La pesada carga de Atlas

12 septiembre 2009

Nací en silencio.

Callado, mudo, muerto.

Mas una vez hablé para quejarme de dolor,

Y la mala fortuna quiso que hubiera cerca alguien que me escuchara.

Pero no supieron interpretar el llanto que lloré con palabras alegres,

Y lo trocaron por dulce gracia infantil.

Desde entonces, constantemente me piden que hable y hable y hable…

Para que todos gocen con mis elegantes ocurrencias.

Nací sordo también.

Nací sordo para la inocencia y para el arrebol de las amapolas en verano.

Pero en una ocasión no pude resistir la curiosidad, y escuché con atención.

Mas ¡ay!, allí cerca hubo quien se percatara de mi interés por la vida,

Y desde entonces no hago más que oír

Las horribles sinfonías que ellos quieren tocar para mí,

Con el fin de que yo las juzgue buenas y les dé mi bendición.

Nací, y nada más nacer decidí no caminar,

Pues no encontré el mundo tan sucio

Como para que el pájaro de hinchado ego que habita en mi alma

Pudiera posar sus nauseabundos pies.

Sin embargo, la desdicha me hizo que deseara,

Un día como otro cualquiera,

Experimentar qué se siente al pisar el suelo cenagoso.

Pero cerca estaba, una vez más, quien presenció la escena y,

Con presteza y soltura de diablo,

Inventó una alfombra roja sobre la que yo debía caminar

Para llegar hasta su aflicción anhelante de unos pasos tranquilizadores.

El día de mi venida al mundo hubo oscuridad,

Pero la estupidez de los espantajos vacíos

Que querían acunarme entre sus brazos de escarcha

Hizo arder en mis ojos una inexistente luz

Cálida, pálida.

En el brillo de esa lumbre quisieron,

Todos esos idiotas,

Entrever la consumación de la profecía del Superhombre.

¡Y me adoraron! ¡Y hubo ídolos de neón que asemejaban mis facciones!

¡Y se erigieron ciudades en mi honor,

Y los hombres de ciencia me auguraron el más deslumbrante futuro!

Pero he aquí que yo sólo quería seguir siendo ciego,

Sordo, mudo, inválido.

Muerto.

Yo sólo anhelaba pudrirme lenta, suavemente,

En el camal destinado al sueño eterno de los simples seres humanos.

Pero tanto me ensalzaron,

Tanto elevaron mi efigie a las alturas,

Sobre la cúspide de aquella segunda Torre de Babel,

Que mi impotencia y mi rabia fueron ya insoportables,

Y en el apogeo de los fastos en mi honor

Cometí el error de arrancarme sollozando

La máscara que entre todos me habían tallado a fuego sobre mi verdadero rostro.

Y entonces, como si de repente despertaran a la realidad,

Todos esos cretinos me dieron la espalda

Al comprobar que yo no era más que uno de ellos.

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6 Responses to “La pesada carga de Atlas”

  1. Ernesto Cisneros-Rivera Says:

    Felicidades, Jorge. Me ha fascinado este poema tuyo.

    Has creado un joya muy bella y llena de destellos.

  2. Milo Says:

    Maestro este poema !

    • Jorge Morato Cadenas Says:

      ¡Ey, amigo! Me alegro de volver a verte por mi pequeño rinconcillo de letras torpes. Ha sido una sorpresa reencontrarte.
      Gracias por tu amable comentario 😉

  3. Charo Says:

    Bueno aquí tienes el comentario aunque sea un poco tarde. Me ha gustado mucho tu poema, sobretodo la parte “para que todos gocen con mis elegantes ocurrencias”. Ah! Te debo una cena, así que ya estoy haciendo un hueco en mi agenda de opositora. Prometo cambiar de tema.

  4. Charo Says:

    Y por cierto, lo más importante, ya haces tiempo que no me escribes nada.

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