La espera

19 septiembre 2009

Al arrastrar los pies sobre el suelo ocre mientras camino, mis zapatos se van cubriendo indolentemente de una fina capa de polvo amarillento. Mantengo la cabeza inclinada hacia abajo, contemplando con lánguido desaire el efecto de nubecilla cálida que logro crear alrededor de mis tobillos, la cual, una vez deshecha, se va adhiriendo a los bajos del pantalón.

Pese a que hace calor, llevo las manos metidas en los bolsillos y mi cabeza va desprotegida. Soy por tanto una pura contradicción, pues no resguardo lo que ha de serlo mientras preservo del sol aquella parte de mi cuerpo que, sin muchos apuros, podría pasar horas enteras bajo la luz estival.

El sol. Quién diría que está cayendo la tarde. Sobre el remoto maizal del horizonte, una potentísima esfera blanca, incandescente como una venganza enconada, tiraniza un extenuado cielo de finales de julio.

Llevo los labios resecos, la frente embotada y la mirada soñolienta. He salido de la protectora sombra para esperarla. Desde hace mucho tiempo, mis propios poemas me vienen avisando de que pronto llegará ella. No sé a ciencia cierta cuándo tendrá lugar su venida, pero entre mis versos oigo voces admonitorias que me exhortan a esperar su arribo.

Según camino envuelto en mis nubecillas bajas de color crema, voy dejando cada vez más atrás las paredes encaladas del enorme caserón. La parra que se extiende sobre el porche enrejado parece despedirme en tono burlón, sabedora tal vez de que una vez más volveré con los brazos vacíos de ella.

Pero poco me importan sus sarcasmos, pues hace mucho que comprendí que mi cuerpo no es más que la muda, la piel-máscara de un Sísifo intemporal y desubicado, condenado a esperar su aparición. El ciclo de mis días es siempre el mismo, y por eso sé que ahora, inexorablemente, dirigiré mis pasos hacia el noroeste, andaré y andaré pisando con el alma cansada la tierra yerma.

Al final de este absurdo trayecto, con el sol dándome oblicuamente en la parte izquierda de la cara, siento en mis deseos el tacto suave de la esperanza: ahí está el camino por el que ella habrá de aproximarse hasta mí. Cada noche escribo centenares de versos como hijos amados, y todos acaban por consensuar, en la madrugada, el mismo veredicto una y otra vez: ella te estará esperando en el camino de tierra que hay a la entrada. Y aquí estoy, como cada día y como cada siglo de mi existencia. Aguardando la fugacidad de su cintura huidiza.

Me siento sobre la enorme piedra que encuentro a mi derecha. El sol sigue castigando con refinado sadismo cada poro de mi piel y cada átomo de estos campos: es esta y no otra la roca que yo, Sísifo enmarañado en una espera incierta, cargo sobre mi piel empapada en sudor e ilusiones apiladas sobre el tiempo muerto que va transcurriendo por encima y alrededor de mi cabeza.

Y este silencio… Mi oído lo percibe con la angustia de quien soporta sobre sí un peso sordo y denso. La atmósfera plúmbea y mi sopor me hacen creer que estoy sumergido en un vacío espeso, viscoso e inodoro.

La tarde transcurre. Como siempre. Y ella tampoco llegará hoy. Ya conozco de antemano cada sucio rincón del guión degradado de esta penitencia. Me dispongo entonces a levantarme de mi asiento, a salir de mi letargo ayudado por la leve brisa que está empezando a germinar, ahora que el cielo se va tornando de un ralo color violeta empalidecido.

Desentumezco mis músculos y froto mis párpados y mis sienes caldeados. Vuelvo al caserón encalado y a la ironía silenciosa de su parra. Atisbo la derrota firmemente augurada por el oráculo de mi desdichada ruina.

Piso mis propias pisadas mientras regreso, y entonces, como cada atardecer, vuelvo a escuchar el chirriar de los engranajes.

La tengo justo enfrente de mis ojos. Al oír el sonido acerado de su interior, me he girado para comprobar, una vez más, que la gran caja de madera sintética y aleaciones de diversos metales continúa ahí, impasible. De unos tres metros de alto, es lo suficientemente ancha y profunda como para albergar con holgura en su vientre artificial a dos o tres personas. Nunca hasta ahora he traspasado su puerta. No sé, por tanto, dónde me llevará este misterioso compartimento que se encuentra extrañamente clavado, como un intruso, en el suelo de estos campos agonizantes.

Decido, no sé por qué azares, desembarazarme por unos instantes de mi recurrente maldición rutinaria y pulsar el botón que abre la puerta.

Me adentro con curiosidad en la boca férrea del tranquilo monstruo. Arriba, el techo parece emitir su propia luz extraída de la nada: una luz blanca grisácea. En torno a mí, las paredes poseen un brillo irreal que me devuelve, como un espejo vaporoso y envolvente, mi propia imagen borrosa y difuminada. Finalmente, unas teclas de color marfil y neutras al tacto, frías en su ausencia de cualquier impulso que regalar a las manos de quien las toque, esperan resignadas la opresión de un dedo imperativo: -1, el futuro; 1, un presente vacío; 2, la no existencia. Compruebo con cierta inquietud que no se encuentra el 0, que no hay posibilidades de retorno. Súbitamente, y sin que todavía me haya dado tiempo a ubicarme por completo dentro de este compartimento, suena atenuado el ronroneo helado de una voz robótica que quiere ser femenina: -Cerrando puertas.

Justo antes de que las dos hojas metálicas entrechoquen con un ruido amortiguado, logro atisbar por un resquicio la figura frágil y esbelta de una muchacha de ojos azules recortada sobre las últimas luces, violetas, grises y anaranjadas de otro día que se va.

La lluvia

14 septiembre 2009

Acaba el verano. Por fin. Definitivamente el calor se estaba haciendo ya insoportable. Con parsimonia, el termómetro universal se va derrumbando según transcurren los días. La caída es lenta y suave, apenas imperceptible, pero segura. Los pasos sigilosos del otoño avisan a los oídos avezados.

Se desata la primera tormenta de finales de estío. Tras la ventana de cristal y aluminio barato, los truenos tienen un sonido real pero las gotas de agua, sin embargo, gritan con un soniquete metálico de tambor frenético de hojalata inoxidable.

Mientras las calles del pueblo se van empapando, mientras los campos que rodean el pueblo abren con júbilo sus poros, y mientras el patio interior de una casa de ese mismo pueblo va recibiendo con resignación el torrente, alguien trata de escribir, sentado bajo la vacilante luz, unos metros más allá de la ventana y a cubierto de la tormenta.

El escritor-sombra de sí mismo reflexiona por unos instantes. Si la lluvia –se dice- tuviera sexo sería una mujer. Recuerda cómo se sentía constantemente empapado de la imagen vaporosa, el perfume tibio y los ojos azul tristeza de aquella muchacha de la que estuvo enamorado, y es por eso que piensa que la lluvia también envuelve a quienes caminan bajo su influjo, como abriga la presencia de una mujer amada el tembloroso corazón de quien la desea.

La Naturaleza, que ha iniciado un cortejo consigo misma, estalla en una explosión de olor a tierra húmeda. El escritor-nostalgia aguza su memoria y trata de recordar a qué olía la ciudad mojada durante aquellos años que se perdieron en el vacío del tiempo. No, las calles asfaltadas no desprendían ese aroma, ya que al parecer únicamente está presente en los campos. La urbe exhalaba un vaho eléctrico de suave catástrofe. Las calles poseían aquella profética esencia de soledad y de rostros fatigados. Era como… Sí, era como si todo estuviera inundado por una ligera fragancia a no-alma.

Y si fuera una mujer, ¿qué profesión desempeñaría? Probablemente la de escritora olvidada. En efecto, la lluvia puede contar mil historias, pero desgraciadamente sus palabras acaban por perderse. Todos, en mayor o menor medida, huimos de los millones de letras que caen del cielo, pues agua y literatura nos limpian y lavan nuestras mentiras sucias, y a nadie le gusta verse desnudo de prejuicios ni calado hasta sus autoengaños más profundos.

Aunque el escritor-duda se lo piensa mejor y decide que a la lluvia quizá le convendría más el papel de escritora maldita. Porque no es completamente cierto que todos corran a refugiarse de un aguacero a la mínima que empieza a lloviznar. Los niños, los inocentes y los ancianos disfrutan viendo caer del cielo ese maná transparente cargado de versos y metáforas, pues son honestos y sinceros, y los escritores denostados siempre tienen aunque sea una pequeña cohorte de admiradores que están dispuestos a abrir el corazón a cada palabra que salga de sus plumas. Y, curiosamente, estos seguidores incondicionales suelen ser puros de conciencia y consecuentes con su condición humana. Tal y como lo son los niños, los inocentes y los ancianos.

El cielo continúa derramándose tras la ventana y sobre la casa. El golpeteo del agua aumenta de intensidad, como si de pronto la lluvia se hubiera transformado por capricho en una afamada compositora de arias. En el recuerdo del escritor que evoca se va dibujando la sensación, ya un poco amarillenta por el paso arrollador de la autorrepresión, de estar sintiéndose más solo y más libre que nunca en aquel autobús urbano que, al anochecer, se arrastraba sobre la avenida. A través de la ventanilla, entre los surcos de agua que se deslizaban por la superficie acristalada, se distinguían de cuando en cuando las luces sepias que titilaban en los hogares cálidos que arropaban a sus familias, como si de paradojas se tratasen, dentro de los bloques de pisos fríos. Fríos y mojados.

El abrazo

7 septiembre 2009

La mano izquierda sostenía la espalda. La palma, en su hueco blanco y surcado de arroyuelos húmedos de sudor, cobijaba la piel tersa y cálida. Las puntas de los dedos mantenían con delicadísima fuerza unas dos o tres vértebras que, arropadas por la delgada piel, descansaban sobre las yemas. Las falanges permanecían suspensas en un vacío estrecho y levísimo, quizá algo palpitantes de deseo de alcanzar también la parte de espalda a la que creían tener derecho.

Sobre la otra mano, extendida ligeramente temblorosa bajo las vértebras cervicales, descansaba un fragmento de seda marrón, tejido con rizos y bucles peinados de esa forma descuidada, inocente y algo infantil que tanto le gustaba a él. El pelo de la amada le hacía cosquillas en el dorso de la mano y sobre la muñeca, y caía trémulo sobre la frente de niña.

Los ojos, cerrados los de él y abiertos como en éxtasis o como en sorpresa los de ella. Los cuerpos juntos, como fusionados y repelidos mutua y simultáneamente. Las bocas unidas, y los labios de él llorando sobre los de ella.

El mundo contenía el aliento, el tiempo se sentía avergonzado de existir. Por la ventana, detrás del amante, entraba una luz grisácea de amanecer profético que rebotaba en el rostro de la muchacha, en un extraño eclipse de luna muerta cuyo planeta intruso era la cabeza de él.

Se separaron, y del pecho de la muchacha seguía brotando la sangre.

Microsueño intoxicado

4 septiembre 2009

Durante el anochecer, cuando mi metabolismo y los medicamentos, combinados en orgiástica síntesis, inducen en mí pequeñas pérdidas de conciencia y episodios de un suave letargo soñoliento y de palabras arrastradas en pesada dicción, experimento en abundancia lo que yo llamo microsueños intoxicados. Debe de ser que mi cerebro, acosado por los inhibidores de la anhidrasa carbónica, acaba por claudicar y cede ante la invasión de la química contra el glaucoma. Es entonces, en el momento en que las píldoras y los colirios roban a mi órgano gris el agua y los humores, cuando sufro de estos pequeños y enigmáticos episodios oníricos y alucinatorios, a los que no puedo atribuir nunca ninguna interpretación ni simbología, pero de los que sí me he beneficiado en más de una ocasión para extraer las ideas con las que adornar de torpe realismo mágico mis relatos.
Para los interesados, aquí va una muestra de estos microsueños:

Estoy bajo el agua. No me muevo, sólo me mantengo ahí, como flotando en un limbo azul turquesa. ¿Mis brazos y piernas? No los siento. Deben de estar en su sitio, claro, pero no forman parte de mi cuerpo en este momento. Nada forma parte de mi. No tengo noción del espacio ni del tiempo. Miro fijamente hacia un punto concreto de la inmensidad azulada y brillante, que ondula y ondea frente a mis ojos quietos, fijos aunque no concentrados ni obsesionados. Sólo quietos, expectantes. Ahí abajo, en el fondo liso y vacío como de sábana extendida hasta el infinito, yace un libro abierto. Mi mirada se acerca. Yo no, yo sigo quieto. Sólo se desplaza mi visión. Como un zoom o como un objetivo que se cierra sobre un punto determinado del plano: un libro abierto. Es un libro de esos que usan los escolares en su tarea diaria. Un libro de aprendizaje de la lengua inglesa. Está abierto por una página cualquiera, en la que se ven cuadros y diagramas, y también algunas líneas de texto bien perfiladas: subrayadas y remarcadas en negro, en un color negro recargado y saltón. De fondo, suena repetitiva una voz andrógina y un poco chillona que declama unos versos. ¿Son de Novalis? ¿De Kavafis?
Al despertar, los versos se me han olvidado.

Tanto advirtió la madre al muchacho, y tan poco era el caso que éste le hacía que, al final, sucedió lo que tenía que suceder: el chico creció, fue padre y jamás dejó de advertir a su hijo, el cual tampoco le obedeció ni una sola vez.

Un movimiento certero

26 agosto 2009

(a Ernesto Cisneros-Rivera, en agradecimiento por pulir este texto con su acertada aportación)

El pequeño hombrecillo, moreno, macilento, de aspecto cobarde y acongojado, se colocó con disimulo entre la masa que se disponía a cruzar por el paso de cebra.
A mitad de camino, en plena calzada, abrió el puño izquierdo delante de su rostro, y con fuerza sopló sobre el polvillo blanco que descansaba en la palma de su mano. Había comenzado el ataque.

Epílogo apócrifo

25 agosto 2009

Y el octavo día y los sucesivos los pasó llorando y lamentándose, pues al atardecer del séptimo -el dedicado al descanso- tuvo un repentino destello de lucidez: se percató de que había creado su propia tumba.

Si se pasa toda una noche junto al mar, uno corre el riesgo de enamorarse un poco de la primera mujer que cruce por delante de sus ojos. Si se pasa toda una noche junto al mar, y en Cádiz, uno se expone también al riesgo de ver un amanecer. Y si, además, se pasa toda una noche junto al mar, en Cádiz, y encima acaba amaneciendo, uno puede llegar incluso a ver fantasmas.
La noche junto al mar y en Cádiz era calurosa. Extrañamente calurosa. No había brisa, y ni siquiera cayó el rocío cuando llegó la madrugada. Todo era ya un poco irreal. La playa dormitaba serena, las olas casi ni respiraban siquiera cuando llegaban a la orilla. La luna no existía, pero sí se derramaba en cambio una masa de luz blanquecina, artificial, de farolas colocadas en hilera interminable a lo largo del cercano paseo marítimo. Así que la noche no era tal noche, pues ni luna había, y además su luz quedó sustituida por unas luminarias tercas y frías como de ciencia ficción, que daban a la arena un color grisáceo pálido, de cierta muerte callada y resignada.
Las estrellas, ¿quién las veía con aquella hostilidad luminosa empeñada en matarme de antipoesía? Pero, aun así, yo era feliz. Y era feliz porque el tiempo me dio una tregua. En Cádiz, junto al mar y de noche. Mi insoportable tempus fugit, enfermizo en su rutina diaria de un verano infinito, me indultó de la pena de ganas de morirme que me había impuesto en esos días, y en pleno tercer grado existencial me decidí, exultante, a pasar una noche en el limbo de los minutos que nunca corren. En Cádiz, de noche y junto al mar.
Durante todas las horas que pasé en aquella playa no vi el horizonte, sencillamente porque no miré hacia donde estaba. Nada de buscar caminos insondables, nada de andar imaginando poemas de angustia y agujeros negros. Me receté pequeñas ojeadas a mi alrededor, muchas conversaciones de amigo a amigo, versos reprimidos para no llorar o para no reír tanto que pudiera llegar a olvidar cuál es mi estado natural, y me receté también una indolencia generalizada. Yo era un hedonista aquella noche, e iba a sacar partido de todo lo que el mar me estaba dando sin ser suyo: un no-horizonte, una arena color neón y una densidad tibia en el aire. Hoy será mi noche de las paradojas, mi noche de las contradicciones junto al mar, me decía con la infantil inocencia de un niño que sabe que está cometiendo una travesura. Saqué la lengua al tiempo, en cuya jurisdicción no me hallaba por entonces, y me decidí a contrariar a la rutinaria vida aburguesada que me atenaza durante los veranos en el pueblo.
Las doce, la una, las dos, las tres, las cuatro… Mi reloj debe de ser idiota. Se empeña en escupir horas y minutos mientras yo me río en su cara acristalada llena de números digitales. Siento cierta condescendencia por él, aunque más bien es conmiseración, y luego ya un poquito de asco o como de lástima, que lo mismo es.
Y en mi noche-contrasentido, en Cádiz y junto al mar, hubo hasta fuegos artificiales en el cielo, lanzados para celebrar la victoria del equipo local de fútbol en algún torneo que a mí me sonaba lejanísimo y muy poco elegante como para merecer esas deliciosas cabriolas pirotécnicas. El cielo ardiendo en ráfagas, un poquito por encima del mar: lo que me faltaba ya. La noche me estaba implorando un poema, o a lo mejor era yo quien suplicaba a los pies de la noche. Poco me importaba, porque sólo tenía ganas de hablar-de-amigo-a-amigo y de no alejarme mucho de allí.
Las cinco, las seis… Y yo desdeñando mi reloj, pero mis amigos recordándome que tenemos que ir a la estación a tomar el primer autobús de la mañana. No siento pena. Estoy lo suficientemente sublimado como para no estar triste. Todos mis deseos de atemporalidad se han cumplido. Sartre y Camus quedaron en casa, en la estantería. Tiempo habrá de volver a sus brazos. Tiempo, tiempo, tiempo… Tranquilo, volveré a tu cárcel puntual y cabizbajo. Siempre he sido disciplinado, hasta con la rutina que tanto me maltrata y tan mal me sabe querer.
Y amanece sobre el empedrado de las calles de Cádiz. Adoquines que se vuelven ligerísimamente azulados. En realidad un poco grisáceos, pero a mí me gusta más el color azul y hoy tengo arrogados ciertos derechos, así que los adoquines se van coloreando de un suave azul que refleja otra más de las paradojas de aquella noche: un amanecer azul en vez de naranja, ocre o rosado. Y en ese preciso instante se me escapa para mis adentros: ¡Octavia de Cádiz! Y es un alba que más bien parece atardecer, o será que llevo ya muchas horas sin dormir y que se me han mezclado la noche, el día, el crepúsculo y la alborada. ¡Chúpate esa, tiempo! ¡He conseguido darte la espalda y perder la noción de ti, he conseguido confundirme y enredarme en la no-realidad de tu no-existencia!
Y, de pronto, mientras vamos conversando en voz baja por algún callejón algo angosto y empedrado, dejo de escuchar a mi amigo que me habla, porque ha sucedido lo inevitable, lo que tenía que ocurrir: me acabo de enamorar un poco. Camina sin hacer ruido, como si flotara o como si Bécquer la estuviera creando en aquel mismo instante. Va ataviada completamente de blanco, con un vestido liso que perfila por entero su figura, del cuello a los tobillos. Un espectro dulce y callado en esa hora extraña en la que la noche va cediendo lánguidamente. Y al pasar por mi lado, todo es silencio dentro de mí: un silencio de veneración y de un tropel de versos que tengo que escribir inmediatamente, en ese mismo momento. No recuerdo su cara, porque yo nunca me enamoro de los rostros sino de la potencial cantidad de poemas que una mujer me puede hacer escribir. Y en ella había toneladas de versos, porque era una presencia vaporosa de esas que uno conoce por la literatura del Romanticismo. De modo –digo burlonamente al tiempo- que si me zafo de tus garras también tengo el poder de enamorarme y de viajar al pasado y de ver fantasmas tenues. ¡Por eso no me querías soltar, infame!

El problema

8 agosto 2009

El auténtico problema, y puede que el único o, en todo caso, el que más preocupaba a los pocos hombres y mujeres que sobrevivieron al holocausto nuclear, era cómo evitarían sucumbir a la próxima guerra, que irremediablemente llegaría en cuanto la escasa población humana superviviente volviera a organizarse en sociedad.

La palabra esquiva

6 agosto 2009

Érase un escritor con amnesia selectiva. Siempre se le olvidaba la palabra seducción.