La lluvia

14 septiembre 2009

Acaba el verano. Por fin. Definitivamente el calor se estaba haciendo ya insoportable. Con parsimonia, el termómetro universal se va derrumbando según transcurren los días. La caída es lenta y suave, apenas imperceptible, pero segura. Los pasos sigilosos del otoño avisan a los oídos avezados.

Se desata la primera tormenta de finales de estío. Tras la ventana de cristal y aluminio barato, los truenos tienen un sonido real pero las gotas de agua, sin embargo, gritan con un soniquete metálico de tambor frenético de hojalata inoxidable.

Mientras las calles del pueblo se van empapando, mientras los campos que rodean el pueblo abren con júbilo sus poros, y mientras el patio interior de una casa de ese mismo pueblo va recibiendo con resignación el torrente, alguien trata de escribir, sentado bajo la vacilante luz, unos metros más allá de la ventana y a cubierto de la tormenta.

El escritor-sombra de sí mismo reflexiona por unos instantes. Si la lluvia –se dice- tuviera sexo sería una mujer. Recuerda cómo se sentía constantemente empapado de la imagen vaporosa, el perfume tibio y los ojos azul tristeza de aquella muchacha de la que estuvo enamorado, y es por eso que piensa que la lluvia también envuelve a quienes caminan bajo su influjo, como abriga la presencia de una mujer amada el tembloroso corazón de quien la desea.

La Naturaleza, que ha iniciado un cortejo consigo misma, estalla en una explosión de olor a tierra húmeda. El escritor-nostalgia aguza su memoria y trata de recordar a qué olía la ciudad mojada durante aquellos años que se perdieron en el vacío del tiempo. No, las calles asfaltadas no desprendían ese aroma, ya que al parecer únicamente está presente en los campos. La urbe exhalaba un vaho eléctrico de suave catástrofe. Las calles poseían aquella profética esencia de soledad y de rostros fatigados. Era como… Sí, era como si todo estuviera inundado por una ligera fragancia a no-alma.

Y si fuera una mujer, ¿qué profesión desempeñaría? Probablemente la de escritora olvidada. En efecto, la lluvia puede contar mil historias, pero desgraciadamente sus palabras acaban por perderse. Todos, en mayor o menor medida, huimos de los millones de letras que caen del cielo, pues agua y literatura nos limpian y lavan nuestras mentiras sucias, y a nadie le gusta verse desnudo de prejuicios ni calado hasta sus autoengaños más profundos.

Aunque el escritor-duda se lo piensa mejor y decide que a la lluvia quizá le convendría más el papel de escritora maldita. Porque no es completamente cierto que todos corran a refugiarse de un aguacero a la mínima que empieza a lloviznar. Los niños, los inocentes y los ancianos disfrutan viendo caer del cielo ese maná transparente cargado de versos y metáforas, pues son honestos y sinceros, y los escritores denostados siempre tienen aunque sea una pequeña cohorte de admiradores que están dispuestos a abrir el corazón a cada palabra que salga de sus plumas. Y, curiosamente, estos seguidores incondicionales suelen ser puros de conciencia y consecuentes con su condición humana. Tal y como lo son los niños, los inocentes y los ancianos.

El cielo continúa derramándose tras la ventana y sobre la casa. El golpeteo del agua aumenta de intensidad, como si de pronto la lluvia se hubiera transformado por capricho en una afamada compositora de arias. En el recuerdo del escritor que evoca se va dibujando la sensación, ya un poco amarillenta por el paso arrollador de la autorrepresión, de estar sintiéndose más solo y más libre que nunca en aquel autobús urbano que, al anochecer, se arrastraba sobre la avenida. A través de la ventanilla, entre los surcos de agua que se deslizaban por la superficie acristalada, se distinguían de cuando en cuando las luces sepias que titilaban en los hogares cálidos que arropaban a sus familias, como si de paradojas se tratasen, dentro de los bloques de pisos fríos. Fríos y mojados.

La pesada carga de Atlas

12 septiembre 2009

Nací en silencio.

Callado, mudo, muerto.

Mas una vez hablé para quejarme de dolor,

Y la mala fortuna quiso que hubiera cerca alguien que me escuchara.

Pero no supieron interpretar el llanto que lloré con palabras alegres,

Y lo trocaron por dulce gracia infantil.

Desde entonces, constantemente me piden que hable y hable y hable…

Para que todos gocen con mis elegantes ocurrencias.

Nací sordo también.

Nací sordo para la inocencia y para el arrebol de las amapolas en verano.

Pero en una ocasión no pude resistir la curiosidad, y escuché con atención.

Mas ¡ay!, allí cerca hubo quien se percatara de mi interés por la vida,

Y desde entonces no hago más que oír

Las horribles sinfonías que ellos quieren tocar para mí,

Con el fin de que yo las juzgue buenas y les dé mi bendición.

Nací, y nada más nacer decidí no caminar,

Pues no encontré el mundo tan sucio

Como para que el pájaro de hinchado ego que habita en mi alma

Pudiera posar sus nauseabundos pies.

Sin embargo, la desdicha me hizo que deseara,

Un día como otro cualquiera,

Experimentar qué se siente al pisar el suelo cenagoso.

Pero cerca estaba, una vez más, quien presenció la escena y,

Con presteza y soltura de diablo,

Inventó una alfombra roja sobre la que yo debía caminar

Para llegar hasta su aflicción anhelante de unos pasos tranquilizadores.

El día de mi venida al mundo hubo oscuridad,

Pero la estupidez de los espantajos vacíos

Que querían acunarme entre sus brazos de escarcha

Hizo arder en mis ojos una inexistente luz

Cálida, pálida.

En el brillo de esa lumbre quisieron,

Todos esos idiotas,

Entrever la consumación de la profecía del Superhombre.

¡Y me adoraron! ¡Y hubo ídolos de neón que asemejaban mis facciones!

¡Y se erigieron ciudades en mi honor,

Y los hombres de ciencia me auguraron el más deslumbrante futuro!

Pero he aquí que yo sólo quería seguir siendo ciego,

Sordo, mudo, inválido.

Muerto.

Yo sólo anhelaba pudrirme lenta, suavemente,

En el camal destinado al sueño eterno de los simples seres humanos.

Pero tanto me ensalzaron,

Tanto elevaron mi efigie a las alturas,

Sobre la cúspide de aquella segunda Torre de Babel,

Que mi impotencia y mi rabia fueron ya insoportables,

Y en el apogeo de los fastos en mi honor

Cometí el error de arrancarme sollozando

La máscara que entre todos me habían tallado a fuego sobre mi verdadero rostro.

Y entonces, como si de repente despertaran a la realidad,

Todos esos cretinos me dieron la espalda

Al comprobar que yo no era más que uno de ellos.

As time goes by

5 septiembre 2009

En el mundo hay muchos poemas.
Hay poemas grandes y pequeños,
Gordos y flacos,
Listos y torpes.
Los hay por todas partes,
Poemas que nacen y ríen en todas direcciones
Y hasta cabeza abajo.
En el mundo hay poemas a cada rato.
Poemas solitarios
Y poemas que viven dentro de otros poemas.
Poemas abnegados y poemas nacionalistas,
Y de amor y de odio
Y amalgamados y patas arriba.
¡Mira, papá, dos poemas volando en el cielo! ¡Van cogidos de la mano!
Abuelo, escuche con atención y oirá el dulce zumbido de los poemas del parque.
El mundo es un verso infinito
Hecho de poemas concatenados
Que Dios dibujó para disculparse
Por esta vida incoherente
Que nos arrojó como regalo envenenado.
Todo está impregnado de palabras dulces,
Todo es un vergel inaudito de colores, olores, dolores y amores
Deseosos de imbuirse en las almas.
Es una fiesta todo esto que nos rodea.
Una lucha cálida y sensual entre la vida y la muerte.
Y, por si la realidad preciosa no fuera suficiente,
Existe siempre la posibilidad de soñar.
Entonces, es ya el momento de formular mi pregunta:
¿por qué permanezco aquí sentado
Esperando el poema que nunca llega?

Microsueño intoxicado

4 septiembre 2009

Durante el anochecer, cuando mi metabolismo y los medicamentos, combinados en orgiástica síntesis, inducen en mí pequeñas pérdidas de conciencia y episodios de un suave letargo soñoliento y de palabras arrastradas en pesada dicción, experimento en abundancia lo que yo llamo microsueños intoxicados. Debe de ser que mi cerebro, acosado por los inhibidores de la anhidrasa carbónica, acaba por claudicar y cede ante la invasión de la química contra el glaucoma. Es entonces, en el momento en que las píldoras y los colirios roban a mi órgano gris el agua y los humores, cuando sufro de estos pequeños y enigmáticos episodios oníricos y alucinatorios, a los que no puedo atribuir nunca ninguna interpretación ni simbología, pero de los que sí me he beneficiado en más de una ocasión para extraer las ideas con las que adornar de torpe realismo mágico mis relatos.
Para los interesados, aquí va una muestra de estos microsueños:

Estoy bajo el agua. No me muevo, sólo me mantengo ahí, como flotando en un limbo azul turquesa. ¿Mis brazos y piernas? No los siento. Deben de estar en su sitio, claro, pero no forman parte de mi cuerpo en este momento. Nada forma parte de mi. No tengo noción del espacio ni del tiempo. Miro fijamente hacia un punto concreto de la inmensidad azulada y brillante, que ondula y ondea frente a mis ojos quietos, fijos aunque no concentrados ni obsesionados. Sólo quietos, expectantes. Ahí abajo, en el fondo liso y vacío como de sábana extendida hasta el infinito, yace un libro abierto. Mi mirada se acerca. Yo no, yo sigo quieto. Sólo se desplaza mi visión. Como un zoom o como un objetivo que se cierra sobre un punto determinado del plano: un libro abierto. Es un libro de esos que usan los escolares en su tarea diaria. Un libro de aprendizaje de la lengua inglesa. Está abierto por una página cualquiera, en la que se ven cuadros y diagramas, y también algunas líneas de texto bien perfiladas: subrayadas y remarcadas en negro, en un color negro recargado y saltón. De fondo, suena repetitiva una voz andrógina y un poco chillona que declama unos versos. ¿Son de Novalis? ¿De Kavafis?
Al despertar, los versos se me han olvidado.

Kyrie eleison

1 septiembre 2009

¿Qué tiempo hace en Reikiavik?
¿Qué tiempo hace en Suleimaniya?
¿Y en Madagascar? ¿Seguirá luciendo el sol hoy en Madagascar?
La televisión me lo cuenta todo.
Me habla del mundo y de sus estados meteorológicos.
Es una hija de puta esta televisión,
Por ponerme frente a los labios
La miel de las nubes no vistas,
De los aguaceros y huracanes no sufridos
Y de los calores jamás soportados.
Soy una especie de paradigma del masoquismo,
Tirado en mi sofá y contemplando con lágrimas llenas de ojos
El planeta que no conozco.
Me alimento de un sucedáneo,
He comprado un espejo burdo que habla en inglés
Para ver el mundo desde aquí,
Desde mi no-mundo en mi no-alegría.
Decía el anuncio:
“¡Llene su vacío con retazos de nuestra feria global sólo para insatisfechos!”
Y entonces caí en la trampa,
Me arrodillé hipnotizado ante el inhibidor de la recaptación de la serotonina
Que era, para mí, el planeta siempre despierto en esa pantalla infame.
Si aquel que murió en Venecia
Hubiera nacido sólo cincuenta años después,
Seguramente habría comprado una televisión.
Pero, ¡ah, espejismo-placebo!,
Ver el “World Weather” es algo así como sentirse frustrado
Porque el poema escrito no se parece en nada a la idea inicial que uno tenía.
Bah, esto no lo comprenderá nadie.
Nadie, porque la gente va por ahí creyendo ser feliz
O fingiendo que es feliz
O a lo mejor siendo en verdad feliz.
Ellos, los que viven fuera de mi celda aburguesada de cuerpo, palabra, obra y omisión (aunque no de pensamiento),
Ellos, decía, esos que creen o dicen ser felices o son felices,
Se revuelcan gozosos en su mar de imágenes y sonidos.
No conocen a Guy Montag,
Y renegarían de él si supieran de su existencia.
Sólo yo, sólo yo en este cementerio tórrido de almas podridas,
Leí esa y otras mil novelas.

Si se pasa toda una noche junto al mar, uno corre el riesgo de enamorarse un poco de la primera mujer que cruce por delante de sus ojos. Si se pasa toda una noche junto al mar, y en Cádiz, uno se expone también al riesgo de ver un amanecer. Y si, además, se pasa toda una noche junto al mar, en Cádiz, y encima acaba amaneciendo, uno puede llegar incluso a ver fantasmas.
La noche junto al mar y en Cádiz era calurosa. Extrañamente calurosa. No había brisa, y ni siquiera cayó el rocío cuando llegó la madrugada. Todo era ya un poco irreal. La playa dormitaba serena, las olas casi ni respiraban siquiera cuando llegaban a la orilla. La luna no existía, pero sí se derramaba en cambio una masa de luz blanquecina, artificial, de farolas colocadas en hilera interminable a lo largo del cercano paseo marítimo. Así que la noche no era tal noche, pues ni luna había, y además su luz quedó sustituida por unas luminarias tercas y frías como de ciencia ficción, que daban a la arena un color grisáceo pálido, de cierta muerte callada y resignada.
Las estrellas, ¿quién las veía con aquella hostilidad luminosa empeñada en matarme de antipoesía? Pero, aun así, yo era feliz. Y era feliz porque el tiempo me dio una tregua. En Cádiz, junto al mar y de noche. Mi insoportable tempus fugit, enfermizo en su rutina diaria de un verano infinito, me indultó de la pena de ganas de morirme que me había impuesto en esos días, y en pleno tercer grado existencial me decidí, exultante, a pasar una noche en el limbo de los minutos que nunca corren. En Cádiz, de noche y junto al mar.
Durante todas las horas que pasé en aquella playa no vi el horizonte, sencillamente porque no miré hacia donde estaba. Nada de buscar caminos insondables, nada de andar imaginando poemas de angustia y agujeros negros. Me receté pequeñas ojeadas a mi alrededor, muchas conversaciones de amigo a amigo, versos reprimidos para no llorar o para no reír tanto que pudiera llegar a olvidar cuál es mi estado natural, y me receté también una indolencia generalizada. Yo era un hedonista aquella noche, e iba a sacar partido de todo lo que el mar me estaba dando sin ser suyo: un no-horizonte, una arena color neón y una densidad tibia en el aire. Hoy será mi noche de las paradojas, mi noche de las contradicciones junto al mar, me decía con la infantil inocencia de un niño que sabe que está cometiendo una travesura. Saqué la lengua al tiempo, en cuya jurisdicción no me hallaba por entonces, y me decidí a contrariar a la rutinaria vida aburguesada que me atenaza durante los veranos en el pueblo.
Las doce, la una, las dos, las tres, las cuatro… Mi reloj debe de ser idiota. Se empeña en escupir horas y minutos mientras yo me río en su cara acristalada llena de números digitales. Siento cierta condescendencia por él, aunque más bien es conmiseración, y luego ya un poquito de asco o como de lástima, que lo mismo es.
Y en mi noche-contrasentido, en Cádiz y junto al mar, hubo hasta fuegos artificiales en el cielo, lanzados para celebrar la victoria del equipo local de fútbol en algún torneo que a mí me sonaba lejanísimo y muy poco elegante como para merecer esas deliciosas cabriolas pirotécnicas. El cielo ardiendo en ráfagas, un poquito por encima del mar: lo que me faltaba ya. La noche me estaba implorando un poema, o a lo mejor era yo quien suplicaba a los pies de la noche. Poco me importaba, porque sólo tenía ganas de hablar-de-amigo-a-amigo y de no alejarme mucho de allí.
Las cinco, las seis… Y yo desdeñando mi reloj, pero mis amigos recordándome que tenemos que ir a la estación a tomar el primer autobús de la mañana. No siento pena. Estoy lo suficientemente sublimado como para no estar triste. Todos mis deseos de atemporalidad se han cumplido. Sartre y Camus quedaron en casa, en la estantería. Tiempo habrá de volver a sus brazos. Tiempo, tiempo, tiempo… Tranquilo, volveré a tu cárcel puntual y cabizbajo. Siempre he sido disciplinado, hasta con la rutina que tanto me maltrata y tan mal me sabe querer.
Y amanece sobre el empedrado de las calles de Cádiz. Adoquines que se vuelven ligerísimamente azulados. En realidad un poco grisáceos, pero a mí me gusta más el color azul y hoy tengo arrogados ciertos derechos, así que los adoquines se van coloreando de un suave azul que refleja otra más de las paradojas de aquella noche: un amanecer azul en vez de naranja, ocre o rosado. Y en ese preciso instante se me escapa para mis adentros: ¡Octavia de Cádiz! Y es un alba que más bien parece atardecer, o será que llevo ya muchas horas sin dormir y que se me han mezclado la noche, el día, el crepúsculo y la alborada. ¡Chúpate esa, tiempo! ¡He conseguido darte la espalda y perder la noción de ti, he conseguido confundirme y enredarme en la no-realidad de tu no-existencia!
Y, de pronto, mientras vamos conversando en voz baja por algún callejón algo angosto y empedrado, dejo de escuchar a mi amigo que me habla, porque ha sucedido lo inevitable, lo que tenía que ocurrir: me acabo de enamorar un poco. Camina sin hacer ruido, como si flotara o como si Bécquer la estuviera creando en aquel mismo instante. Va ataviada completamente de blanco, con un vestido liso que perfila por entero su figura, del cuello a los tobillos. Un espectro dulce y callado en esa hora extraña en la que la noche va cediendo lánguidamente. Y al pasar por mi lado, todo es silencio dentro de mí: un silencio de veneración y de un tropel de versos que tengo que escribir inmediatamente, en ese mismo momento. No recuerdo su cara, porque yo nunca me enamoro de los rostros sino de la potencial cantidad de poemas que una mujer me puede hacer escribir. Y en ella había toneladas de versos, porque era una presencia vaporosa de esas que uno conoce por la literatura del Romanticismo. De modo –digo burlonamente al tiempo- que si me zafo de tus garras también tengo el poder de enamorarme y de viajar al pasado y de ver fantasmas tenues. ¡Por eso no me querías soltar, infame!

Hay unos siete u ocho. Me rodean, más bien rodean mi cuerpo tumbado sobre la camilla, ya que la conciencia de mi propio yo se está diluyendo dulcemente en las aguas tranquilas del Propofol. Todos llevan una mascarilla de tela verde o blanca cubriendo sus bocas y narices, y unos gorros de plástico que se suponen esterilizados, también verdes. Son seres andróginos bajo sus batas. Sus sexos sólo se distinguen por las voces, que me llegan ahuecadas y con un deje metálico que huele a medicamento y a frío. Un frío insoportable bajo la sábana, verde-náusea como las batas, y un pijama azul celeste del que no tardarán en desprenderme unas manos cubiertas por unos guantes de látex, fríos asimismo. Por supuesto.
Arriba, sobre mis ojos, la incandescencia descarada y desinfectada de una lámpara circular formada por… a ver, esperen que recuerde… sí, unos ocho o diez focos que golpean mi pupila dilatada, hipersensible a la luz y a las dulces alucinaciones, cortesía del líquido blancuzco que pasa incesantemente desde el bote de plástico transparente hasta mi cuerpo, vía cánula.
Lo último que veo, antes de dormirme profundamente, es la imagen de mis padres sonriendo como si estuvieran posando para una fotografía.
Oscuridad.
Oscuridad.
Voces lejanas que me exhortan a que mueva las piernas.
Oscuridad.
Y luego, un dolor insoportable en cualquier parte de mi cuerpo. Y calmantes y noches en duermevela intoxicada de lágrimas y Metamizol.
Así me entretenía yo cuando era un niño. Y entre juego y juego, leía mucho. Siempre andaba leyendo. Por lo tanto, me reservo el derecho a la inestabilidad emocional y a la búsqueda de la utopía.

Cautela

29 julio 2009

Quizás.
Puede ser.
Cabe la posibilidad.
A lo mejor.
Existe una mínima probabilidad.
Tenemos esperanzas de que…
Hay indicios suficientes para afirmar que…
Maybe…
Pudiera/podría ser.
A veces aparecen agujas en los pajares.
Somos optimistas considerando…
Perhaps…
Cabe la esperanza.
Seamos prudentes pero, aun así, estamos en condiciones de afirmar que…
Hay ocasiones en que nacen gorilas blancos y centauros compasivos.
Merece la pena esperar.
Fomentemos el optimismo.
Aún queda una llamita…
Cojámonos de las manos.
Recemos.
Cerremos los ojos y la razón.
Roguemos a Dios-vacío-indiferencia-autismo.
Todo llega.
Todo.
Todo llega y todo pasa y todo fluye.
Todo llega.


Vosotros pensad lo que queráis,
Yo en cambio prefiero
Ser escéptico y vivir en la analgesia.
Sé que aún falta mucho
Para que el mundo regurgite
Los fragmentos azules que se tragó,
Y que eran míos hasta que me los robó
Una tarde-noche en un hospital de Madrid.

En blanco

18 julio 2009

La acetazolamida (N-(5-sulfamoyl-1,3,4-thiadiazol-2-yl)acetamida. Fórmula química C4H6N4O3S2) es una especie de droga de la nada, de no-soma.
Además de destrozarme los riñones con parsimonia, con alevosía sibilina, me roba los sueños.
Con la excusa de combatir el glaucoma, las pastillitas blancas (un poco amargas y ásperas a la lengua) atacan directamente al cerebro, reduciendo el riego sanguíneo en aquella parte de mi cuerpo que empieza en el cuello y termina más o menos en los pelos de la coronilla.
Comprenderá el lector que, a falta de un adecuado flujo de savia roja al órgano que gestiona las obsesiones y manías humanas, es, cuando menos, heroica, la mera pretensión de cualquier actividad intelectual.
No sólo no me puedo concentrar, sino que tampoco puedo estar muy attento al mundo sensitivo, ni soñar. Eso tampoco: se acabó lo onírico. Llegado el verano, que es cuando mi presión intraocular repunta por culpa del calor, la acetazolamida toma el control de mi cuerpo, de clara el estado de excepción en mi cabeza e implanta el toque de queda las veinticuatro horas del día.
Así, paso el tiempo en una especie de letargo estropajoso, con la boca seca y las manos hormigueando. De vez en cuando me sorprendo dando cabezadas mientras mantengo una conversación con alguien. El otro parece no darse cuenta, porque según creo mi discurso sigue fluyendo con cierta coherencia, pero yo noto ligeras pérdidas de conciencia, elipsis temporales y sensoriales.
Leer se ha convertido en una proeza. Escribir, tres cuartos de lo mismo. Sin embargo, mal que bien, voy saliendo adelante en los ratos de tregua.
Lo que no llevo nada, pero nada bien, es la ausencia de sueños. Desde que la acetazolamida dicta las normas, apenas he vuelto a vivir la vida paralela que llevaba durante mis horas de descanso.
Entiendo que, si le cuesta mantenerse a flote durante el día por culpa del embargo sanguíneo impuesto por las pastillas, bastante hace ya mi cerebro con mantenerme vivo durante las noches. El pobre no tiene fuerzas ni ganas (ni casi recursos) para elaborar sueños.
Sólo he soñado dos veces, y las dos durante esa vigilia ambigua que precede al despertar, así que más que sueños podrían calificarse de alucinaciones. Hace unos días tuve un conato de sueño erótico con tintes absurdos y sazonado con algunos de mis miedos atávicos, que omitiré contar por vergüenza y porque, de todos modos, sería una información superflua y sexo gratuito. Y esta mañana se ha producido el segundo simulacro de sueño: una voz de hombre anciano me explicaba que ya iba siendo hora de escoger esposa. Le pregunté por qué, y me respondió que yo acababa de cumplir cien años y que todo el mundo elegía mujer llegada esa edad. Me interesé por saber algo más sobre esa costumbre social, y la voz en off me dijo, mientras yo observaba un vaso de agua medio lleno, que me faltaba poco para morir, y que tenía que cumplir con el rito marital antes de llegar a los trescientos años.
Algo bueno sí que tienen esas pastillas: ahora no padezco insomnio.

Haiku (nº 4)

15 julio 2009

Reniego de Dios:

Regalo envenenado

El libre arbitrio