Dando patadas al tiempo en Cádiz, de noche y junto al mar

22 agosto 2009

Si se pasa toda una noche junto al mar, uno corre el riesgo de enamorarse un poco de la primera mujer que cruce por delante de sus ojos. Si se pasa toda una noche junto al mar, y en Cádiz, uno se expone también al riesgo de ver un amanecer. Y si, además, se pasa toda una noche junto al mar, en Cádiz, y encima acaba amaneciendo, uno puede llegar incluso a ver fantasmas.
La noche junto al mar y en Cádiz era calurosa. Extrañamente calurosa. No había brisa, y ni siquiera cayó el rocío cuando llegó la madrugada. Todo era ya un poco irreal. La playa dormitaba serena, las olas casi ni respiraban siquiera cuando llegaban a la orilla. La luna no existía, pero sí se derramaba en cambio una masa de luz blanquecina, artificial, de farolas colocadas en hilera interminable a lo largo del cercano paseo marítimo. Así que la noche no era tal noche, pues ni luna había, y además su luz quedó sustituida por unas luminarias tercas y frías como de ciencia ficción, que daban a la arena un color grisáceo pálido, de cierta muerte callada y resignada.
Las estrellas, ¿quién las veía con aquella hostilidad luminosa empeñada en matarme de antipoesía? Pero, aun así, yo era feliz. Y era feliz porque el tiempo me dio una tregua. En Cádiz, junto al mar y de noche. Mi insoportable tempus fugit, enfermizo en su rutina diaria de un verano infinito, me indultó de la pena de ganas de morirme que me había impuesto en esos días, y en pleno tercer grado existencial me decidí, exultante, a pasar una noche en el limbo de los minutos que nunca corren. En Cádiz, de noche y junto al mar.
Durante todas las horas que pasé en aquella playa no vi el horizonte, sencillamente porque no miré hacia donde estaba. Nada de buscar caminos insondables, nada de andar imaginando poemas de angustia y agujeros negros. Me receté pequeñas ojeadas a mi alrededor, muchas conversaciones de amigo a amigo, versos reprimidos para no llorar o para no reír tanto que pudiera llegar a olvidar cuál es mi estado natural, y me receté también una indolencia generalizada. Yo era un hedonista aquella noche, e iba a sacar partido de todo lo que el mar me estaba dando sin ser suyo: un no-horizonte, una arena color neón y una densidad tibia en el aire. Hoy será mi noche de las paradojas, mi noche de las contradicciones junto al mar, me decía con la infantil inocencia de un niño que sabe que está cometiendo una travesura. Saqué la lengua al tiempo, en cuya jurisdicción no me hallaba por entonces, y me decidí a contrariar a la rutinaria vida aburguesada que me atenaza durante los veranos en el pueblo.
Las doce, la una, las dos, las tres, las cuatro… Mi reloj debe de ser idiota. Se empeña en escupir horas y minutos mientras yo me río en su cara acristalada llena de números digitales. Siento cierta condescendencia por él, aunque más bien es conmiseración, y luego ya un poquito de asco o como de lástima, que lo mismo es.
Y en mi noche-contrasentido, en Cádiz y junto al mar, hubo hasta fuegos artificiales en el cielo, lanzados para celebrar la victoria del equipo local de fútbol en algún torneo que a mí me sonaba lejanísimo y muy poco elegante como para merecer esas deliciosas cabriolas pirotécnicas. El cielo ardiendo en ráfagas, un poquito por encima del mar: lo que me faltaba ya. La noche me estaba implorando un poema, o a lo mejor era yo quien suplicaba a los pies de la noche. Poco me importaba, porque sólo tenía ganas de hablar-de-amigo-a-amigo y de no alejarme mucho de allí.
Las cinco, las seis… Y yo desdeñando mi reloj, pero mis amigos recordándome que tenemos que ir a la estación a tomar el primer autobús de la mañana. No siento pena. Estoy lo suficientemente sublimado como para no estar triste. Todos mis deseos de atemporalidad se han cumplido. Sartre y Camus quedaron en casa, en la estantería. Tiempo habrá de volver a sus brazos. Tiempo, tiempo, tiempo… Tranquilo, volveré a tu cárcel puntual y cabizbajo. Siempre he sido disciplinado, hasta con la rutina que tanto me maltrata y tan mal me sabe querer.
Y amanece sobre el empedrado de las calles de Cádiz. Adoquines que se vuelven ligerísimamente azulados. En realidad un poco grisáceos, pero a mí me gusta más el color azul y hoy tengo arrogados ciertos derechos, así que los adoquines se van coloreando de un suave azul que refleja otra más de las paradojas de aquella noche: un amanecer azul en vez de naranja, ocre o rosado. Y en ese preciso instante se me escapa para mis adentros: ¡Octavia de Cádiz! Y es un alba que más bien parece atardecer, o será que llevo ya muchas horas sin dormir y que se me han mezclado la noche, el día, el crepúsculo y la alborada. ¡Chúpate esa, tiempo! ¡He conseguido darte la espalda y perder la noción de ti, he conseguido confundirme y enredarme en la no-realidad de tu no-existencia!
Y, de pronto, mientras vamos conversando en voz baja por algún callejón algo angosto y empedrado, dejo de escuchar a mi amigo que me habla, porque ha sucedido lo inevitable, lo que tenía que ocurrir: me acabo de enamorar un poco. Camina sin hacer ruido, como si flotara o como si Bécquer la estuviera creando en aquel mismo instante. Va ataviada completamente de blanco, con un vestido liso que perfila por entero su figura, del cuello a los tobillos. Un espectro dulce y callado en esa hora extraña en la que la noche va cediendo lánguidamente. Y al pasar por mi lado, todo es silencio dentro de mí: un silencio de veneración y de un tropel de versos que tengo que escribir inmediatamente, en ese mismo momento. No recuerdo su cara, porque yo nunca me enamoro de los rostros sino de la potencial cantidad de poemas que una mujer me puede hacer escribir. Y en ella había toneladas de versos, porque era una presencia vaporosa de esas que uno conoce por la literatura del Romanticismo. De modo –digo burlonamente al tiempo- que si me zafo de tus garras también tengo el poder de enamorarme y de viajar al pasado y de ver fantasmas tenues. ¡Por eso no me querías soltar, infame!

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2 Responses to “Dando patadas al tiempo en Cádiz, de noche y junto al mar”

  1. Milo Says:

    Jorge: Me alegra que tu inspiración haya vuelto a casa de esta forma tan admirable. Una vez mas me impresiona con tu prosa! Como siempre un saludo fraternal.

  2. Ernesto Cisneros-Rivera Says:

    Bendita Cádiz, bendito mar y bendita noche que permitieron la acción de Euterpe y Erato sobre ti, para regalo de nosotros, tus lectores.

    El amor sólo fue la evidente consecuencia y la poesía, su lógica expresión.

    Hermano, te abrazo lleno de admiración.

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