Microsueño intoxicado

4 septiembre 2009

Durante el anochecer, cuando mi metabolismo y los medicamentos, combinados en orgiástica síntesis, inducen en mí pequeñas pérdidas de conciencia y episodios de un suave letargo soñoliento y de palabras arrastradas en pesada dicción, experimento en abundancia lo que yo llamo microsueños intoxicados. Debe de ser que mi cerebro, acosado por los inhibidores de la anhidrasa carbónica, acaba por claudicar y cede ante la invasión de la química contra el glaucoma. Es entonces, en el momento en que las píldoras y los colirios roban a mi órgano gris el agua y los humores, cuando sufro de estos pequeños y enigmáticos episodios oníricos y alucinatorios, a los que no puedo atribuir nunca ninguna interpretación ni simbología, pero de los que sí me he beneficiado en más de una ocasión para extraer las ideas con las que adornar de torpe realismo mágico mis relatos.
Para los interesados, aquí va una muestra de estos microsueños:

Estoy bajo el agua. No me muevo, sólo me mantengo ahí, como flotando en un limbo azul turquesa. ¿Mis brazos y piernas? No los siento. Deben de estar en su sitio, claro, pero no forman parte de mi cuerpo en este momento. Nada forma parte de mi. No tengo noción del espacio ni del tiempo. Miro fijamente hacia un punto concreto de la inmensidad azulada y brillante, que ondula y ondea frente a mis ojos quietos, fijos aunque no concentrados ni obsesionados. Sólo quietos, expectantes. Ahí abajo, en el fondo liso y vacío como de sábana extendida hasta el infinito, yace un libro abierto. Mi mirada se acerca. Yo no, yo sigo quieto. Sólo se desplaza mi visión. Como un zoom o como un objetivo que se cierra sobre un punto determinado del plano: un libro abierto. Es un libro de esos que usan los escolares en su tarea diaria. Un libro de aprendizaje de la lengua inglesa. Está abierto por una página cualquiera, en la que se ven cuadros y diagramas, y también algunas líneas de texto bien perfiladas: subrayadas y remarcadas en negro, en un color negro recargado y saltón. De fondo, suena repetitiva una voz andrógina y un poco chillona que declama unos versos. ¿Son de Novalis? ¿De Kavafis?
Al despertar, los versos se me han olvidado.

En blanco

18 julio 2009

La acetazolamida (N-(5-sulfamoyl-1,3,4-thiadiazol-2-yl)acetamida. Fórmula química C4H6N4O3S2) es una especie de droga de la nada, de no-soma.
Además de destrozarme los riñones con parsimonia, con alevosía sibilina, me roba los sueños.
Con la excusa de combatir el glaucoma, las pastillitas blancas (un poco amargas y ásperas a la lengua) atacan directamente al cerebro, reduciendo el riego sanguíneo en aquella parte de mi cuerpo que empieza en el cuello y termina más o menos en los pelos de la coronilla.
Comprenderá el lector que, a falta de un adecuado flujo de savia roja al órgano que gestiona las obsesiones y manías humanas, es, cuando menos, heroica, la mera pretensión de cualquier actividad intelectual.
No sólo no me puedo concentrar, sino que tampoco puedo estar muy attento al mundo sensitivo, ni soñar. Eso tampoco: se acabó lo onírico. Llegado el verano, que es cuando mi presión intraocular repunta por culpa del calor, la acetazolamida toma el control de mi cuerpo, de clara el estado de excepción en mi cabeza e implanta el toque de queda las veinticuatro horas del día.
Así, paso el tiempo en una especie de letargo estropajoso, con la boca seca y las manos hormigueando. De vez en cuando me sorprendo dando cabezadas mientras mantengo una conversación con alguien. El otro parece no darse cuenta, porque según creo mi discurso sigue fluyendo con cierta coherencia, pero yo noto ligeras pérdidas de conciencia, elipsis temporales y sensoriales.
Leer se ha convertido en una proeza. Escribir, tres cuartos de lo mismo. Sin embargo, mal que bien, voy saliendo adelante en los ratos de tregua.
Lo que no llevo nada, pero nada bien, es la ausencia de sueños. Desde que la acetazolamida dicta las normas, apenas he vuelto a vivir la vida paralela que llevaba durante mis horas de descanso.
Entiendo que, si le cuesta mantenerse a flote durante el día por culpa del embargo sanguíneo impuesto por las pastillas, bastante hace ya mi cerebro con mantenerme vivo durante las noches. El pobre no tiene fuerzas ni ganas (ni casi recursos) para elaborar sueños.
Sólo he soñado dos veces, y las dos durante esa vigilia ambigua que precede al despertar, así que más que sueños podrían calificarse de alucinaciones. Hace unos días tuve un conato de sueño erótico con tintes absurdos y sazonado con algunos de mis miedos atávicos, que omitiré contar por vergüenza y porque, de todos modos, sería una información superflua y sexo gratuito. Y esta mañana se ha producido el segundo simulacro de sueño: una voz de hombre anciano me explicaba que ya iba siendo hora de escoger esposa. Le pregunté por qué, y me respondió que yo acababa de cumplir cien años y que todo el mundo elegía mujer llegada esa edad. Me interesé por saber algo más sobre esa costumbre social, y la voz en off me dijo, mientras yo observaba un vaso de agua medio lleno, que me faltaba poco para morir, y que tenía que cumplir con el rito marital antes de llegar a los trescientos años.
Algo bueno sí que tienen esas pastillas: ahora no padezco insomnio.