El abrazo

7 septiembre 2009

La mano izquierda sostenía la espalda. La palma, en su hueco blanco y surcado de arroyuelos húmedos de sudor, cobijaba la piel tersa y cálida. Las puntas de los dedos mantenían con delicadísima fuerza unas dos o tres vértebras que, arropadas por la delgada piel, descansaban sobre las yemas. Las falanges permanecían suspensas en un vacío estrecho y levísimo, quizá algo palpitantes de deseo de alcanzar también la parte de espalda a la que creían tener derecho.

Sobre la otra mano, extendida ligeramente temblorosa bajo las vértebras cervicales, descansaba un fragmento de seda marrón, tejido con rizos y bucles peinados de esa forma descuidada, inocente y algo infantil que tanto le gustaba a él. El pelo de la amada le hacía cosquillas en el dorso de la mano y sobre la muñeca, y caía trémulo sobre la frente de niña.

Los ojos, cerrados los de él y abiertos como en éxtasis o como en sorpresa los de ella. Los cuerpos juntos, como fusionados y repelidos mutua y simultáneamente. Las bocas unidas, y los labios de él llorando sobre los de ella.

El mundo contenía el aliento, el tiempo se sentía avergonzado de existir. Por la ventana, detrás del amante, entraba una luz grisácea de amanecer profético que rebotaba en el rostro de la muchacha, en un extraño eclipse de luna muerta cuyo planeta intruso era la cabeza de él.

Se separaron, y del pecho de la muchacha seguía brotando la sangre.

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Tanto advirtió la madre al muchacho, y tan poco era el caso que éste le hacía que, al final, sucedió lo que tenía que suceder: el chico creció, fue padre y jamás dejó de advertir a su hijo, el cual tampoco le obedeció ni una sola vez.

Un movimiento certero

26 agosto 2009

(a Ernesto Cisneros-Rivera, en agradecimiento por pulir este texto con su acertada aportación)

El pequeño hombrecillo, moreno, macilento, de aspecto cobarde y acongojado, se colocó con disimulo entre la masa que se disponía a cruzar por el paso de cebra.
A mitad de camino, en plena calzada, abrió el puño izquierdo delante de su rostro, y con fuerza sopló sobre el polvillo blanco que descansaba en la palma de su mano. Había comenzado el ataque.

Epílogo apócrifo

25 agosto 2009

Y el octavo día y los sucesivos los pasó llorando y lamentándose, pues al atardecer del séptimo -el dedicado al descanso- tuvo un repentino destello de lucidez: se percató de que había creado su propia tumba.