Remedio infalible contra la sensación de hacerse cada vez más viejo y sentirse cada vez más solo

17 julio 2009

La luz del sol bañaba por completo cada recoveco del andén. A pesar de que el aire de la ciudad estaba saturado de polución, y a pesar de que sobre la masa de los edificios de la urbe el cielo nunca había sido azul, sino más bien de un gris desvaído, aquella mañana los ojos de los pasajeros recién llegados a la estación podían respirar una blancura casi onírica, como de fiesta o de inocencia infantil aún intacta.
El tren llegó puntual. Un chirrido quejumbroso avisó al aire y a las columnas del apeadero de que la mole de metal y cristal estaba parando justamente en el lugar de la vía en el que le correspondía detenerse.
Las puertas de los vagones se abrieron, y un abigarrado cúmulo de pies y ruedas de carritos portamaletas se desparramó por las escalerillas que servían de transición entre las portezuelas de los coches y el suelo, que actuaba como primer contacto con la ciudad para los recién llegados.
Había pies cubiertos con zapatos rojos de tacón pequeño, otros con zapatillas deportivas, otros con humildes alpargatas y aun algún par de mocasines. Y había maletas verdes y negras y azules y rojas, y grandes y pequeñas y medianas y enormes, y hasta pasajeros sin maleta o con una simple mochila al hombro o sobre la espalda.
Y se podían ver, asimismo, rostros cansados, felices, ausentes, expectantes, desesperados o hieráticos.
A continuación, el tren, una vez que soltó su carga de vidas, afanes y miserias sobre el pavimento de la estación, se fue apagando lentamente, murió y se dejó ultrajar las entrañas por los operarios de la limpieza y mantenimiento a sueldo de la compañía ferroviaria.
Y entonces hubo abrazos. Y miradas que buscaban otras miradas y llamadas de teléfono. Y también algunas soledades crecieron conforme sus portadores iban adentrándose en el cuerpo central de la estación.
La ciudad recibía, una mañana más, su carga de almas. Una rutina cíclicamente poética, una infinita entrada de cuerpos y sueños que se repetía varias veces al día, y que uno nunca se cansaba de mirar y de escuchar.
Entre la multitud, alguien aferró con más tristeza que fuerza la mano pequeña y un poco sudada de Ana.
– Eres un lirón. Has pasado todo el viaje durmiendo –dijo el portador de la mano anhelante.
Ana casi no le oyó. Sus ojos color café, un poco achinados y casi siempre tristes, bebían cada detalle del entorno que iban contemplando. Arrastraba con pereza y negligencia una maleta rosa y varias bolsas toscamente atadas a ésta. Era una estampa entre lo melancólico y lo cursi.
Para ella, aquel era el primer contacto con la endemoniada mole de aquella ciudad. Andaba con sus piernas largas y un poco delgadas, descubiertas hasta la rodilla, según lo permitía el corte del vestido azul oscuro que llevaba. Sus pies, menudos y algo toscos, se movían con ligereza arropados por unas sandalias negras que se dirían bastante elegantes. Tenía un talle fino, unas caderas poco pronunciadas, un cuello ni demasiado largo ni demasiado corto, una barbilla infantil, unos pómulos suaves y ondulados y apenas dos montículos insinuados sobre la piel que recubría su tórax delgado y siempre acunado por una respiración cálida y pausada.
Una niña inquieta y curiosa hablaba a través de sus pupilas marrones y de mirada fugaz. Una voz bien templada para lo que era de esperar a sus dieciséis años, un peinado convencional moldeando su pelo liso y negro, y una graciosa curva en sus seductores labios aún puros completaban, por así decir, lo más visible a simple vista de la Ana que era ahora tomada de la cintura por el hombre que iba a su lado, el cual había pasado su brazo alrededor de un cuerpo que permanecía allí, junto a su acompañante veinte o treinta años mayor que ella, mientras la mente que le pertenecía viajaba ya por encima de la cúpula central de la estación de ferrocarril que atesoraba temporalmente los secretos de aquella extraña pareja.
-Dame esa maleta. –El compartimento trasero del taxi se encontraba abierto al tenue calor del sol matutino. Su boca metálica, de color blanco y un poco desdentada en los bordes, esperaba con resignación inerte engullir la maleta rosa, las bolsas cerradas de cualquier modo y una valija gris oscuro de tamaño medio, perteneciente al hombre que minutos antes había abrazado a Ana por la cintura.
El vestido azul de la muchacha esparció su olor sintético a perfume de frambuesas, o de alguna otra fruta parecida, por todo el habitáculo del coche en el que ambos acababan de subir. El conductor volteó el cartel que colgaba en el parabrisas, y la pareja pudo leer libre con las letras cabeza abajo. A Ana esto le hizo reír con una brevedad de cristal que erizó los pelos de la nuca y la espalda del hombre, que apenas atinó a decir al taxista: -Al Hotel Emperador, por favor.
El coche blanco que llevaba impresa la palabra Taxi en mayúsculas, a un lado y a otro de la carrocería recién lavada, embistió con soberbia el aire contaminado de las calles, con la autosuficiencia de quien se sabe poseedor de un hermoso tesoro en su interior que nadie más tiene. Ana vio pasar a su izquierda la Catedral, el Palacio de Congresos, el edificio de la Armada, dos o tres consulados de países importantes, la Bolsa, un parque que parecía vastísimo y profundo como un bosque artificial dibujado mediante una perspectiva algo irreal, y decenas de semáforos y transeúntes y vehículos de toda clase y condición.
En sus rodillas redondeadas se iba reflejando el vaivén de luces y sombras que entraba por la ventanilla según el taxi se movía en la ciudad, y sus manos, que todavía seguían algo sudadas, jugueteaban con la concha marina que llevaba al cuello colgando de una cadenita de plata.
A través de una deliciosa ingenuidad, la chiquilla hacía preguntas acerca de todo lo que veía. Su mirada almacenaba, su boca solicitaba información complementaria y su cerebro lo procesaba todo y lo guardaba, bien ordenado, en el anaquel de los recuerdos de adolescencia que un día acudirían a la cabeza de Ana, cuando ya fuera una mujer.
De pronto, el crisol manchado de la fachada acristalada del Hotel Emperador asomó por el flanco derecho, a sólo unos metros del hombre al que le gustaba observar a Ana mientras ella se distraía mirando cualquier cosa.
Éste pagó la carrera del taxi, frunció el entrecejo al notar el peso del equipaje soportado por sus brazos, hizo un ademán con la cabeza al taxista que indicaba gracias, o adiós, o que tenga un buen día o algo así, y anduvo, con una prisa que le sorprendió, hasta el hall del hotel, flanqueado por la muchacha que olía a frambuesas o a otra cosa parecida.
El recepcionista era un hombre joven y hosco. Parecía estar allí, tras el mostrador barnizado del recibidor del hotel, como cumpliendo una penitencia o soportando una condena inmisericorde. Era desmañado, tacaño en los gestos y parco en las palabras, como si una hostilidad manifiesta hacia el mundo se estuviera escenificando en cada pelo de su cabeza y en cada dedo de sus manos crispadas por una tensión desconocida, probablemente de origen ansioso o nacida en alguna recóndita frustración añeja.
Entregó las llaves con un ligero ademán de desprecio sutil, aunque ciertamente elegante, como correspondía a las formas obligadas en un hotel de cuatro estrellas. Habitación 201. Segunda planta, primer pasillo, a la izquierda del ascensor según se sale por la puerta. Cuidado con el suelo: está recién pulido y puede resultar resbaladizo.
Ana soltó un suspiro prolongado de desaire y hastío al espejo que le devolvía su imagen en el interior del elevador. Dejó claro, así, su desprecio irrevocable por el antipático recepcionista. El hombre, mientras tanto, se entretuvo en desear con avaricia los brazos descubiertos de la muchacha. Apenas se atrevió a rozar el derecho con el dorso de su mano cansada de amores no correspondidos y poemas que ninguna mujer quiso leer nunca. Ana le dejó hacer. Para eso estaba allí: para dejarse hacer.
Salieron del ascensor. Ante ellos se abrió un corredor silencioso e iluminado a media luz, en tonos pastel o anaranjados o de algún otro color ambiguo por el estilo. Jarrones de generoso tamaño a un lado y a otro, entre las puertas de cada habitación y al fondo del pasillo, bajo una ventana que reflejaba el sol entrando oblicuamente.
-Aquí es. –Dijo el poeta frustrado e insomne, y abrió la puerta pintada del mismo color que los ojos de Ana. –Pasa tú primero y cuéntame qué nos han preparado.
Las retinas ávidas de novedades registraron cada detalle del cuarto. La chica se sintió un poco decepcionada. Se había imaginado las habitaciones de hotel de otro modo. No tenía muy claro lo que esperaba encontrarse, pero desde luego había fantaseado un poco con la idea de ciertos lujos frívolos entrevistos en el cine que, obviamente, aquí no había.
Pronto perdió el interés por la pieza, y preguntó: -¿Me llevarás a la Torre de San Andrés como me prometiste? Estoy deseando ver la ciudad desde allí arriba. Dicen que da vértigo y quiero saber lo que se siente en las alturas.
– Por supuesto que sí. Y luego iremos a cenar a un buen restaurante. ¿Te gusta la comida italiana?
– No sé, nunca la he probado. –Dijo Ana con un ligero tono de sonsonete. Venía de un pueblo bastante apartado, en el que no eran frecuentes las novedades culinarias ni de ningún otro tipo con que se agasajaba a los habitantes de las ciudades del interior del país, a la vanguardia de casi todo lo frívolo, lo novedoso, lo artístico y lo políticamente incorrecto que llegaba de fuera.
El escritor de relatos que imitaban el estilo del realismo mágico, en otro tiempo adicto a los antidepresivos y ahora sólo a las preguntas retóricas que no llevan a ninguna parte, se disculpó con Ana y pasó al baño. Se aseó, se perfumó y se puso el mejor traje que traía en la maleta. La muchacha, mientras tanto, dejaba que los minutos resbalaran con pereza sobre su cuerpo echado de medio lado encima de la colcha blanca en la cual se había tumbado.
Cuando salieron del hotel, aproximadamente media hora más tarde, la soñolienta expresión de la aún casi núbil Ana vagaba soñadora entre los monumentos infames de la civilización postmaterialista. El antiguo coleccionista de fracasos amorosos no la soltó de la mano, de la cintura y del hombro derecho en el infinito día y la infinita noche que transcurrieron, breve y sutilmente, en aquel paseo iniciático por la ciudad.
Hubo museos y un restaurante caro, vistas a ochenta metros de altura y nubes que amenazaban tormenta, hubo un helado de fresa que casi se derrite en las manos de la niña, y hubo un corazón palpitante de deseo de calor y otro que latía con la serenidad de quien confía y espera acontecimientos. Y hubo fotografías tomadas a contraluz del atardecer, y bajo un enorme sauce en el centro del Parque de la Independencia y frente a alguna iglesia gótica o románica o quién sabe.
Estalló la noche y la tarde huyó, y entonces nacieron los letreros refulgentes de neón, y las fuentes iluminadas de rojo y de verde y de amarillo y de blanco, y el tráfico frenético de vuelta a casa y los autobuses nocturnos cargados de cansancio y de esperas latentes, y nació el bulevar que derrochaba luz y se engendró la magia triste de las bocas de metro vomitando a sus últimos huéspedes temporales, y murieron los acordes melancólicos de los músicos callejeros. En los clubes nocturnos que no visitaron nacían como gemelos la concupiscencia, el alcoholismo despechado y la vanidad pretendidamente seductora de los hombres buscando pareja efímera. En las aceras se engendraba la prisa a cada instante, y bajo las farolas anaranjadas o blanquecinas (de muerte) o azuladas procreaban, durante toda la noche, las siluetas de seres humanos sin rumbo o con destinos poco fructíferos.
Y, en todas las horas que transcurrieron, el hombre-poeta, el escritor-soledad retrocedió varios siglos en el tiempo de su alma cabalgando su pena atávica sobre la nuca mullida de Ana.
Ya no le sudaban las manos. Parecía que hasta tuviera un poco de frío. El hombre-afonía, el guionista de películas que arden quiso abrazarla. Y lo hizo y deseó, por primera vez, morir feliz en vez de hacerlo ahogado en versos o en lágrimas.
Durante un instante de estrellas en el cielo, sobre las nubes ocres de contaminación y lluvia contenida, el mártir por la causa de los horizontes no contemplados vio mariposas azules que cortejaban a las agujas de todos los relojes de todos los campanarios y torres de la urbe. Y vio asimismo ancianos invirtiendo el mecanismo de sus antiguas clepsidras, y cementerios de plomo que estallaban en suaves y silenciosos cataclismos, y venerables ninfas aturdidas por el calor de un amor ignorado hasta ahora.
Ana fue, entonces, transformada en el núcleo primigenio de la solución a todas las preguntas que en su vida se había hecho aquel hombre. Ana fue la juventud perdida y robada, Ana fue los besos que no le dieron las muchachas rubias de melena rizada, Ana fue los pecados y los delitos y los ultrajes y los desmanes que no cometió jamás, y los años que perdió y los que no vendrán, y la suerte y la sonrisa cómplice y las manos apretadas y un beso en el cuello y unos ojos semicerrados y una mujer dormida y una canción y un susurro y un enfado repentino y la indiferencia fingida y serpentina y miedos y atolondramiento y celos y nada soy sin ti y te echo de menos y me quieres y te quiero y te odio pero en el fondo no te odio sino que te amo más que a nadie y ven pronto y llámame y poemas y qué breve pasa el tiempo a tu lado.
Llegaron al hotel. La habitación recibió a la pareja con la misma indiferencia de la mañana. La adolescente del vestido azul se dejó caer sobre la cama, y se quedó dormida casi al instante, sin siquiera haberse puesto el pijama.
El hombre bajó las luces, dejándolas a media intensidad.
El hombre-premeditación sacó de su maleta un cuaderno pequeño. También sacó una pluma y unas gafas. Y un frasquito que no era de tinta.
El hombre-consumación escribió algo sobre una hoja del cuaderno.
El hombre sin lastre arrancó la hoja, la depositó sobre la mesita de noche contigua al lado de la cama en la que Ana se había dejado caer, rendida de cansancio y emociones.
El hombre con paz interior guardó la pluma, guardó el cuaderno y plego las gafas, destapó el frasquito y se lo llevó a la boca.
El hombre-ser humano se acostó plácidamente, muy cerca de la chiquilla, lo suficiente como para sentir su calor sin tener que rozar su cuerpo.
Se durmió.
A la mañana siguiente, Ana encontró las luces encendidas, y sobre la mesita una nota. A su lado, el poeta parecía dormir profundamente. Leyó la nota. Había tres cosas escritas sobre el papel blanco: unos versos, una disculpa por haber intentado besarla la tarde anterior, y un sencillo “Adiós”.

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