Baldosas

24 julio 2009

Sin embargo, hoy parece ser que el cielo me ha iluminado, pues de repente me acordé de la conversación que oí en el Nevski a los dos perros. “Está bien -pensé para mis adentros- ahora lo averiguaré todo. Es preciso que intercepte la correspondencia de estos dos perros, pues esta me procurará muchos datos.”

Diario de un loco – Nikolái Gógol

La historia que voy a esbozar me ha sido revelada en un sueño denso y ambiguo, intoxicado de medicamentos y cansado por el insomnio, el calor y el sopor que padezco durante estos días de verano.
Ruego al lector disculpe los detalles aparentemente inconexos o incoherentes, y le pido, asimismo, que comprenda las licencias retóricas y los añadidos más o menos complementarios que me pueda llegar a permitir. Ello se debe a que los sueños –al menos los míos- no son por lo general narraciones completas y de partes adecuadamente interconectadas, sino que más bien constituyen un cúmulo de símbolos harto difíciles de interpretar en la mayoría de los casos.
La historia que leerá a continuación es, simplemente, mi particular reconstrucción literaria de un sueño que he tenido esta noche.

Me presentaré: me llamo Braulio. Braulio Fontecha. No es un nombre muy afortunado, lo sé. Pero a todo se acostumbra uno. Lo ridículo no es una cualidad esencial de cosas o personas: es simplemente que no estamos acostumbrados a su presencia. La ridiculez es como el dolor propio o las enfermedades ajenas: a fuerza de exponernos a su influjo acabamos por insensibilizarnos, por ser inmunes a sus vaharadas.
Me gusta leer a Borges, así que lo parafrasearé: en cualquier momento habré cumplido cuarenta y tantos años. Soy lo que se dice un sujeto gris, un hombre a la sombra de su propia sombra. Trabajo como funcionario cuarenta horas a la semana. El resto del tiempo que me queda lo paso fundamentalmente encerrado en casa.
De pequeño soñaba con ser astrónomo o periodista. Ya se me notaban las incipientes ganas de huir. El paso del tiempo, la falta de aptitudes para una y otra profesión y los desengaños, sin embargo, hicieron que me decidiera por el traje planchado y las corbatas a juego en un enfermizo edificio de oficinas deprimentes.
Pertenezco al engranaje monstruoso del Estado que todo lo fiscaliza y todo lo controla. Soy una minúscula pieza más de esta maquinaria que, de perfecta que es, parece haber estado funcionando desde la noche de los tiempos y parece, de igual modo, que se seguirá moviendo por siempre jamás. Si se pone a pensar en este gargantuesco aparato burocrático, uno pierde de pronto la noción del tiempo y de las dimensiones espaciales. Es algo asfixiante, metafísicamente casi claustrofóbico.
No he logrado, en los veintiún años que llevo trabajando tras mi escritorio, establecer una relación mínimamente íntima con ninguno de mis compañeros. Me angustia el contacto humano, pues durante las conversaciones con mis congéneres no puedo dejar de sentir sobre mis hombros la conciencia de mi propia insignificancia y de la precariedad en la que nadamos todos, pobres seres acunados en un mundo inventado a imagen y semejanza de nuestros impulsos más atávicos. Soy poco espontáneo, eludo las miradas y sé que me califican de huraño. No les culpo. Me he ganado fama de misántropo a fuerza de cultivar la soledad. Pero no odio a los hombres, simplemente me son indiferentes y no considero que tengan nada que enseñarme. No es aversión, es sólo hastío.
No me siento cómodo entre los de mi especie, y ellos tampoco parecen desear mi compañía. Así que, cuando salgo de trabajar, pido un taxi que invariablemente, día tras día de lunes a viernes, me lleva por el mismo camino hacia un destino recurrente: el ático pequeño y angosto en el que mi existencia destila sus días amargos durante las horas en que no trabajo.
El bloque de pisos tiene nueve plantas, más esta especie de buhardilla en la que habito. Con frecuencia, mirando a través del cristal cerrado en los días de invierno, he disfrutado de la dulce melancolía que me transmite la imagen azulada y espesa de la estación de tren recortada al fondo del horizonte urbano. Jamás he entrado allí, pues jamás tuve necesidad ni ganas de ir a ningún sitio. Los únicos viajes que he hecho en estos años los he realizado por cuestiones de trabajo, inspecciones fiscales y algún desfalco en provincias. A eso se limita mi bagaje. El mundo me interesa poco.
Paso mis horas de ocio respirando el olor a papel y a humedad de mi ático. Me gusta leer. No espero aprender nada ni descifrar enigmas humanos. Sólo intento escapar a otros mundos menos insípidos, con personajes que se dejen abrir en canal sin que el rostro del portador del bisturí pueda ser visto en ningún momento por los sorprendidos ojos del ultrajado.
Si no me encuentro con ganas de leer, con frecuencia suelo echarme sobre la cama estrecha y dura, cierro los ojos y no tardo en caer en un profundo sueño. Duermo mucho, durante las noches y durante las tardes, y aun a lo largo de todo el día en los fines de semana o en las vacaciones. Durmiendo, uno se siente liberado del fardo inútil del tiempo sobre su espalda. La bruma de la narcosis barre con sorprendente despreocupación hasta la última brizna de cansancio de mi espíritu. Acostumbro a dormir cada vez con mayor frecuencia y durante más horas seguidas. A veces me acuesto después de almorzar y no vuelvo a abrir los ojos hasta la mañana del día siguiente, cuando la luz entre rosada y azul del amanecer me acaricia los ojos todavía nublados por algún resto de sueño.
Entonces me levanto de la cama y no encuentro realmente nada que hacer. Pienso, en un vertiginoso instante de desesperación, en lo vacío que me siento y en lo poco práctico que ha resultado el hecho de levantarme. Tengo un acceso de ira difusa, de objetivo y causas poco definidos pero muy intensa. Procuro calmarme, más que nada porque no encuentro contra qué ni contra quién desahogar mi repentina frustración.
Miro a mi alrededor. El panorama es desolador. Cajas de libros se amontonan arracimadas entre el escaso mobiliario del ático. Entropía que alberga mi propia entropía interior. Y entonces miro al suelo y los veo: ahí están esos pequeños compartimentos.
Las baldosas son de un color anaranjado veteado de ramalazos marrones. Aparentemente son sólo baldosas que tapizan el suelo del ático pero, si se miran atentamente y durante un rato no muy largo, se ven las celdas con toda claridad.
Cada losa es un habitáculo insondable. Una especie de calabozo en el que amontono mis desechos obsesivamente clasificados por categorías. Si se echa una ojeada a cualquiera de ellas, se verá, más pronto que tarde, una amalgama de enseres personales que fui arrojando en esas prisiones a ras de suelo, ya que no cabían por más tiempo en mi corazón ni en mi sistema nervioso.
Son celdas absolutamente iguales en anchura, largura y capacidad. De su profundidad, sin embargo, nada sé, pues parecen ser adimensionales en lo que respecta a este parámetro.
En una de las baldosas del centro de la habitación guardo los problemas importantes en los que no me impliqué. Ahí se ven, por ejemplo, la enfermedad de mi madre o el accidente de tráfico que acabó con la vida de la joven Paula. Si uno mira hacia abajo verá, sobre todo, gritos y lágrimas reprimidos y algún que otro rubor avergonzado de sí mismo.
Bajo la cocina de gas, que uso para calentar la infame comida precocinada que compro en el supermercado, he arrinconado, con un deje de nostalgia, los poemas que nunca escribí, los viajes que no quise hacer y algún que otro beso negado no recuerdo ya a quién. Es una especie de vertedero infame al que van a parar abortos que podrían haber sido hermosas mariposas de alas azules o blancas.
A la entrada del cuarto de baño, justo debajo del vano de la puerta, he destinado dos calabozos enteros a sendos montones de escoria esencialmente similares en su contenido: uno para los amigos que perdí y otro para los amores por los que no luché.
Debajo de una de las tantas cajas de libros apiladas por todas partes hay una losa en cuyo interior se ve, como si de una bola de cristal se tratara, el hermoso futuro que no tengo fuerzas para labrarme. Más allá, el rectángulo de barro cocido de una de las esquinas de mi cuarto esconde en su fondo un par de novelas, y en la celda vecina yacen con amargura las disculpas que no pedí y las mentiras que no rectifiqué.
Como no me relaciono con nadie, no me he atrevido a preguntar si todo el mundo tiene estos peculiares Alephs en sus casas, o sólo los poseo yo. Honestamente: son bastante desagradables, y por la noche su contenido se esparce a la atmósfera y se enreda en mis pesadillas. Incluso huelen mal, como a ácido sulfúrico o alguna otra infame sustancia de género parecido.
Y el caso es que, pensándolo bien, no hace mucho que tengo estos campos de concentración adimensionales bajo mis pies. Empecé a apercibirme de su presencia poco después de que Ella se fuera.
Al principio sólo veía descampados yermos y vacíos, y en las junturas de las baldosas algunas vallas metálicas que parecían infinitamente elevadas. Ahora comprendo que su finalidad estriba en impedir que mis desperdicios de la conciencia se mezclen y se desorganice su perverso orden hiriente. Pero antes, poco podía conjeturar. Sólo me limitaba a asistir sorprendido al espectáculo que veían mis ojos.
Cada día observaba los avances en la construcción: una mañana, al levantarme de la cama tras casi dos días de sueño ininterrumpido, observé diminutos barracones levantados en cada pequeño erial. Mi extrañeza y mi sorpresa, pero también mi expectación, iban en aumento.
Luego llegó la electrificación de los vallados y los inmensos hornos crematorios, que más tarde supe que eran para incinerar mi libido y para mi optimismo.
Asistí con espanto impotente a la construcción de un enorme mausoleo, en el que alguien o algo había grabado un epitafio de colosales dimensiones: aquí descansan las ganas de vivir de Braulio Fontecha.
Posteriormente se construyó, el demonio sabrá cómo, todo un entramado de abruptos caminos por los que pronto desfilaron cadáveres que no reconocí nunca, ni aun hoy tras semanas y meses de atenta observación.
He de admitir que, a día de hoy, tengo todo un siniestro imperio de muerte y basura emocional levantado bajo las suelas de mis mocasines de funcionario del Ministerio. Y su tamaño y complejidad parecen crecer de forma proporcional a mis horas de sueño, pues he observado que mientras permanezco despierto nada se construye, ni tampoco durante mis horas de trabajo en la oficina. Los progresos tienen lugar únicamente mientras estoy durmiendo.
He intentado golpear con fuerza las baldosas, pero la cualidad atemporal y como onírica de este submundo hace que mis pisadas, pertenecientes a un universo distinto, yerren en el duro suelo. Tampoco percibo nada al tacto, ni oigo sonido alguno echándome de costado sobre el piso. Los sollozos y lamentos los escucho, única e invariablemente, dentro de mí, y las dantescas escenas de putrefacción que contemplo parecieran estar sólo en mi cerebro, de tan fuertemente como se me incrustan en la retina.
Además, al parecer mis pesadillas ya no tienen más espacio para seguir expandiéndose por el ático, y han decidido invadir la calzada de la calle a la que da la ventana, así como las paredes de la estación de ferrocarriles. En estas veo el rostro de una mujer que se parece mucho a mi madre, aunque la encuentro más joven y alegre que cuando se la llevó aquella enfermedad. Y, bajo la ventana, a diez pisos de altura y a ras de suelo, veo la mullida cama de mi niñez, con su colcha azul y el oso de peluche colocado plácidamente sobre la almohada.

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