a casa.
– ¡Qué barbaridad! ¡Dónde iremos a parar…! ¿Me compraste las pastillas para dormir?
– No. Sólo había píldoras para la rabia, para la carcoma de la madera y para el complejo de Edipo.
– ¿Y cómo piensas que voy a dormir esta noche sin mi medicación?
– Pues, no sé…, prueba a contar helicópteros siniestrados. ¡O hazte nudos en la garganta! –Dijo con extraordinario énfasis, como quien acaba de tener una idea genial- Eso siempre suele funcionar.
– Si me hago nudos en la garganta acabaré ciego. Prefiero no intentarlo siquiera.
Entonces el paciente se acercó al doctor, le tendió la mano derecha con la palma vuelta hacia arriba, y dijo: – ¿me concedes este baile?
– ¿Qué están tocando?
– Es una sonata preciosa que habla de un capellán hedonista y una funcionaria misógina que se enamoran pero no se pueden casar porque al capellán la Iglesia no le quiere conceder la nulidad matrimonial –se atropelló el paciente, hablando con mucha rapidez y en tono infantil.
– Con la Iglesia hemos topado.
– Y con el Gobierno.
– Y con el Estado Mayor.
– Y con la Asociación de Amigos y Familiares de Arquitectos Bulímicos.
– Esos son los peores. Exigen una cuota astronómica a sus afiliados. Son unos peseteros.
– Bueno, ¿bailas o qué?
– No sé bailar y me da mucha vergüenza que me veas.
El médico se sonrojó, y el paciente sacó un pañuelo con el que empezó a enjugar lágrimas inexistentes en la cara del oculista.
– Ea, ea, ea, ya, ya, ya pasó. Ea, ea, ea. No te angusties. Pronto vendrá la guerra y todo acabará.
-¿Me lo prometes? –Gemía.
– Te lo juro por los devastadores ataques epilépticos que me daban cuando era un niño, y que acabaron por dejarme en coma durante más de sesenta y tres años, nueve meses y seis días.
– No, júramelo por tus prejuicios. Sólo así te podré creer.
– ¡Sabes que nunca hago eso! ¡Tengo mis principios!
– Pues si no lo haces me iré y te quedarás aquí solo y abandonado.
– Pues, si te vas, has de saber que pasaré los días y las noches soñando con caballitos de tiovivo abochornados.
– No serás capaz, te conozco.
– Te juro por mis prejuicios que lo haré.
– Eres un degenerado. No tienes compasión de los oculistas ciegos que en el mundo han sido, son y serán. Que sepas que somos la raza elegida que sucumbirá antes que ninguna otra cuando caigan las bombas.
– Si mueres, moriré contigo.
– ¿Eso es una declaración de amor?
– No, es una carta de compromiso por la que ambas partes nos obligamos a respetar un tercio de los artículos de la Constitución, pero a efectos legales tiene la misma validez que una declaración amorosa.
– Y dime, ¿cuándo nos podremos casar para tener hijos y perros y un sofá de skay y un montón de pelusa debajo de la alfombra?
– No lo sé. Eso hay que consultarlo en los libros de teosofía, teogonía y teocracia, que tan pulcramente decoraron los monjes miniaturistas de los monasterios del Sacro Imperio Chino Nororiental.
– Estos chinos lo inventan todo. Un día inventarán la alegría y todos tendremos que dejar de actuar en esta obra, incluido tú, el más prepotente de todos los pacientes que he tenido en mi larga carrera como ingeniero técnico naval.
– Vale, llámame prepotente si quieres, pero no me negarás que mis ojos te sirven de mucho.
– Sí, me hacen un gran favor ayudándome a pensar nuevas y divertidas fábulas morales con las que entretener mis horas de angustia nocturna. Sin ellos no sé qué habría sido de mi ya consagrada carrera de escritor.
– ¿Y vendes mucho?
– Últimamente un montón. Desde que escribí aquel poema sobre dos enamorados tuertos que se suicidaron arrojándose al Mar de la Tranquilidad, mis libros anteriores se venden como rosquillas.
– ¿Está usted enamorado, doctor?
– Sí, mucho.
El paciente le dio un par de codazos suaves en el antebrazo y, con una voz y una sonrisa un poco socarronas, preguntó al oftalmólogo: – ¡Anda, mira, qué calladito se lo tenía el muy truhán! Y, ¿quién es la afortunada, si se puede saber?
– Es una ancianita muy buena que vive en el barrio rico. Se siente muy sola la pobrecilla, así que voy de vez en cuando y le hago un poco de compañía, y ella a cambio me hace rosquillas y me deja que sodomice a su nieta sorda, que hace poco cumplió once añitos y está preciosa con sus coletas y sus mejillas sonrosadas.
– Siempre quise tener nietos para comprarles enchufes y envolvérselos en papel celofán para el Día de Difuntos.- Entonces se echó a llorar desconsoladamente.
– No llore usted, hombre. Recuerde que ya mismo estarán cayendo sobre nuestras cabezas las bombas nucleares, y no querrá recibir la redención con esa facha lastimosa, ¿no?
– No, claro. Es verdad.- Dijo y se recompuso el gesto y se secó las lágrimas con un calcetín que previamente se sacó de su pie izquierdo. –Y dime, tú que eres mi abogado favorito, ¿cuándo crees que llegará la guerra?
– Pues es posible que dentro de unos minutos. Todos estamos esperando ya la muerte. Ahí fuera la gente desea purificarse, hervir en el fuego radiactivo de la catarsis universal.
– Amén.
– Así sea.
– Sea, pues.
– Y con tu espíritu.
– ¡Eso, eso, con mi espíritu! ¡Todos con mi espíritu, de vacaciones al paraíso de las almas enloquecidas y atiborradas de esencia de sándalo!- dijo brincando de alegría el paciente, que agitaba sus brazos en el aire.
– ¿Nos damos la paz?
– Démonosla.
– No sé cómo se hace.
– Ni yo.
– Entonces, ¿qué podemos hacer mientras esperamos la muerte?
– Hagamos filigranas con nuestras fibras sensibles, o derribemos mitos a patadas, o usemos nuestros estigmas ancestrales para lapidar todo el odio del mundo.
– En la Facultad de Bellas Artes me enseñaron el noble oficio de la misantropía. ¿Quieres que juguemos?
– Yo lo único que quiero es morirme, a ser posible mientras duermo o mientras algún político de renombre me estrecha la mano y besa a mi nieto ante la cámara.
– Qué felicidad sería morir así…
– Qué dicha…
– Qué fortuna la nuestra.
– ¿Eres feliz?
– No. Acabo de descubrir que estoy ciego.
– ¿Y no te vas a suicidar? Todos los infelices se suicidan o se divorcian o se compran lujosos coches que pagan a plazos.
– Salgamos de aquí. Estos cuadros me dan náuseas –Dijo el médico, cambiando de tema.
– No podemos salir.
– ¿Por qué?
– Estamos esperando la guerra.
– Es verdad.
– ¿Quieres que te lea la historia del músico calvo que tocaba el laúd en los entierros? Es muy instructiva.
– Dudo que puedas leer algo. Hice una hoguera con el libro. Hacía mucho frío antes de que llegaras, y no tenía con qué entrar en calor.
– Pues qué lástima. Nos vamos a perder el final.
De pronto se oyó el sonido de aviones de guerra surcando los cielos.
-¡Es la guerra, doctor!- Dijo el paciente con alegría- ¡Mire hacia arriba, abra bien los ojos y la boca, y reciba con dicha el maná purificador que nos llega del dadivoso cielo!
– ¡Caed, dulces bombas que nos darán el sueño de los benditos! ¡Caed y limpiad nuestras vidas vacías, nuestra sexualidad estéril y nuestras aspiraciones sin rumbo ni destino!
– ¡Caed, caed y partid por la mitad la ruindad hueca de nuestros ciclos vitales que se repiten en el infinito! ¡Caed y desmembrad a este Sísifo que tengo adherido a mi ilusión y a las partes más nobles de mi autoestima!
Pero los aviones pasaron, y el estruendo de las bombas no se oyó. Médico y paciente permanecieron mudos y cabizbajos, decepcionados y desorientados, durante un largo rato. Al cabo de unos minutos, el doctor dijo: – El Ayuntamiento debería tener más cuidado con la limpieza de las calles. Esta ciudad amanecerá cualquier día llena de papeles y hojas secas por el suelo.
– Sí, es dantesco –respondió el paciente. -El otro día una señora mayor salió a comprar el pan y, de regreso, tomó el mismo camino para volver a casa.
– ¡Qué barbaridad! ¡Dónde iremos a parar…! ¿Me compraste las pastillas para dormir?

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