Epílogo apócrifo

25 agosto 2009

Y el octavo día y los sucesivos los pasó llorando y lamentándose, pues al atardecer del séptimo -el dedicado al descanso- tuvo un repentino destello de lucidez: se percató de que había creado su propia tumba.

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Mi tiempo en venta

23 agosto 2009

Vendo historias de un tiempo sin estampidas.
Las vendo porque ya no me sirven,
Porque marcan mi tempo sin compasión.
Vendo agujas de reloj punzantes.
Vendo un ritmo demasiado atemperado,
Muerto, yerto, tuerto.
Vendo puntas de lanza
Y tempestades patéticamente apaciguadas.
En venta están mis tambores que no suenan,
Las batallas de las que huí
Y los témpanos tempranos
Que me nacieron al despuntar mi crepúsculo.
¡Acérquense y compren!
¡Compren empalizadas desmembradas!
¡Compren tumbas despampanantes
Y una panoplia de aguijones!
Cómprenlo todo y déjenme respirar…

Si se pasa toda una noche junto al mar, uno corre el riesgo de enamorarse un poco de la primera mujer que cruce por delante de sus ojos. Si se pasa toda una noche junto al mar, y en Cádiz, uno se expone también al riesgo de ver un amanecer. Y si, además, se pasa toda una noche junto al mar, en Cádiz, y encima acaba amaneciendo, uno puede llegar incluso a ver fantasmas.
La noche junto al mar y en Cádiz era calurosa. Extrañamente calurosa. No había brisa, y ni siquiera cayó el rocío cuando llegó la madrugada. Todo era ya un poco irreal. La playa dormitaba serena, las olas casi ni respiraban siquiera cuando llegaban a la orilla. La luna no existía, pero sí se derramaba en cambio una masa de luz blanquecina, artificial, de farolas colocadas en hilera interminable a lo largo del cercano paseo marítimo. Así que la noche no era tal noche, pues ni luna había, y además su luz quedó sustituida por unas luminarias tercas y frías como de ciencia ficción, que daban a la arena un color grisáceo pálido, de cierta muerte callada y resignada.
Las estrellas, ¿quién las veía con aquella hostilidad luminosa empeñada en matarme de antipoesía? Pero, aun así, yo era feliz. Y era feliz porque el tiempo me dio una tregua. En Cádiz, junto al mar y de noche. Mi insoportable tempus fugit, enfermizo en su rutina diaria de un verano infinito, me indultó de la pena de ganas de morirme que me había impuesto en esos días, y en pleno tercer grado existencial me decidí, exultante, a pasar una noche en el limbo de los minutos que nunca corren. En Cádiz, de noche y junto al mar.
Durante todas las horas que pasé en aquella playa no vi el horizonte, sencillamente porque no miré hacia donde estaba. Nada de buscar caminos insondables, nada de andar imaginando poemas de angustia y agujeros negros. Me receté pequeñas ojeadas a mi alrededor, muchas conversaciones de amigo a amigo, versos reprimidos para no llorar o para no reír tanto que pudiera llegar a olvidar cuál es mi estado natural, y me receté también una indolencia generalizada. Yo era un hedonista aquella noche, e iba a sacar partido de todo lo que el mar me estaba dando sin ser suyo: un no-horizonte, una arena color neón y una densidad tibia en el aire. Hoy será mi noche de las paradojas, mi noche de las contradicciones junto al mar, me decía con la infantil inocencia de un niño que sabe que está cometiendo una travesura. Saqué la lengua al tiempo, en cuya jurisdicción no me hallaba por entonces, y me decidí a contrariar a la rutinaria vida aburguesada que me atenaza durante los veranos en el pueblo.
Las doce, la una, las dos, las tres, las cuatro… Mi reloj debe de ser idiota. Se empeña en escupir horas y minutos mientras yo me río en su cara acristalada llena de números digitales. Siento cierta condescendencia por él, aunque más bien es conmiseración, y luego ya un poquito de asco o como de lástima, que lo mismo es.
Y en mi noche-contrasentido, en Cádiz y junto al mar, hubo hasta fuegos artificiales en el cielo, lanzados para celebrar la victoria del equipo local de fútbol en algún torneo que a mí me sonaba lejanísimo y muy poco elegante como para merecer esas deliciosas cabriolas pirotécnicas. El cielo ardiendo en ráfagas, un poquito por encima del mar: lo que me faltaba ya. La noche me estaba implorando un poema, o a lo mejor era yo quien suplicaba a los pies de la noche. Poco me importaba, porque sólo tenía ganas de hablar-de-amigo-a-amigo y de no alejarme mucho de allí.
Las cinco, las seis… Y yo desdeñando mi reloj, pero mis amigos recordándome que tenemos que ir a la estación a tomar el primer autobús de la mañana. No siento pena. Estoy lo suficientemente sublimado como para no estar triste. Todos mis deseos de atemporalidad se han cumplido. Sartre y Camus quedaron en casa, en la estantería. Tiempo habrá de volver a sus brazos. Tiempo, tiempo, tiempo… Tranquilo, volveré a tu cárcel puntual y cabizbajo. Siempre he sido disciplinado, hasta con la rutina que tanto me maltrata y tan mal me sabe querer.
Y amanece sobre el empedrado de las calles de Cádiz. Adoquines que se vuelven ligerísimamente azulados. En realidad un poco grisáceos, pero a mí me gusta más el color azul y hoy tengo arrogados ciertos derechos, así que los adoquines se van coloreando de un suave azul que refleja otra más de las paradojas de aquella noche: un amanecer azul en vez de naranja, ocre o rosado. Y en ese preciso instante se me escapa para mis adentros: ¡Octavia de Cádiz! Y es un alba que más bien parece atardecer, o será que llevo ya muchas horas sin dormir y que se me han mezclado la noche, el día, el crepúsculo y la alborada. ¡Chúpate esa, tiempo! ¡He conseguido darte la espalda y perder la noción de ti, he conseguido confundirme y enredarme en la no-realidad de tu no-existencia!
Y, de pronto, mientras vamos conversando en voz baja por algún callejón algo angosto y empedrado, dejo de escuchar a mi amigo que me habla, porque ha sucedido lo inevitable, lo que tenía que ocurrir: me acabo de enamorar un poco. Camina sin hacer ruido, como si flotara o como si Bécquer la estuviera creando en aquel mismo instante. Va ataviada completamente de blanco, con un vestido liso que perfila por entero su figura, del cuello a los tobillos. Un espectro dulce y callado en esa hora extraña en la que la noche va cediendo lánguidamente. Y al pasar por mi lado, todo es silencio dentro de mí: un silencio de veneración y de un tropel de versos que tengo que escribir inmediatamente, en ese mismo momento. No recuerdo su cara, porque yo nunca me enamoro de los rostros sino de la potencial cantidad de poemas que una mujer me puede hacer escribir. Y en ella había toneladas de versos, porque era una presencia vaporosa de esas que uno conoce por la literatura del Romanticismo. De modo –digo burlonamente al tiempo- que si me zafo de tus garras también tengo el poder de enamorarme y de viajar al pasado y de ver fantasmas tenues. ¡Por eso no me querías soltar, infame!

El cristal

11 agosto 2009

En un bolsillo del corazón
Guardo un pequeño cristal.
Es informe pero no deforme,
Puesto que se muestra como un fragmento
Bien recortado, perfilado
A la medida de su brevedad y de la mía.
Aunque tiene aristas, no hiere,
Y huele como a amor.
Lo recogí en el aire una tarde de verano.
Entró por mi oído, si bien antes
Me besó un momento en mis ganas de llorar de alegría.
Desde el tímpano emprendió
Ascenso libre y vertiginoso
Hacia las pocas pero bien iluminadas
Estancias azules de mi alma.
Allí se quedó y allí está,
Y de allí lo extraigo cada vez que me vuelvo un niño
O un enamorado o un valiente
O un incauto o un fanático de la alegría de vivir.
Ya dije antes que es éste un cristal algo fugaz,
Efímero como sólo lo son
Las horas interminablemente cortas
Que se emplean para recibir caricias deseadas.
Y ahora declaro que este vidrio delicioso
Tiene la azorante virtud
De derramar en la palma de mi mano
El sabor ignoto de unos labios absueltos de toda culpa
Y el tacto de unas vértebras y un espacio de piel sobre las vértebras
Y un calor que ya no se sabe
Si emana de esa dualidad turbadora
O de los dedos (mis dedos) cuyas yemas
Un día ardieron de entusiasmo desesperantemente infantil
Sobre la espalda flexible.
Ese cristal -claro está que lo has adivinado-
Es tu risa.

Nunca jamás

10 agosto 2009

Foto: Jorge Morato

Foto: Jorge Morato

El problema

8 agosto 2009

El auténtico problema, y puede que el único o, en todo caso, el que más preocupaba a los pocos hombres y mujeres que sobrevivieron al holocausto nuclear, era cómo evitarían sucumbir a la próxima guerra, que irremediablemente llegaría en cuanto la escasa población humana superviviente volviera a organizarse en sociedad.

La palabra esquiva

6 agosto 2009

Érase un escritor con amnesia selectiva. Siempre se le olvidaba la palabra seducción.

Nota sobre este poema: los versos que escribo más abajo no son del todo inéditos. En cierto modo son nuevos, pero en cierto modo no. Y es que, por una parte, anda circulando una versión menos cruel en un blog que en su día creé y que ahora tengo ya olvidado y denostado interiormente. Por otra, regalé una copia en papel de estos versos, pero antes me cuidé mucho de eliminar las referencias literarias y de suavizar -dentro de lo posible- su contenido, con el doble fin de explicar a la destinataria del regalo mi manera de sentirme triste y de expresar dicho estado, así como de no molestar –en la medida de lo posible- su almidonada visión del mundo.

Hoy las alas no me sirven.
Están oxidadas.
Esta mañana, al despertar,
Me las arranqué con desdén
Al verlas cubiertas
Con una capa de moho
Que anticipaba
Este día cargado de nostalgias.
Hoy no deseo escribir,
Ni soñar ni tejer cuentos de hadas.
Hoy sólo pretendo dejarme mecer
En la hamaca deshilachada
Del tiempo inerte que impregna
Los días cargados de indiferencia.
Hoy, por no tener,
Ni siquiera tengo miedo.
Este día es una ola que,
Persistente, tenaz, incansable,
Acude cíclicamente a mi orilla
Para depositar en la arena
Unos ojos que ya no me miran,
Una autoestima que siente frío
En todas las partes de su cuerpo,
Páginas en blanco manchadas de hastío,
Un teléfono que arde,
Luces de neón que señalan el camino
Más corto hacia miradas frías
Como transeúntes urbanos,
Un ángel sin rostro,
Olores agrios,
Noches de infancia,
Cuerpos paralizados por el sueño
Al romper el alba,
Caravanas de turistas cansados,
El calor de una tarde de tristeza,
Moscas, grillos, mariposas negras,
Voces agudas de viejas gordas y chismosas,
A Charles Bukowski abstemio,
A Joyce inocente, a un Sísifo que logra
Descansar de su asfixiante condena,
Un autobús nocturno
Que recorre la ciudad bajo la lluvia
Preñado de despojos humanos
Saturados de alcohol e indolencia,
A una pareja que hace el amor
Sin conocerse,
El placer por el placer,
El vacío de la insatisfacción,
Una sílfide de corazón congelado
En un cuerpo pequeño y caliente,
El retrato a contraluz,
Agazapado en el resplandor anaranjado
De una farola en la noche,
De una Lolita tardía, rebelde e hipócrita
De curvas desangeladas y fuertes caderas.
Hoy recojo todo esto y lo extiendo
Delante de mis pies.
Contemplo esa masa informe
De deshechos, y todo huele
A la carroña de Baudelaire.
Mañana, tal vez,
O tal vez dentro de mil años,
Quién sabe,
Volverán las correspondencias.

Hay unos siete u ocho. Me rodean, más bien rodean mi cuerpo tumbado sobre la camilla, ya que la conciencia de mi propio yo se está diluyendo dulcemente en las aguas tranquilas del Propofol. Todos llevan una mascarilla de tela verde o blanca cubriendo sus bocas y narices, y unos gorros de plástico que se suponen esterilizados, también verdes. Son seres andróginos bajo sus batas. Sus sexos sólo se distinguen por las voces, que me llegan ahuecadas y con un deje metálico que huele a medicamento y a frío. Un frío insoportable bajo la sábana, verde-náusea como las batas, y un pijama azul celeste del que no tardarán en desprenderme unas manos cubiertas por unos guantes de látex, fríos asimismo. Por supuesto.
Arriba, sobre mis ojos, la incandescencia descarada y desinfectada de una lámpara circular formada por… a ver, esperen que recuerde… sí, unos ocho o diez focos que golpean mi pupila dilatada, hipersensible a la luz y a las dulces alucinaciones, cortesía del líquido blancuzco que pasa incesantemente desde el bote de plástico transparente hasta mi cuerpo, vía cánula.
Lo último que veo, antes de dormirme profundamente, es la imagen de mis padres sonriendo como si estuvieran posando para una fotografía.
Oscuridad.
Oscuridad.
Voces lejanas que me exhortan a que mueva las piernas.
Oscuridad.
Y luego, un dolor insoportable en cualquier parte de mi cuerpo. Y calmantes y noches en duermevela intoxicada de lágrimas y Metamizol.
Así me entretenía yo cuando era un niño. Y entre juego y juego, leía mucho. Siempre andaba leyendo. Por lo tanto, me reservo el derecho a la inestabilidad emocional y a la búsqueda de la utopía.