La espera

19 septiembre 2009

Al arrastrar los pies sobre el suelo ocre mientras camino, mis zapatos se van cubriendo indolentemente de una fina capa de polvo amarillento. Mantengo la cabeza inclinada hacia abajo, contemplando con lánguido desaire el efecto de nubecilla cálida que logro crear alrededor de mis tobillos, la cual, una vez deshecha, se va adhiriendo a los bajos del pantalón.

Pese a que hace calor, llevo las manos metidas en los bolsillos y mi cabeza va desprotegida. Soy por tanto una pura contradicción, pues no resguardo lo que ha de serlo mientras preservo del sol aquella parte de mi cuerpo que, sin muchos apuros, podría pasar horas enteras bajo la luz estival.

El sol. Quién diría que está cayendo la tarde. Sobre el remoto maizal del horizonte, una potentísima esfera blanca, incandescente como una venganza enconada, tiraniza un extenuado cielo de finales de julio.

Llevo los labios resecos, la frente embotada y la mirada soñolienta. He salido de la protectora sombra para esperarla. Desde hace mucho tiempo, mis propios poemas me vienen avisando de que pronto llegará ella. No sé a ciencia cierta cuándo tendrá lugar su venida, pero entre mis versos oigo voces admonitorias que me exhortan a esperar su arribo.

Según camino envuelto en mis nubecillas bajas de color crema, voy dejando cada vez más atrás las paredes encaladas del enorme caserón. La parra que se extiende sobre el porche enrejado parece despedirme en tono burlón, sabedora tal vez de que una vez más volveré con los brazos vacíos de ella.

Pero poco me importan sus sarcasmos, pues hace mucho que comprendí que mi cuerpo no es más que la muda, la piel-máscara de un Sísifo intemporal y desubicado, condenado a esperar su aparición. El ciclo de mis días es siempre el mismo, y por eso sé que ahora, inexorablemente, dirigiré mis pasos hacia el noroeste, andaré y andaré pisando con el alma cansada la tierra yerma.

Al final de este absurdo trayecto, con el sol dándome oblicuamente en la parte izquierda de la cara, siento en mis deseos el tacto suave de la esperanza: ahí está el camino por el que ella habrá de aproximarse hasta mí. Cada noche escribo centenares de versos como hijos amados, y todos acaban por consensuar, en la madrugada, el mismo veredicto una y otra vez: ella te estará esperando en el camino de tierra que hay a la entrada. Y aquí estoy, como cada día y como cada siglo de mi existencia. Aguardando la fugacidad de su cintura huidiza.

Me siento sobre la enorme piedra que encuentro a mi derecha. El sol sigue castigando con refinado sadismo cada poro de mi piel y cada átomo de estos campos: es esta y no otra la roca que yo, Sísifo enmarañado en una espera incierta, cargo sobre mi piel empapada en sudor e ilusiones apiladas sobre el tiempo muerto que va transcurriendo por encima y alrededor de mi cabeza.

Y este silencio… Mi oído lo percibe con la angustia de quien soporta sobre sí un peso sordo y denso. La atmósfera plúmbea y mi sopor me hacen creer que estoy sumergido en un vacío espeso, viscoso e inodoro.

La tarde transcurre. Como siempre. Y ella tampoco llegará hoy. Ya conozco de antemano cada sucio rincón del guión degradado de esta penitencia. Me dispongo entonces a levantarme de mi asiento, a salir de mi letargo ayudado por la leve brisa que está empezando a germinar, ahora que el cielo se va tornando de un ralo color violeta empalidecido.

Desentumezco mis músculos y froto mis párpados y mis sienes caldeados. Vuelvo al caserón encalado y a la ironía silenciosa de su parra. Atisbo la derrota firmemente augurada por el oráculo de mi desdichada ruina.

Piso mis propias pisadas mientras regreso, y entonces, como cada atardecer, vuelvo a escuchar el chirriar de los engranajes.

La tengo justo enfrente de mis ojos. Al oír el sonido acerado de su interior, me he girado para comprobar, una vez más, que la gran caja de madera sintética y aleaciones de diversos metales continúa ahí, impasible. De unos tres metros de alto, es lo suficientemente ancha y profunda como para albergar con holgura en su vientre artificial a dos o tres personas. Nunca hasta ahora he traspasado su puerta. No sé, por tanto, dónde me llevará este misterioso compartimento que se encuentra extrañamente clavado, como un intruso, en el suelo de estos campos agonizantes.

Decido, no sé por qué azares, desembarazarme por unos instantes de mi recurrente maldición rutinaria y pulsar el botón que abre la puerta.

Me adentro con curiosidad en la boca férrea del tranquilo monstruo. Arriba, el techo parece emitir su propia luz extraída de la nada: una luz blanca grisácea. En torno a mí, las paredes poseen un brillo irreal que me devuelve, como un espejo vaporoso y envolvente, mi propia imagen borrosa y difuminada. Finalmente, unas teclas de color marfil y neutras al tacto, frías en su ausencia de cualquier impulso que regalar a las manos de quien las toque, esperan resignadas la opresión de un dedo imperativo: -1, el futuro; 1, un presente vacío; 2, la no existencia. Compruebo con cierta inquietud que no se encuentra el 0, que no hay posibilidades de retorno. Súbitamente, y sin que todavía me haya dado tiempo a ubicarme por completo dentro de este compartimento, suena atenuado el ronroneo helado de una voz robótica que quiere ser femenina: -Cerrando puertas.

Justo antes de que las dos hojas metálicas entrechoquen con un ruido amortiguado, logro atisbar por un resquicio la figura frágil y esbelta de una muchacha de ojos azules recortada sobre las últimas luces, violetas, grises y anaranjadas de otro día que se va.

El abrazo

7 septiembre 2009

La mano izquierda sostenía la espalda. La palma, en su hueco blanco y surcado de arroyuelos húmedos de sudor, cobijaba la piel tersa y cálida. Las puntas de los dedos mantenían con delicadísima fuerza unas dos o tres vértebras que, arropadas por la delgada piel, descansaban sobre las yemas. Las falanges permanecían suspensas en un vacío estrecho y levísimo, quizá algo palpitantes de deseo de alcanzar también la parte de espalda a la que creían tener derecho.

Sobre la otra mano, extendida ligeramente temblorosa bajo las vértebras cervicales, descansaba un fragmento de seda marrón, tejido con rizos y bucles peinados de esa forma descuidada, inocente y algo infantil que tanto le gustaba a él. El pelo de la amada le hacía cosquillas en el dorso de la mano y sobre la muñeca, y caía trémulo sobre la frente de niña.

Los ojos, cerrados los de él y abiertos como en éxtasis o como en sorpresa los de ella. Los cuerpos juntos, como fusionados y repelidos mutua y simultáneamente. Las bocas unidas, y los labios de él llorando sobre los de ella.

El mundo contenía el aliento, el tiempo se sentía avergonzado de existir. Por la ventana, detrás del amante, entraba una luz grisácea de amanecer profético que rebotaba en el rostro de la muchacha, en un extraño eclipse de luna muerta cuyo planeta intruso era la cabeza de él.

Se separaron, y del pecho de la muchacha seguía brotando la sangre.

El faro

1 agosto 2009

Hay un faro, alto y majestuoso, en algún acantilado junto al mar. Las olas negras golpean su base, y el viento azota su cúspide, ya apagada con el correr de los años. En otro tiempo, el faro estuvo vivo. Ahora, sin embargo, reposa su muerte junto a la orilla inhóspita. Cuando los barcos aún confiaban en su luz, las gaviotas veneraban en pleno vuelo la enhiesta construcción. Los atardeceres, empecinados en su cíclica terquedad, se multiplicaban alrededor de la torre, y competían en belleza y orgullo con los amaneceres celosos y obstinados. Los marineros apátridas recién llegados rendían pleitesía a tan señorial monumento a la lucidez, y muchachas de blanca cintura y pies desnudos se sentaban cerca de su esplendoroso perímetro, orbitando como coquetos planetas de melenas rizadas y ojos chispeantes.
Pero llegó el tiempo de las hambrunas y de los mares yermos, y ya no arribaron a puerto naves cargadas de víveres y de leyendas ultramarinas. Ya no hubo jovencitas en flor felices y bulliciosas junto al faro, y ya la luz que habitaba en la cima del augusto monumento dejó de irradiar para siempre jamás.
Y lo más extraño es que todo ocurrió de golpe, en un abrir y cerrar de ojos. La pobreza y las enfermedades llegaron una tarde cualquiera, que mucho después se supo que era precisamente la tarde en la que el escritor no fue capaz de concluir, ni entonces ni nunca más, aquel relato sobre un faro alto y majestuoso, en algún acantilado junto al mar.

Épatant Camus

31 julio 2009

El lector-soledad cerró el libro. Y los ojos. El siguiente fue el primer pensamiento que le vino a la cabeza: ni siquiera el amor de Marie impidió que Meursault matara al árabe. Tampoco evitó que le condenaran a muerte.
El lector-anhelo se sintió desesperanzado: está visto que nada ni nadie nos puede salvar del calor del sol.

Basado en el microcuento Sola y su alma, de Thomas Bailey Aldrich, publicado en 1912 y extraído de http://alexjesus.wordpress.com/2009/07/28/sola-y-su-alma/

Los nudillos de su mano derecha, ligeramente crispada, chocan suavemente contra la madera desvaída cuando llama a la puerta. Hace calor y, en torno a la baja casa de ladrillo y cal, sólo existe ya la soledad. Todos han muerto. Un olor inerte flota en el aire. Dentro de la casa, los sorprendidos ojos de una mujer anciana moldean una suave interrogante.

Revelación

27 julio 2009

Sísifo se sentía cansado. Cuando aún le faltaban más de dos tercios del camino, montaña arriba, hasta llegar a la cima, decidió parar por un momento.
Por primera vez en miles de años, Sísifo detuvo su ascenso, arrojó con desdén la enorme piedra, se sentó y se puso a pensar sobre lo absurdo de su infinito periplo.

Baldosas

24 julio 2009

Sin embargo, hoy parece ser que el cielo me ha iluminado, pues de repente me acordé de la conversación que oí en el Nevski a los dos perros. “Está bien -pensé para mis adentros- ahora lo averiguaré todo. Es preciso que intercepte la correspondencia de estos dos perros, pues esta me procurará muchos datos.”

Diario de un loco – Nikolái Gógol

La historia que voy a esbozar me ha sido revelada en un sueño denso y ambiguo, intoxicado de medicamentos y cansado por el insomnio, el calor y el sopor que padezco durante estos días de verano.
Ruego al lector disculpe los detalles aparentemente inconexos o incoherentes, y le pido, asimismo, que comprenda las licencias retóricas y los añadidos más o menos complementarios que me pueda llegar a permitir. Ello se debe a que los sueños –al menos los míos- no son por lo general narraciones completas y de partes adecuadamente interconectadas, sino que más bien constituyen un cúmulo de símbolos harto difíciles de interpretar en la mayoría de los casos.
La historia que leerá a continuación es, simplemente, mi particular reconstrucción literaria de un sueño que he tenido esta noche.

Me presentaré: me llamo Braulio. Braulio Fontecha. No es un nombre muy afortunado, lo sé. Pero a todo se acostumbra uno. Lo ridículo no es una cualidad esencial de cosas o personas: es simplemente que no estamos acostumbrados a su presencia. La ridiculez es como el dolor propio o las enfermedades ajenas: a fuerza de exponernos a su influjo acabamos por insensibilizarnos, por ser inmunes a sus vaharadas.
Me gusta leer a Borges, así que lo parafrasearé: en cualquier momento habré cumplido cuarenta y tantos años. Soy lo que se dice un sujeto gris, un hombre a la sombra de su propia sombra. Trabajo como funcionario cuarenta horas a la semana. El resto del tiempo que me queda lo paso fundamentalmente encerrado en casa.
De pequeño soñaba con ser astrónomo o periodista. Ya se me notaban las incipientes ganas de huir. El paso del tiempo, la falta de aptitudes para una y otra profesión y los desengaños, sin embargo, hicieron que me decidiera por el traje planchado y las corbatas a juego en un enfermizo edificio de oficinas deprimentes.
Pertenezco al engranaje monstruoso del Estado que todo lo fiscaliza y todo lo controla. Soy una minúscula pieza más de esta maquinaria que, de perfecta que es, parece haber estado funcionando desde la noche de los tiempos y parece, de igual modo, que se seguirá moviendo por siempre jamás. Si se pone a pensar en este gargantuesco aparato burocrático, uno pierde de pronto la noción del tiempo y de las dimensiones espaciales. Es algo asfixiante, metafísicamente casi claustrofóbico.
No he logrado, en los veintiún años que llevo trabajando tras mi escritorio, establecer una relación mínimamente íntima con ninguno de mis compañeros. Me angustia el contacto humano, pues durante las conversaciones con mis congéneres no puedo dejar de sentir sobre mis hombros la conciencia de mi propia insignificancia y de la precariedad en la que nadamos todos, pobres seres acunados en un mundo inventado a imagen y semejanza de nuestros impulsos más atávicos. Soy poco espontáneo, eludo las miradas y sé que me califican de huraño. No les culpo. Me he ganado fama de misántropo a fuerza de cultivar la soledad. Pero no odio a los hombres, simplemente me son indiferentes y no considero que tengan nada que enseñarme. No es aversión, es sólo hastío.
No me siento cómodo entre los de mi especie, y ellos tampoco parecen desear mi compañía. Así que, cuando salgo de trabajar, pido un taxi que invariablemente, día tras día de lunes a viernes, me lleva por el mismo camino hacia un destino recurrente: el ático pequeño y angosto en el que mi existencia destila sus días amargos durante las horas en que no trabajo.
El bloque de pisos tiene nueve plantas, más esta especie de buhardilla en la que habito. Con frecuencia, mirando a través del cristal cerrado en los días de invierno, he disfrutado de la dulce melancolía que me transmite la imagen azulada y espesa de la estación de tren recortada al fondo del horizonte urbano. Jamás he entrado allí, pues jamás tuve necesidad ni ganas de ir a ningún sitio. Los únicos viajes que he hecho en estos años los he realizado por cuestiones de trabajo, inspecciones fiscales y algún desfalco en provincias. A eso se limita mi bagaje. El mundo me interesa poco.
Paso mis horas de ocio respirando el olor a papel y a humedad de mi ático. Me gusta leer. No espero aprender nada ni descifrar enigmas humanos. Sólo intento escapar a otros mundos menos insípidos, con personajes que se dejen abrir en canal sin que el rostro del portador del bisturí pueda ser visto en ningún momento por los sorprendidos ojos del ultrajado.
Si no me encuentro con ganas de leer, con frecuencia suelo echarme sobre la cama estrecha y dura, cierro los ojos y no tardo en caer en un profundo sueño. Duermo mucho, durante las noches y durante las tardes, y aun a lo largo de todo el día en los fines de semana o en las vacaciones. Durmiendo, uno se siente liberado del fardo inútil del tiempo sobre su espalda. La bruma de la narcosis barre con sorprendente despreocupación hasta la última brizna de cansancio de mi espíritu. Acostumbro a dormir cada vez con mayor frecuencia y durante más horas seguidas. A veces me acuesto después de almorzar y no vuelvo a abrir los ojos hasta la mañana del día siguiente, cuando la luz entre rosada y azul del amanecer me acaricia los ojos todavía nublados por algún resto de sueño.
Entonces me levanto de la cama y no encuentro realmente nada que hacer. Pienso, en un vertiginoso instante de desesperación, en lo vacío que me siento y en lo poco práctico que ha resultado el hecho de levantarme. Tengo un acceso de ira difusa, de objetivo y causas poco definidos pero muy intensa. Procuro calmarme, más que nada porque no encuentro contra qué ni contra quién desahogar mi repentina frustración.
Miro a mi alrededor. El panorama es desolador. Cajas de libros se amontonan arracimadas entre el escaso mobiliario del ático. Entropía que alberga mi propia entropía interior. Y entonces miro al suelo y los veo: ahí están esos pequeños compartimentos.
Las baldosas son de un color anaranjado veteado de ramalazos marrones. Aparentemente son sólo baldosas que tapizan el suelo del ático pero, si se miran atentamente y durante un rato no muy largo, se ven las celdas con toda claridad.
Cada losa es un habitáculo insondable. Una especie de calabozo en el que amontono mis desechos obsesivamente clasificados por categorías. Si se echa una ojeada a cualquiera de ellas, se verá, más pronto que tarde, una amalgama de enseres personales que fui arrojando en esas prisiones a ras de suelo, ya que no cabían por más tiempo en mi corazón ni en mi sistema nervioso.
Son celdas absolutamente iguales en anchura, largura y capacidad. De su profundidad, sin embargo, nada sé, pues parecen ser adimensionales en lo que respecta a este parámetro.
En una de las baldosas del centro de la habitación guardo los problemas importantes en los que no me impliqué. Ahí se ven, por ejemplo, la enfermedad de mi madre o el accidente de tráfico que acabó con la vida de la joven Paula. Si uno mira hacia abajo verá, sobre todo, gritos y lágrimas reprimidos y algún que otro rubor avergonzado de sí mismo.
Bajo la cocina de gas, que uso para calentar la infame comida precocinada que compro en el supermercado, he arrinconado, con un deje de nostalgia, los poemas que nunca escribí, los viajes que no quise hacer y algún que otro beso negado no recuerdo ya a quién. Es una especie de vertedero infame al que van a parar abortos que podrían haber sido hermosas mariposas de alas azules o blancas.
A la entrada del cuarto de baño, justo debajo del vano de la puerta, he destinado dos calabozos enteros a sendos montones de escoria esencialmente similares en su contenido: uno para los amigos que perdí y otro para los amores por los que no luché.
Debajo de una de las tantas cajas de libros apiladas por todas partes hay una losa en cuyo interior se ve, como si de una bola de cristal se tratara, el hermoso futuro que no tengo fuerzas para labrarme. Más allá, el rectángulo de barro cocido de una de las esquinas de mi cuarto esconde en su fondo un par de novelas, y en la celda vecina yacen con amargura las disculpas que no pedí y las mentiras que no rectifiqué.
Como no me relaciono con nadie, no me he atrevido a preguntar si todo el mundo tiene estos peculiares Alephs en sus casas, o sólo los poseo yo. Honestamente: son bastante desagradables, y por la noche su contenido se esparce a la atmósfera y se enreda en mis pesadillas. Incluso huelen mal, como a ácido sulfúrico o alguna otra infame sustancia de género parecido.
Y el caso es que, pensándolo bien, no hace mucho que tengo estos campos de concentración adimensionales bajo mis pies. Empecé a apercibirme de su presencia poco después de que Ella se fuera.
Al principio sólo veía descampados yermos y vacíos, y en las junturas de las baldosas algunas vallas metálicas que parecían infinitamente elevadas. Ahora comprendo que su finalidad estriba en impedir que mis desperdicios de la conciencia se mezclen y se desorganice su perverso orden hiriente. Pero antes, poco podía conjeturar. Sólo me limitaba a asistir sorprendido al espectáculo que veían mis ojos.
Cada día observaba los avances en la construcción: una mañana, al levantarme de la cama tras casi dos días de sueño ininterrumpido, observé diminutos barracones levantados en cada pequeño erial. Mi extrañeza y mi sorpresa, pero también mi expectación, iban en aumento.
Luego llegó la electrificación de los vallados y los inmensos hornos crematorios, que más tarde supe que eran para incinerar mi libido y para mi optimismo.
Asistí con espanto impotente a la construcción de un enorme mausoleo, en el que alguien o algo había grabado un epitafio de colosales dimensiones: aquí descansan las ganas de vivir de Braulio Fontecha.
Posteriormente se construyó, el demonio sabrá cómo, todo un entramado de abruptos caminos por los que pronto desfilaron cadáveres que no reconocí nunca, ni aun hoy tras semanas y meses de atenta observación.
He de admitir que, a día de hoy, tengo todo un siniestro imperio de muerte y basura emocional levantado bajo las suelas de mis mocasines de funcionario del Ministerio. Y su tamaño y complejidad parecen crecer de forma proporcional a mis horas de sueño, pues he observado que mientras permanezco despierto nada se construye, ni tampoco durante mis horas de trabajo en la oficina. Los progresos tienen lugar únicamente mientras estoy durmiendo.
He intentado golpear con fuerza las baldosas, pero la cualidad atemporal y como onírica de este submundo hace que mis pisadas, pertenecientes a un universo distinto, yerren en el duro suelo. Tampoco percibo nada al tacto, ni oigo sonido alguno echándome de costado sobre el piso. Los sollozos y lamentos los escucho, única e invariablemente, dentro de mí, y las dantescas escenas de putrefacción que contemplo parecieran estar sólo en mi cerebro, de tan fuertemente como se me incrustan en la retina.
Además, al parecer mis pesadillas ya no tienen más espacio para seguir expandiéndose por el ático, y han decidido invadir la calzada de la calle a la que da la ventana, así como las paredes de la estación de ferrocarriles. En estas veo el rostro de una mujer que se parece mucho a mi madre, aunque la encuentro más joven y alegre que cuando se la llevó aquella enfermedad. Y, bajo la ventana, a diez pisos de altura y a ras de suelo, veo la mullida cama de mi niñez, con su colcha azul y el oso de peluche colocado plácidamente sobre la almohada.

La luz del sol bañaba por completo cada recoveco del andén. A pesar de que el aire de la ciudad estaba saturado de polución, y a pesar de que sobre la masa de los edificios de la urbe el cielo nunca había sido azul, sino más bien de un gris desvaído, aquella mañana los ojos de los pasajeros recién llegados a la estación podían respirar una blancura casi onírica, como de fiesta o de inocencia infantil aún intacta.
El tren llegó puntual. Un chirrido quejumbroso avisó al aire y a las columnas del apeadero de que la mole de metal y cristal estaba parando justamente en el lugar de la vía en el que le correspondía detenerse.
Las puertas de los vagones se abrieron, y un abigarrado cúmulo de pies y ruedas de carritos portamaletas se desparramó por las escalerillas que servían de transición entre las portezuelas de los coches y el suelo, que actuaba como primer contacto con la ciudad para los recién llegados.
Había pies cubiertos con zapatos rojos de tacón pequeño, otros con zapatillas deportivas, otros con humildes alpargatas y aun algún par de mocasines. Y había maletas verdes y negras y azules y rojas, y grandes y pequeñas y medianas y enormes, y hasta pasajeros sin maleta o con una simple mochila al hombro o sobre la espalda.
Y se podían ver, asimismo, rostros cansados, felices, ausentes, expectantes, desesperados o hieráticos.
A continuación, el tren, una vez que soltó su carga de vidas, afanes y miserias sobre el pavimento de la estación, se fue apagando lentamente, murió y se dejó ultrajar las entrañas por los operarios de la limpieza y mantenimiento a sueldo de la compañía ferroviaria.
Y entonces hubo abrazos. Y miradas que buscaban otras miradas y llamadas de teléfono. Y también algunas soledades crecieron conforme sus portadores iban adentrándose en el cuerpo central de la estación.
La ciudad recibía, una mañana más, su carga de almas. Una rutina cíclicamente poética, una infinita entrada de cuerpos y sueños que se repetía varias veces al día, y que uno nunca se cansaba de mirar y de escuchar.
Entre la multitud, alguien aferró con más tristeza que fuerza la mano pequeña y un poco sudada de Ana.
– Eres un lirón. Has pasado todo el viaje durmiendo –dijo el portador de la mano anhelante.
Ana casi no le oyó. Sus ojos color café, un poco achinados y casi siempre tristes, bebían cada detalle del entorno que iban contemplando. Arrastraba con pereza y negligencia una maleta rosa y varias bolsas toscamente atadas a ésta. Era una estampa entre lo melancólico y lo cursi.
Para ella, aquel era el primer contacto con la endemoniada mole de aquella ciudad. Andaba con sus piernas largas y un poco delgadas, descubiertas hasta la rodilla, según lo permitía el corte del vestido azul oscuro que llevaba. Sus pies, menudos y algo toscos, se movían con ligereza arropados por unas sandalias negras que se dirían bastante elegantes. Tenía un talle fino, unas caderas poco pronunciadas, un cuello ni demasiado largo ni demasiado corto, una barbilla infantil, unos pómulos suaves y ondulados y apenas dos montículos insinuados sobre la piel que recubría su tórax delgado y siempre acunado por una respiración cálida y pausada.
Una niña inquieta y curiosa hablaba a través de sus pupilas marrones y de mirada fugaz. Una voz bien templada para lo que era de esperar a sus dieciséis años, un peinado convencional moldeando su pelo liso y negro, y una graciosa curva en sus seductores labios aún puros completaban, por así decir, lo más visible a simple vista de la Ana que era ahora tomada de la cintura por el hombre que iba a su lado, el cual había pasado su brazo alrededor de un cuerpo que permanecía allí, junto a su acompañante veinte o treinta años mayor que ella, mientras la mente que le pertenecía viajaba ya por encima de la cúpula central de la estación de ferrocarril que atesoraba temporalmente los secretos de aquella extraña pareja.
-Dame esa maleta. –El compartimento trasero del taxi se encontraba abierto al tenue calor del sol matutino. Su boca metálica, de color blanco y un poco desdentada en los bordes, esperaba con resignación inerte engullir la maleta rosa, las bolsas cerradas de cualquier modo y una valija gris oscuro de tamaño medio, perteneciente al hombre que minutos antes había abrazado a Ana por la cintura.
El vestido azul de la muchacha esparció su olor sintético a perfume de frambuesas, o de alguna otra fruta parecida, por todo el habitáculo del coche en el que ambos acababan de subir. El conductor volteó el cartel que colgaba en el parabrisas, y la pareja pudo leer libre con las letras cabeza abajo. A Ana esto le hizo reír con una brevedad de cristal que erizó los pelos de la nuca y la espalda del hombre, que apenas atinó a decir al taxista: -Al Hotel Emperador, por favor.
El coche blanco que llevaba impresa la palabra Taxi en mayúsculas, a un lado y a otro de la carrocería recién lavada, embistió con soberbia el aire contaminado de las calles, con la autosuficiencia de quien se sabe poseedor de un hermoso tesoro en su interior que nadie más tiene. Ana vio pasar a su izquierda la Catedral, el Palacio de Congresos, el edificio de la Armada, dos o tres consulados de países importantes, la Bolsa, un parque que parecía vastísimo y profundo como un bosque artificial dibujado mediante una perspectiva algo irreal, y decenas de semáforos y transeúntes y vehículos de toda clase y condición.
En sus rodillas redondeadas se iba reflejando el vaivén de luces y sombras que entraba por la ventanilla según el taxi se movía en la ciudad, y sus manos, que todavía seguían algo sudadas, jugueteaban con la concha marina que llevaba al cuello colgando de una cadenita de plata.
A través de una deliciosa ingenuidad, la chiquilla hacía preguntas acerca de todo lo que veía. Su mirada almacenaba, su boca solicitaba información complementaria y su cerebro lo procesaba todo y lo guardaba, bien ordenado, en el anaquel de los recuerdos de adolescencia que un día acudirían a la cabeza de Ana, cuando ya fuera una mujer.
De pronto, el crisol manchado de la fachada acristalada del Hotel Emperador asomó por el flanco derecho, a sólo unos metros del hombre al que le gustaba observar a Ana mientras ella se distraía mirando cualquier cosa.
Éste pagó la carrera del taxi, frunció el entrecejo al notar el peso del equipaje soportado por sus brazos, hizo un ademán con la cabeza al taxista que indicaba gracias, o adiós, o que tenga un buen día o algo así, y anduvo, con una prisa que le sorprendió, hasta el hall del hotel, flanqueado por la muchacha que olía a frambuesas o a otra cosa parecida.
El recepcionista era un hombre joven y hosco. Parecía estar allí, tras el mostrador barnizado del recibidor del hotel, como cumpliendo una penitencia o soportando una condena inmisericorde. Era desmañado, tacaño en los gestos y parco en las palabras, como si una hostilidad manifiesta hacia el mundo se estuviera escenificando en cada pelo de su cabeza y en cada dedo de sus manos crispadas por una tensión desconocida, probablemente de origen ansioso o nacida en alguna recóndita frustración añeja.
Entregó las llaves con un ligero ademán de desprecio sutil, aunque ciertamente elegante, como correspondía a las formas obligadas en un hotel de cuatro estrellas. Habitación 201. Segunda planta, primer pasillo, a la izquierda del ascensor según se sale por la puerta. Cuidado con el suelo: está recién pulido y puede resultar resbaladizo.
Ana soltó un suspiro prolongado de desaire y hastío al espejo que le devolvía su imagen en el interior del elevador. Dejó claro, así, su desprecio irrevocable por el antipático recepcionista. El hombre, mientras tanto, se entretuvo en desear con avaricia los brazos descubiertos de la muchacha. Apenas se atrevió a rozar el derecho con el dorso de su mano cansada de amores no correspondidos y poemas que ninguna mujer quiso leer nunca. Ana le dejó hacer. Para eso estaba allí: para dejarse hacer.
Salieron del ascensor. Ante ellos se abrió un corredor silencioso e iluminado a media luz, en tonos pastel o anaranjados o de algún otro color ambiguo por el estilo. Jarrones de generoso tamaño a un lado y a otro, entre las puertas de cada habitación y al fondo del pasillo, bajo una ventana que reflejaba el sol entrando oblicuamente.
-Aquí es. –Dijo el poeta frustrado e insomne, y abrió la puerta pintada del mismo color que los ojos de Ana. –Pasa tú primero y cuéntame qué nos han preparado.
Las retinas ávidas de novedades registraron cada detalle del cuarto. La chica se sintió un poco decepcionada. Se había imaginado las habitaciones de hotel de otro modo. No tenía muy claro lo que esperaba encontrarse, pero desde luego había fantaseado un poco con la idea de ciertos lujos frívolos entrevistos en el cine que, obviamente, aquí no había.
Pronto perdió el interés por la pieza, y preguntó: -¿Me llevarás a la Torre de San Andrés como me prometiste? Estoy deseando ver la ciudad desde allí arriba. Dicen que da vértigo y quiero saber lo que se siente en las alturas.
– Por supuesto que sí. Y luego iremos a cenar a un buen restaurante. ¿Te gusta la comida italiana?
– No sé, nunca la he probado. –Dijo Ana con un ligero tono de sonsonete. Venía de un pueblo bastante apartado, en el que no eran frecuentes las novedades culinarias ni de ningún otro tipo con que se agasajaba a los habitantes de las ciudades del interior del país, a la vanguardia de casi todo lo frívolo, lo novedoso, lo artístico y lo políticamente incorrecto que llegaba de fuera.
El escritor de relatos que imitaban el estilo del realismo mágico, en otro tiempo adicto a los antidepresivos y ahora sólo a las preguntas retóricas que no llevan a ninguna parte, se disculpó con Ana y pasó al baño. Se aseó, se perfumó y se puso el mejor traje que traía en la maleta. La muchacha, mientras tanto, dejaba que los minutos resbalaran con pereza sobre su cuerpo echado de medio lado encima de la colcha blanca en la cual se había tumbado.
Cuando salieron del hotel, aproximadamente media hora más tarde, la soñolienta expresión de la aún casi núbil Ana vagaba soñadora entre los monumentos infames de la civilización postmaterialista. El antiguo coleccionista de fracasos amorosos no la soltó de la mano, de la cintura y del hombro derecho en el infinito día y la infinita noche que transcurrieron, breve y sutilmente, en aquel paseo iniciático por la ciudad.
Hubo museos y un restaurante caro, vistas a ochenta metros de altura y nubes que amenazaban tormenta, hubo un helado de fresa que casi se derrite en las manos de la niña, y hubo un corazón palpitante de deseo de calor y otro que latía con la serenidad de quien confía y espera acontecimientos. Y hubo fotografías tomadas a contraluz del atardecer, y bajo un enorme sauce en el centro del Parque de la Independencia y frente a alguna iglesia gótica o románica o quién sabe.
Estalló la noche y la tarde huyó, y entonces nacieron los letreros refulgentes de neón, y las fuentes iluminadas de rojo y de verde y de amarillo y de blanco, y el tráfico frenético de vuelta a casa y los autobuses nocturnos cargados de cansancio y de esperas latentes, y nació el bulevar que derrochaba luz y se engendró la magia triste de las bocas de metro vomitando a sus últimos huéspedes temporales, y murieron los acordes melancólicos de los músicos callejeros. En los clubes nocturnos que no visitaron nacían como gemelos la concupiscencia, el alcoholismo despechado y la vanidad pretendidamente seductora de los hombres buscando pareja efímera. En las aceras se engendraba la prisa a cada instante, y bajo las farolas anaranjadas o blanquecinas (de muerte) o azuladas procreaban, durante toda la noche, las siluetas de seres humanos sin rumbo o con destinos poco fructíferos.
Y, en todas las horas que transcurrieron, el hombre-poeta, el escritor-soledad retrocedió varios siglos en el tiempo de su alma cabalgando su pena atávica sobre la nuca mullida de Ana.
Ya no le sudaban las manos. Parecía que hasta tuviera un poco de frío. El hombre-afonía, el guionista de películas que arden quiso abrazarla. Y lo hizo y deseó, por primera vez, morir feliz en vez de hacerlo ahogado en versos o en lágrimas.
Durante un instante de estrellas en el cielo, sobre las nubes ocres de contaminación y lluvia contenida, el mártir por la causa de los horizontes no contemplados vio mariposas azules que cortejaban a las agujas de todos los relojes de todos los campanarios y torres de la urbe. Y vio asimismo ancianos invirtiendo el mecanismo de sus antiguas clepsidras, y cementerios de plomo que estallaban en suaves y silenciosos cataclismos, y venerables ninfas aturdidas por el calor de un amor ignorado hasta ahora.
Ana fue, entonces, transformada en el núcleo primigenio de la solución a todas las preguntas que en su vida se había hecho aquel hombre. Ana fue la juventud perdida y robada, Ana fue los besos que no le dieron las muchachas rubias de melena rizada, Ana fue los pecados y los delitos y los ultrajes y los desmanes que no cometió jamás, y los años que perdió y los que no vendrán, y la suerte y la sonrisa cómplice y las manos apretadas y un beso en el cuello y unos ojos semicerrados y una mujer dormida y una canción y un susurro y un enfado repentino y la indiferencia fingida y serpentina y miedos y atolondramiento y celos y nada soy sin ti y te echo de menos y me quieres y te quiero y te odio pero en el fondo no te odio sino que te amo más que a nadie y ven pronto y llámame y poemas y qué breve pasa el tiempo a tu lado.
Llegaron al hotel. La habitación recibió a la pareja con la misma indiferencia de la mañana. La adolescente del vestido azul se dejó caer sobre la cama, y se quedó dormida casi al instante, sin siquiera haberse puesto el pijama.
El hombre bajó las luces, dejándolas a media intensidad.
El hombre-premeditación sacó de su maleta un cuaderno pequeño. También sacó una pluma y unas gafas. Y un frasquito que no era de tinta.
El hombre-consumación escribió algo sobre una hoja del cuaderno.
El hombre sin lastre arrancó la hoja, la depositó sobre la mesita de noche contigua al lado de la cama en la que Ana se había dejado caer, rendida de cansancio y emociones.
El hombre con paz interior guardó la pluma, guardó el cuaderno y plego las gafas, destapó el frasquito y se lo llevó a la boca.
El hombre-ser humano se acostó plácidamente, muy cerca de la chiquilla, lo suficiente como para sentir su calor sin tener que rozar su cuerpo.
Se durmió.
A la mañana siguiente, Ana encontró las luces encendidas, y sobre la mesita una nota. A su lado, el poeta parecía dormir profundamente. Leyó la nota. Había tres cosas escritas sobre el papel blanco: unos versos, una disculpa por haber intentado besarla la tarde anterior, y un sencillo “Adiós”.

El oculista ciego

13 julio 2009

ESTRAGÓN.-Vámonos.
VLADIMIRO.-No podemos,
ESTRAGÓN.-¿ Por qué?
VLADIMIRO.-Esperamos a Godot.
ESTRAGÓN.-Es verdad.

Esperando a Godot – Samuel Beckett

El oculista ciego se encontraba frenético de rabia. De cólera. De sorpresa. El paciente no llegaba, y él tendría que cerrar la consulta inmediatamente, pues el personal directivo del hospital había decretado una reducción de la jornada laboral y del salario de todos los facultativos, como método paliativo contra la crisis de valores morales que vivía la sociedad.
A empellones. A tientas. A manotazos y patadas. A estornudos histéricos. Así se movía el oculista ciego por su amplio y siempre bien iluminado gabinete. Y así andaba ahora, intentando desordenar y romper todos sus aparatos oftalmológicos antes de cerrar, con el fin de que los enanos patizambos de la limpieza lo encontraran todo lo más desorganizado posible. Lo más desarreglado posible. Lo más nauseabundo que pudiera concebirse en cabeza humana.
– ¿Dónde se habrá metido esta bestia inmunda? –Dijo el médico- Es mi mejor paciente. El mejor de todos, sí señor. Siempre me ayuda una barbaridad a orientarme en esta leonera. Da gusto oír su voz suave guiando mis pasos por la consulta. Dice que ve estupendamente, y bien sabe Dios que le creo a pies juntillas.
Mascullando como estaba estas palabras de despecho, su mano derecha fue a parar sobre un libro, y comenzó a leer más o menos por la página número uno, como quien dice. La historia empezaba así: Había una vez un señor calvo que tocaba el laúd en todos los funerales que se celebraban en cien kilómetros a la redonda. Al músico alopécico le gustaban especialmente los entierros de mujeres neurasténicas de entre veintisiete y treinta y cuatro años.
– Qué historia tan divertida –Se regocijó. Me ayudará a pasar el rato hasta que llegue este idiota. Lo necesito para que me acompañe mientras busco la puerta de salida del hospital. Claro que antes me pedirá que le revise la vista, el muy chantajista. Se cree que es el único paciente del mundo. Aunque, desde luego, tengo que reconocer que es el que menos problemas me da. Da gusto rebuscar en sus retinas inmaculadas sin encontrar nada.
Siguió leyendo la historia: Una vez, en un funeral que tenía lugar a las cuatro de la tarde, el hombre sintió unas terribles ganas de rascarse una rodilla.
– ¡Santo Dios, qué historia tan horrible! ¡Ya no hay respeto por la memoria de los muertos ni por los manuales de filosofía! ¡Adónde iremos a parar en esta sociedad que viaja a la deriva! –Dijo el médico y arrojó el libro hacia atrás. Entonces se puso a ojear los cuadros abstractos de vivísimos colores que tapizaban las ochenta y tres paredes de la diminuta consulta.
– Cuando sea mayor tendré muchos hijos y varios perros, y los asesinaré a todos cuando cumplan once años, y jugaré al póker con sus cadáveres. Así ganaré siempre todas las partidas y no volveré a sentirme desgraciado nunca más-, decía mientras echaba un vistazo a las pinturas alegóricas.
– Pero antes tengo que buscar una joven esposa fértil que me dé hijos y me compre perros. Quizá la pueda encontrar rebuscando entre las tazas del desayuno o entre las estanterías del supermercado o bajo los coches abandonados en los arrabales o entre la estupidez hinchada de los fanáticos políticos.
De pronto se echó a llorar con sumo desconsuelo. -¡Ay qué desdichado soy! ¡Acabo de darme cuenta de que estoy ciego! ¿Cómo habré podido vivir así todos estos años? Bueno –trató de reponerse-, calma, tranquilidad, sosiego. Cantaré la canción de los siete pecados capitales. Me la enseñaron las monjitas asmáticas del cole cuando era pequeño, y me dijeron que la cantara en voz muy alta si alguna vez me sentía triste.
Entonces el doctor cantó, gritando desafinadamente:

Siete pecados hay.
El primero es la inocencia,
Porque nos hace tener esperanzas.
El segundo es la sabiduría,
Porque nos hace buscar la felicidad.
El tercero es el sentido común,
Porque nos hace cuestionarnos las órdenes.
El cuarto, enamorarse,
Pues nos nubla el pesimismo.
La pasión es el quinto,
La razón el sexto
Y el séptimo la mesura,
Y los tres hacen de nosotros
Íntegros y valientes seres humanos.

– Menuda mierda de canción. El que la inventó seguro que murió de asco de sí mismo. Me ha deprimido más de lo que estaba. –Entonces se quedó pensativo por un momento y se dijo: -¿Y si me masturbara para buscar el placer inmediato fácil y reconfortante que dura sólo un instante? Tal vez el vacío posterior al orgasmo empuje hacia fuera el vacío que siento ahora. No sé, es todo un lío de vacuidades… ¡Y el patán de mi paciente sin venir! ¡Ya lo tengo!, hablaré con Dios mientras le espero. Hace mucho que no le cuento chismes.
Se arrodilló, puso los brazos en cruz, miró al techo y dijo:
– Querido Dios: adjunta le remito toda la documentación necesaria para que se tramite como es debido mi petición del tercer grado penitenciario. Cuando salga de la cárcel, lo primero que haré será solicitar una subvención para construir un inmenso mausoleo para mi amor, que murió en la Segunda Guerra Púnica, el pecho atravesado por una lanza, las manos crispadas de dolor y el brazo izquierdo dormido por la ruptura de una arteria a causa de una cuchillada que recibió pocos minutos antes.
De pronto llaman a la puerta.
– ¡Adelante! ¿Eres tú?
– Sí, soy yo.
– ¿Quién?
– Yo. Ya sabes, yo.
– ¿Mi paciente predilecto? ¿Mi amor platónico en sentido médico y puramente empírico, un sentido, sin embargo, no exento de cierta concupiscencia que vagamente podría definir?
– Sí.
– Pasa. Llevo mucho tiempo esperándote. Más de doce segundos, para que te enteres –Dijo el oculista ciego con un visible enfado-.
– Lo siento. Caí a un quásar y hasta ahora no me pudieron sacar.
– El Ayuntamiento debería tener más cuidado con la limpieza de las calles. Esta ciudad amanecerá cualquier día llena de papeles y hojas secas por el suelo.
– Sí, es dantesco. El otro día una señora mayor salió a comprar el pan y, de regreso, tomó el mismo camino para volver a casa.
– ¡Qué barbaridad! ¡Dónde iremos a parar…! ¿Me compraste las pastillas para dormir?
– No. Sólo había píldoras para la rabia, para la carcoma de la madera y para el complejo de Edipo.
– ¿Y cómo piensas que voy a dormir esta noche sin mi medicación?
– Pues, no sé…, prueba a contar helicópteros siniestrados. ¡O hazte nudos en la garganta! –Dijo con extraordinario énfasis, como quien acaba de tener una idea genial- Eso siempre suele funcionar.
– Si me hago nudos en la garganta acabaré ciego. Prefiero no intentarlo siquiera.
Entonces el paciente se acercó al doctor, le tendió la mano derecha con la palma vuelta hacia arriba, y dijo: – ¿me concedes este baile?
– ¿Qué están tocando?
– Es una sonata preciosa que habla de un capellán hedonista y una funcionaria misógina que se enamoran pero no se pueden casar porque al capellán la Iglesia no le quiere conceder la nulidad matrimonial –se atropelló el paciente, hablando con mucha rapidez y en tono infantil.
– Con la Iglesia hemos topado.
– Y con el Gobierno.
– Y con el Estado Mayor.
– Y con la Asociación de Amigos y Familiares de Arquitectos Bulímicos.
– Esos son los peores. Exigen una cuota astronómica a sus afiliados. Son unos peseteros.
– Bueno, ¿bailas o qué?
– No sé bailar y me da mucha vergüenza que me veas.
El médico se sonrojó, y el paciente sacó un pañuelo con el que empezó a enjugar lágrimas inexistentes en la cara del oculista.
– Ea, ea, ea, ya, ya, ya pasó. Ea, ea, ea. No te angusties. Pronto vendrá la guerra y todo acabará.
-¿Me lo prometes? –Gemía.
– Te lo juro por los devastadores ataques epilépticos que me daban cuando era un niño, y que acabaron por dejarme en coma durante más de sesenta y tres años, nueve meses y seis días.
– No, júramelo por tus prejuicios. Sólo así te podré creer.
– ¡Sabes que nunca hago eso! ¡Tengo mis principios!
– Pues si no lo haces me iré y te quedarás aquí solo y abandonado.
– Pues, si te vas, has de saber que pasaré los días y las noches soñando con caballitos de tiovivo abochornados.
– No serás capaz, te conozco.
– Te juro por mis prejuicios que lo haré.
– Eres un degenerado. No tienes compasión de los oculistas ciegos que en el mundo han sido, son y serán. Que sepas que somos la raza elegida que sucumbirá antes que ninguna otra cuando caigan las bombas.
– Si mueres, moriré contigo.
– ¿Eso es una declaración de amor?
– No, es una carta de compromiso por la que ambas partes nos obligamos a respetar un tercio de los artículos de la Constitución, pero a efectos legales tiene la misma validez que una declaración amorosa.
– Y dime, ¿cuándo nos podremos casar para tener hijos y perros y un sofá de skay y un montón de pelusa debajo de la alfombra?
– No lo sé. Eso hay que consultarlo en los libros de teosofía, teogonía y teocracia, que tan pulcramente decoraron los monjes miniaturistas de los monasterios del Sacro Imperio Chino Nororiental.
– Estos chinos lo inventan todo. Un día inventarán la alegría y todos tendremos que dejar de actuar en esta obra, incluido tú, el más prepotente de todos los pacientes que he tenido en mi larga carrera como ingeniero técnico naval.
– Vale, llámame prepotente si quieres, pero no me negarás que mis ojos te sirven de mucho.
– Sí, me hacen un gran favor ayudándome a pensar nuevas y divertidas fábulas morales con las que entretener mis horas de angustia nocturna. Sin ellos no sé qué habría sido de mi ya consagrada carrera de escritor.
– ¿Y vendes mucho?
– Últimamente un montón. Desde que escribí aquel poema sobre dos enamorados tuertos que se suicidaron arrojándose al Mar de la Tranquilidad, mis libros anteriores se venden como rosquillas.
– ¿Está usted enamorado, doctor?
– Sí, mucho.
El paciente le dio un par de codazos suaves en el antebrazo y, con una voz y una sonrisa un poco socarronas, preguntó al oftalmólogo: – ¡Anda, mira, qué calladito se lo tenía el muy truhán! Y, ¿quién es la afortunada, si se puede saber?
– Es una ancianita muy buena que vive en el barrio rico. Se siente muy sola la pobrecilla, así que voy de vez en cuando y le hago un poco de compañía, y ella a cambio me hace rosquillas y me deja que sodomice a su nieta sorda, que hace poco cumplió once añitos y está preciosa con sus coletas y sus mejillas sonrosadas.
– Siempre quise tener nietos para comprarles enchufes y envolvérselos en papel celofán para el Día de Difuntos.- Entonces se echó a llorar desconsoladamente.
– No llore usted, hombre. Recuerde que ya mismo estarán cayendo sobre nuestras cabezas las bombas nucleares, y no querrá recibir la redención con esa facha lastimosa, ¿no?
– No, claro. Es verdad.- Dijo y se recompuso el gesto y se secó las lágrimas con un calcetín que previamente se sacó de su pie izquierdo. –Y dime, tú que eres mi abogado favorito, ¿cuándo crees que llegará la guerra?
– Pues es posible que dentro de unos minutos. Todos estamos esperando ya la muerte. Ahí fuera la gente desea purificarse, hervir en el fuego radiactivo de la catarsis universal.
– Amén.
– Así sea.
– Sea, pues.
– Y con tu espíritu.
– ¡Eso, eso, con mi espíritu! ¡Todos con mi espíritu, de vacaciones al paraíso de las almas enloquecidas y atiborradas de esencia de sándalo!- dijo brincando de alegría el paciente, que agitaba sus brazos en el aire.
– ¿Nos damos la paz?
– Démonosla.
– No sé cómo se hace.
– Ni yo.
– Entonces, ¿qué podemos hacer mientras esperamos la muerte?
– Hagamos filigranas con nuestras fibras sensibles, o derribemos mitos a patadas, o usemos nuestros estigmas ancestrales para lapidar todo el odio del mundo.
– En la Facultad de Bellas Artes me enseñaron el noble oficio de la misantropía. ¿Quieres que juguemos?
– Yo lo único que quiero es morirme, a ser posible mientras duermo o mientras algún político de renombre me estrecha la mano y besa a mi nieto ante la cámara.
– Qué felicidad sería morir así…
– Qué dicha…
– Qué fortuna la nuestra.
– ¿Eres feliz?
– No. Acabo de descubrir que estoy ciego.
– ¿Y no te vas a suicidar? Todos los infelices se suicidan o se divorcian o se compran lujosos coches que pagan a plazos.
– Salgamos de aquí. Estos cuadros me dan náuseas –Dijo el médico, cambiando de tema.
– No podemos salir.
– ¿Por qué?
– Estamos esperando la guerra.
– Es verdad.
– ¿Quieres que te lea la historia del músico calvo que tocaba el laúd en los entierros? Es muy instructiva.
– Dudo que puedas leer algo. Hice una hoguera con el libro. Hacía mucho frío antes de que llegaras, y no tenía con qué entrar en calor.
– Pues qué lástima. Nos vamos a perder el final.
De pronto se oyó el sonido de aviones de guerra surcando los cielos.
-¡Es la guerra, doctor!- Dijo el paciente con alegría- ¡Mire hacia arriba, abra bien los ojos y la boca, y reciba con dicha el maná purificador que nos llega del dadivoso cielo!
– ¡Caed, dulces bombas que nos darán el sueño de los benditos! ¡Caed y limpiad nuestras vidas vacías, nuestra sexualidad estéril y nuestras aspiraciones sin rumbo ni destino!
– ¡Caed, caed y partid por la mitad la ruindad hueca de nuestros ciclos vitales que se repiten en el infinito! ¡Caed y desmembrad a este Sísifo que tengo adherido a mi ilusión y a las partes más nobles de mi autoestima!
Pero los aviones pasaron, y el estruendo de las bombas no se oyó. Médico y paciente permanecieron mudos y cabizbajos, decepcionados y desorientados, durante un largo rato. Al cabo de unos minutos, el doctor dijo: – El Ayuntamiento debería tener más cuidado con la limpieza de las calles. Esta ciudad amanecerá cualquier día llena de papeles y hojas secas por el suelo.
– Sí, es dantesco –respondió el paciente. -El otro día una señora mayor salió a comprar el pan y, de regreso, tomó el mismo camino para volver a casa.
– ¡Qué barbaridad! ¡Dónde iremos a parar…! ¿Me compraste las pastillas para dormir?